Juego Macabro | Cuarta Parte

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No está muerto lo que puede yacer eternamente; y con el paso de los extraños eones, incluso la muerte pude morir.
H.P. Lovecraft.

―Si lo devolvemos, todavía estamos a tiempo, ni lo hemos abierto ―insistió Antonella, que se veía muy preocupada, incluso más que Sofía. Las otras dos se miraron buscando una idea en común, pero no la encontraron, era obvio que había mucho en juego, más de lo que esperaban cuando decidieron aventurarse a la casa del brujo.

―No las obligo a nada, chicas ―enfatizó Sofía ―, no quiero que se sientan obligadas a nada.

Daiana estaba enojada por el comentario de Antonella, no podía creer que su amiga fuera tan egoísta, era obvio que a cada momento la relación entre las adolescentes empeoraba―. Yo te sigo adonde sea, Sofí; pero si tenés miedo, Anto ―recalcó con desprecio―, te podés ir.

Antonella suspiró, sabía que estaban usando psicología inversa y estuvo a punto de marcharse e irse. Sin embargo, se arrepintió, el cariño por su amiga era más grande que su miedo a morir, o eso era lo que creía, ya que la muerte para ella en ese momento era algo lejano e intangible.

Las chicas arribaron un colectivo y se sentaron juntas en la parte trasera. Daiana estudio el juego, se hacía extraño, parecía que con el correr de los minutos el tablero era cada vez más liviano y cálido. Incluso otorgaba una sensación reconfortante.

―No tiene tornillos ―exclamó dubitativa―, ni bisagras. No sé cómo se abre.

El resto del viaje solo hubo por un silencio incomodo que se compenetro en el ambiente. El hombre del traje las observaba entretenido sobre un asiento, colocando sus manos al costado de la cara y mirándolas con detenimiento.

Al bajar se dirigieron a la casa Daiana. Ella logró convencer a sus padres para que las dejaran dormir ahí esa noche, después de que todas pidieran permiso e, increíblemente fueran todos concedidos, parecía que nada iba a impedir que jugaran; y es que, por lo general, siempre todo sale bien antes de que llegue una desgracia.

Alrededor de las tres de la mañana, las adolescentes se encontraban sentadas formando un triángulo frente al tablero.

―¿Qué hacemos? ―preguntó Antonella.

―No sé ―respondió Daiana. Entonces como si algo le digiera que hacer, tocó el tablero, ahora el tacto era frio y áspero, como si se encontrase en un lugar donde la temperatura estuviera bajo cero. Después, sin mediar palabra las otras chicas tocaron el tablero y una luz amarilla tiño las letras que casi no se veían por la corrosión. Comprendieron, en ese momento, que el tablero estaba vivo.

Entonces, éste se abrió y vieron un camino, similar al juego de la oca, que surgía desde el interior. Se armaba un espiral dividido en cinco ciclos que no estaba separado por casilleros, se encontraba dividido por cinco colores desconocidos para las chicas. El cambio de tonalidad se volvía tan ameno, que era imposible distinguir exactamente dónde comenzaba uno y dónde terminaba otro

―¿Cómo se supone que funciona? ―preguntó Antonella.

Creo que hay que tocarlo de nuevo. ―Sofía extendió la mano hasta tocar el camino, el cual se iluminó, y de la nada surgió una figura, similar a un peón de ajedrez que comenzó a desplazarse hacia adelante muy despacio. Todo se quedó en silencio a la espera de que algo les digiera que hacer o como seguir.

Entonces, el hombre del traje que estaba sentado sobre la cama de Daiana se materializó. Suspiró un poco y se acercó haciendo ruido para que notaran su presencia, sabía que se iban a asustar, pero creía que así el impacto iba a ser menor.

―Creo que ya es hora de empezar ―expresó el ente en tono neutro mientras sonreía. Su semblante era el de un sátiro o un lunático; sin embargo, su forma de expresarse era calma y apacible, como la de un hombre que tiene todo el tiempo del mundo.

Las tres estuvieron a punto de gritar. Sofía se calmó a sí misma, pero Antonella ahogó el grito luego de que Daiana se abalanzara sobre ella.  El hombre de traje profirió una carcajada que hubiese despertado a medio pueblo. Daiana giró hacia él sin atreverse a decirle nada. Él la miró fijamente―. No te preocupes ―dijo―, nadie nos puede oír.

―¿Quién sos? ―preguntó Daiana, fascinada y llena de temor ―. El ente atrapado en el tablero.

―No soy un ente, Daiana, soy un… como se dice, una especie de corresponsal. No vivo en el tablero, hace rato que me liberé de él.

―¿Nos vas a hacer daño?

―Espero que no, Antonella. ―Sonrió―, a no ser que dejen de jugar. Ahí va a ser otro el trato.

―¿Podemos dejar de jugar?

―Ya no, vas a tener que participar hasta el final. ―Antonella dejó de respirar durante una fracción de segundo, se sentía aturdida, como si una bomba le hubiese caído cerca.

―¿De qué se trata el juego?

―Es simple, si aguantan hasta el final, ella sobrevive y si no, bueno tendrá que aceptar su destino, como todos los mortales.

―¿Qué es lo primero que tengo que hacer?

―No te apures, Sofí, te queda poco. Pero no es excusa para que seas imprudente. Tu primera prueba es la más simple y por ende debes enfrentarla sola. Tienes que debatir conmigo. No importa quién gane la discusión, solo tienes que hacerlo.

―¿Discutir? ―musitó ―. ¿Sobre qué?

―Oh, querida ―respondió como si se tratase de algo obvio―, de lo que asusta a todos al menos una vez en la vida. Vamos a discutir sobre la muerte, en particular la tuya. ―Sofía cambio el gesto, se imaginó blanca, inerte y sin vida. Un nudo se instaló en su garganta y le impidió tragar saliva―. Después de todo ―continúo hablando con elegancia―, e subsistido durante eones, estoy seguro de que puedo iluminar sus débiles mentes sobre la idea conceptual de lo que es la vida y la muerte.

―¿Por qué a mí? ―preguntó la adolescente que en ese momento se veía más como una niña―. ¿Por qué si soy joven?

―¿Por qué no tú, Sofía? ¿Qué has hecho para no ser merecedora de morir como cualquier otro ser humano en la tierra, ¿Sabes cuantas personas mueren por segundo? ¿Sabes cuantas son incluso más jóvenes que tú? ―Antonella intentó meterse en la discusión, pero Daiana la frenó sosteniéndola por la mano. Ella se detuvo, pero observó con desprecio y movió el brazo ferozmente para que la soltara.

―No me importan lo demás ―refutó Sofía.

―Típico de todos seres humanos. El egoísmo ―argumentó un poco asqueado, pero sin dejar de sonreír―. Pero bien que cuando necesitan ayuda la piden, como tu ahora con tus amigas, por ejemplo. Ellas están arriesgando la vida por ti, y lo sabías antes de empezar. Las personas que estar por morir son más perceptibles, presienten el peligro. ―La señaló con el dedo índice en señal juicio de valor―. Tú lo sabías, y aunque lo negaste, por dentro no te importó ponerlas en peligro con tal de salvarte. Solo te importas tú― exclamó enojado―. Detrás de esa mascara de humildad hay un ser humano despreciable como todos los demás.

Sofía se quedó callada, al borde del llanto―. Niega la muerte todo lo que quieras, Sofía; pero es un hecho. Dentro de poco va a venir a buscarte y espero que estés lista.

El hombre se dirigió hacia la ventana y la traspasó sonriendo, airoso por la victoria. Sofía, en cambio, se quedó llorando en el suelo, abrasada a sus amigas. El llanto duró hasta cerca del amanecer.

Entonces, ella se reincorporó y dijo ―Es cierto, todo lo que dijo es verdad. He sido egoísta por hacer que jugaran y por negar a la muerte.

En ese momento, Daiana percibió que la ficha se movía en el tablero y que ya había terminado la primera parte de la espiral. Esta se había apagado, y en consecuencia la segunda se encendía.

Continuará…

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