Lucía | Parte 3 de 4

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Acostada en la cama, me quedé mirando el celular un rato. Intenté nuevamente llamarlo, pero el mismo mensaje. Abrí whatsapp, y algo me llamó la atención. La última conexión era de hace tres días, no de ayer. Me envolví en las sábanas y me dormí con la mente llena de pensamientos confusos.

Me desperté nuevamente por la vibración del celular. Ya era de día, el sol entraba por la ventana y acariciaba la mitad de la cama. Agarré el teléfono esperanzada que fuera nuevamente Martín, pero no. Era un mensaje del Colo. “Luchi, ¿cómo estás? Mirá, hoy el Tincho no vino. ¿No lo viste? Me dijeron que estuvo con vos”. “No, no me digas que todavía no aparece”. “¿Cómo que todavía no aparece?” me respondió. Creí que me estaba jodiendo o algo. “Si boludo. Te dije que no lo veo desde el sábado a la noche”. “Lleva dos días sin venir a la facu, fíjate si lo podés ubicar. Hacele acordar que además de salir con chicas, tiene que ayudarme con el práctico” y se desconectó.

El Colo es buen pibe, pero a veces se pasa de boludo por lo que me contuve de responderle una puteada. Vuelvo atrás el chat y noto que el chat con Martín está arriba, como si hubiera hablado con él. Lo abro y veo que dice:

“Esperando mensaje. Esto puede tomar tiempo. 4.05am”

“Martín?”

“Mensaje eliminado”

“Porqué decís eso?”

“Está todo bien entre nosotros”

“Mensaje eliminado”

“Mensaje eliminado”

Se me llenó la cabeza de preguntas. ¡¿Cómo era posible que hubiera hablado con Martín y no acordarme?! En eso, veo que aparece arriba el “escribiendo…” y en la pantalla aparecen dos mensajes.

“Te va a buscar”

“ANDATE”

Me puse pálida y un sudor frío me empezó a recorrer la espalda. Levanté la vista sin poder creer eso. Te va a buscar. El celular vuelve a vibrar. Un audio. Presiono para reproducirlo y escucho a Martín que grita del otro lado. Grita de dolor, como si algo o alguien lo estuviera torturando. “¡CORRÉ LUCIA! ¡ANDATE QUE TE VA A BUSCAR! ¡LUCIA!”. De repente se calla, pero el audio no termina. Dos minutos de silencio, seguidos por un gruñido corto y seco. Se me apaga el celular.

Sin pensarlo más me levanté, me puse lo primero que tenía a mano y empecé a caminar a paso rápido hacia la puerta que da al pasillo, cuando veo por el rabillo del ojo que en el espejo que tengo el pasillo, al final, hay una figura oscura que me observa. Pestañeo y desaparece. Mi corazón empezó a latir a mil y sin pensarlo empecé a correr hacia la puerta.

Crucé el pasillo rápidamente, ingreso al garaje y veo el auto. Paso por el costado y escucho que la radio se prende. No sintoniza nada, excepto un ruido agudo que empieza a aumentar su volumen haciendo vibrar los vidrios y explotan, saltándome a la cara y brazos. Algunos se me clavan y me lastiman un poco, pero la mayoría caen dentro del coche y al piso de la cochera. Sin poder creer lo que estaba pasando y con el corazón en la garganta, trato de abrir la puerta y la alarma del auto se enciende. Los bocinazos me aturden la mente, me cuesta pensar con claridad y moverme bien. Y de repente la adrenalina me empuja los pies. Veo que la figura que estaba en el espejo se acerca por el pasillo. Pero no camina, es como si se moviera en destellos cortos, con intermitencia. Es negra, pero no tiene una forma o complexión definida. Pero si le veo sus ojos blancos y sus manos, que las estira hacia mí.

Gritando giro la llave y comienzo a sacudir la puerta, pero esta no se abre y siento como con sus dedos toca mi remera y me empieza a acariciar el pelo. Vuelvo a gritar. Me agarra la tela y tira hacia atrás despacio, como un cazador juntando sus fuerzas para arrastrar a su presa. Mis dedos sienten el pasador, la bocina no cesa, la criatura ya me respira encima y empieza a tirar con fuerza, pero yo resisto, corro la traba y abro.

Salgo a los tropezones a la calle y, gritando y llorando, caigo sobre alguien. Me sujeta de los hombros y escucho una voz que me dice:

— Luchi, ¿estás bien? – es Lucas.

— No, estoy toda lastimada. El… el auto, la bocina. Los vidrios.

— ¿Qué? ¿De qué me estás hablando?

— ¡Mirá! – le señalo el interior.

— Lu, no hay nada.

Estupefacta, miro al interior. Efectivamente no hay nada. El auto está ahí, los vidrios intactos y la alarma apagada. Mis brazos no tienen cortes y mi cara está sana.

— Creo que necesitás calmarte un poco, Luchi. Vení. Vamos adentro.

Sin resistirme, me dejo levantar por Lucas. Pasamos por al lado del auto y lo veo con miedo. Ya dudo de mí, de mi cordura y mi estabilidad emocional. ¿Qué es todo esto?

Continuará…

Escrito por Dieguitus Chia para la sección: