A la ciudad y al mundo | Parte 19

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Capítulo treinta y siete

El hombre que obedeciendo a los mandos superiores había pasado por: el pabellón de las máscaras, recordaba esos tiempos como si se tratara de una historia salida de la imaginación de Graham Greene. Muchos años y aún muchas más cirugías había padecido desde los tiempos en que se coló en la ciudad amurallada del Vaticano, para apoderarse, después de años de paciente tarea de espía, del informe «Que nadie duerma».

Una vez se hubo recuperado de las heridas de bala en la pierna derecha que lo dejaron para siempre con un paso entre tímido y vacilante se valió de una larga y leal red de contactos para abandonar la patria.

Para todos y en especial para Yuri Vladimirovich Andropov, la muerte lo había encontrado en una celda que tenía el tamaño de un baño grande en el sótano de la Lubyanka. Ese era el destino de quienes no llevaban a buen puerto los sueños del jerarca soviético. El saber que Anatoli Sergéievich, había fallado fue un golpe tan duro como el que recibe alguien desprevenido que no ve venir la pelota que acaba el recorrido en su cara. Con el temple que lo hiciera célebre en la comunidad de inteligencia Andropov supo recuperarse y tras la muerte de Leonid Brezhnev en 1982, lo sucedió como líder de la Unión Soviética. Al morir tres meses más tarde su último pensamiento fue para el mejor de los ilegales bajo su mando. Se arrepintió de haber ordenado que un ser de sus capacidades hubiera sido condenado a tan triste y solitario final.

Anatoli Krunoslav sin duda habría terminado sus días como lo dictaminó Andropov, si la fortuna, con la inquebrantable certeza que siempre lo hace, no hubiera determinado, que quien debía encargarse de sacarlo del hospital para trasladarlo a las entrañas de la mole gris de nueve pisos y allí abandonarlo a su suerte, con sólo una comida al día, no fuese otro más que el padre de una niña cuyos ojos verdes tenían brillo, gracias a un trasplante de córneas que se efectuó en El pabellón de las máscaras, debido a la mediación que realizara el ladrón de la Congregación para el Clero.

En las plantas superiores, nadie tuvo curiosidad por saber quién ocupaba la celda 471 del sector A. Si lo hubieran hecho, con un mínimo de esmero, sabrían que el prisionero 471 no era el topo del Vaticano, sino un hombre aquejado de cáncer en el páncreas, cuya familia había sido muy bien recompensada. Al dejar la ciudad de los Papas, Anatoli Sergéievich Krunoslav, no llevaba en su equipaje sólo el informe secreto.

Le gustaba caminar por la playa en las mañanas, cuando todavía la arena se mantenía incorruptible por los cientos de pies que le dejarían, huellas tan pasajeras como un resfrío.

Cuando tuvo que decidir a dónde ir para continuar con la vida. No lo pensó demasiado, eligió Brasil. En San Pablo, había realizado algunas misiones cazando desertores en el pasado y sus mujeres resultaban ser la antítesis de sus compatriotas. Lo que más deseaba era alejarse de la Madre Rusia.

La ciudad, el centro urbano más grande de América del Sur, era ideal para sus planes futuros. San Pablo es la capital económica del país. No le fue difícil crear una red de inteligencia que obtenía secretos que en todos los casos eran de utilidad para alguien. En poco tiempo ofrecía sus servicios a los reyes y príncipes del mundo. Los famosos, aquellos que ponían sus fortunas al servicio de su seguridad personal no tardaron en acudir a Mathew Kronenberg, como ahora se llamaba.

La compañía proporcionaba servicios completos de protección económica e industrial a países de África y Europa. No existía ciudad en la que no hubiera establecido un contacto. La mayor virtud de la empresa que Kronenberg presidía radicaba en preservar el anonimato de sus clientes.

Cada vez que le dolía la pierna, el causante del sufrimiento de tantos años y de tantas horas de fisioterapia, se posaba frente a él. Había invertido una buena parte de sus ingresos para dar con aquel hombre, un sacerdote, un espía, que no cabían dudas conocía el oficio como pocos. Más lo buscaba y menos lo encontraba. Menos lo encontraba y más buscaba mitigar el rencor que con los años había crecido cual árbol frondoso en su interior. Si bien era consciente que el juego del espionaje está concebido sobre una serie de reglas que no le son ajenas a ninguno de los jugadores y era más consciente aún de que le había tocado perder en un encuentro limpio, donde el otro, el sacerdote, el espía había sido mejor. También tenía que reconocer que fue en aquella escaramuza, en los días y meses que le siguieron, donde descubrió que no era un buen perdedor.

Hoy, con sesenta y algunos años, Mathew Kronenberg era uno de los personajes más famosos de Brasil. Construyó escuelas y hospitales. Creó la fundación Thais Valverde, en memoria de la única mujer que amó en la vida, una bella mulata con la que tuvo una hija preciosa, la cual ya lo había convertido en abuelo tres veces. La fundación Thais Valverde ofrecía becas para apoyar el desarrollo de deportistas y músicos. En síntesis, Mathew Kronenberg era un hombre feliz.

Las caminatas matutinas solían prolongarse hasta por dos horas. La causa era simple, el antiguo miembro del espionaje rojo se desplazaba lento, lo mismo que una tortuga vieja. No prestaba atención a quienes pasaban, siempre más veloces, a su lado.

—Esa pierna es todo un problema ¿No es así? Anatoli Sergéievich.

Kronenberg se detuvo como si estuviera sufriendo el efecto de un dardo narcotizado. Tenía enfrente a una mujer de formas generosas, que vestía un conjunto deportivo, color blanco con una raya negra a los costados. Se cubría la cabeza con un pañuelo también claro, que no conseguía ocultar su cabello, dejando sueltos sobre la frente algunos encendidos mechones rojos.

—Disculpe, creo que me confunde con alguien más —dijo en un portugués que daba la impresión de ser su lengua materna.

—No necesita disimular, camarada Krunoslav —respondió Natalia Ferrara—. Sé muy bien quién es usted y lo más importante: sé quién fue. Tengo algo para proponerle, en realidad la propuesta viene del hombre para quien trabajo.

Capítulo treinta y ocho

Grigol Ilianovich Gabashvili no había abandonado Tbilisi en dos largas y tumultuosas décadas. Años en los que dejó claro por qué debía experimentarse un profundo temor en su presencia y ni siquiera imaginar en contradecir alguna de sus decisiones. El georgiano se alejó de la patria tan sólo empujado por una curiosidad a la que podría calificarse de sana. Quería que sus profundos y verdes ojos vieran por sí mismos cómo se desarrollaba la peculiar historia que había narrado la joven que fungió de emisario del ahora rey de la Iglesia.

Al enterarse de que en efecto Rafael Ferrara era el nuevo Papa, se rió con ganas.

— ¡Lo hizo…, lo hizo! ¡Es increíble! —exclamó aún sin poder parar de reír.

Un año más tarde, tal como lo vaticinara la atractiva mujer de cabello rojo, el mensaje llegó a su casilla de correo electrónico. No perdía nada acudiendo a la convocatoria. Además no le vendría nada mal un paseo por Castelgandolfo.

— ¡Grigol Ilianovich! — lo recibió Rafael, estrechándole la mano con manifiesta alegría.

—Encantado de poder verlo en persona. —dijo Gabashvili—. Lo he visto mucho en los diarios y la televisión.

—Espero no haberlo desilusionado.

—Todavía no puedo decirlo. Por cierto, habla usted muy bien mi lengua.

—El Señor me ha bendecido con la facilidad para poder comunicarme en muchas lenguas y también en algunos dialectos —declaró mientras sujetaba con impaciencia su cruz pectoral—. Por favor entremos Grigol Ilianovich.

Una escena similar se repitió con Michael Conti de Nueva York, quien era los ojos y los oídos de todas las familias criminales de Norteamérica. Con Yamaka Liu de Japón, un auténtico Yakuza que adolecía de la última falange en el dedo meñique de la mano derecha. Con Jesús Domínguez, el mejicano que aportó los medios para que la familia Ferrara pudiera contar con los servicios de “El Espectro” y de esa forma evitar que los antagonistas del cardenal argentino participaran del cónclave. Con Miguel Balbuena, el colombiano que amaba a Natalia, según pudo confesarle cuando la encontró sola. La lista se completaba con el pekinés Tao We Ming, éste al igual que el georgiano le confesó a Rafael Ferrara que había sido presa de la curiosidad.

—No olvide aquel antiguo proverbio, mi amigo —dijo el Santo Padre, para después invitarlo a reunirse con los demás.

El consistorio mafioso se celebró en uno de los salones más grandes de Castelgandolfo. Carlo fue el encargado de que todo estuviera a la altura de los invitados. Vestía ropas holgadas e impartía directivas a las mujeres que habían llegado esa misma mañana desde su tierra, como si fuera un general que intenta ordenar la tropa. La comida era exquisita, se podía elegir ravioles, capelettis, lasagna, tallarines, con una variedad de salsas que iban desde tuco hasta calabresa o marinara. Hubo por supuesto mucho queso parmesano picante y aromático, además de incontables botellas de vino siciliano y el delicioso pan horneado por la familia Sabatini.

Cuando todos los presentes tenían la atención puesta en disfrutar una soberbia torta de chocolate, rellena con dulce de leche, fabricado con una receta especial del Santo Padre por las monjas que le servían, crema chantilly, frutillas grandes como rubíes y el toque final de una gruesa capa de almendras tostadas; acompañado de un café negro fuerte y colombiano. Una morocha de ondulante silueta, les entregó a cada uno un cigarro cubano Cohiba, al tiempo que se detenía para devolver con una sonrisa estudiada el gracias en los distintos idiomas que no comprendía.

La mesa redonda de aspecto más que majestuoso que Rafael había mandado colocar en el centro de la sala, tenía como objetivo dar a entender que todos eran iguales. Por esa causa no existía una cabecera que ocupar. Los lugares se hallaban todos cubiertos, con excepción de uno a la derecha del Papa. Fue entonces cuando la puerta se abrió. El gesto de sorpresa fue unánime. Rafael sonrió. Carlo se acercaba ataviado con sotana negra, faja roja, la cruz pectoral con gruesa cadena y el solideo rojo. A pesar de que en ningún momento se había quitado el anillo que simbolizaba su rango, la mayoría de los invitados no reparó en él hasta ese momento.

El silencio era absoluto cuando Su Santidad anunció en inglés:

— Caballeros, permítanme presentarles de manera formal a mi primo, el cardenal Carlo Sabatini. Su Eminencia representa a las familias italianas.

Carlo ocupó su lugar en la mesa.

Continuará…