Juego Macabro | Quinta Parte

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Segunda etapa de un duelo. Ira.
Cuando estés molesto, cuenta hasta diez. Si estás muy molesto cuenta hasta cien.
Thomas Jefferson.

Durante el día, ninguna hizo sus deberes. No fueron a la escuela y se quedaron juntas con la excusa de pasar más tiempo con su amiga moribunda. Las horas transcurrían con la misma benevolencia que la arena se mueve en un reloj.

Se quedaron todo el día en la habitación de Daiana, hablando y consolando a Sofía que dormía y lloraba de a ratos. La ira se había apoderado de ella. Estaba resentida, furiosa y llena de odio. Había aceptado en parte la idea de morir, sin embargo, su subconsciente más profundo y temeroso, ese que nos visita a las altas horas de la madrugada en una noche de insomnio, no la dejaba tranquila. Cuando sus amigas intentaban consolarla ella las trataba mal y solo cinco minutos después les pedía perdón.

La mañana y la tarde fueron interminables para Antonella y Daiana que, aunque no lo admitían, ya no soportaban a Sofía. Cuando el sol se escondió en el horizonte, el hombre del traje volvió, mostrándose limpio y elegante.

―¿Están listas para segunda etapa? ―preguntó sin demostrar ningún tipo de expresión. La situación se asemejaba a la de un padre que está enojado con su hijo luego de regañarlo y solo le habla lo justo y necesario.

Sofía se levantó de la cama, se sentía debilitada y perdida, sin embargo, quería enfrentarse al hombre del traje, quería insultarlo y golpearlo de ser posible. El emisario sabía esto y la miraba levantando apenas la comisura de los labios, en una clara señal de egocentrismo. Les volvió a explicar las reglas, les hizo saber que las tres tenían que seguir con el juego hasta el final, y pasó a explicarles la siguiente fase del juego:

―Van a ir al cementerio a buscar a un espectro. Anoche estuve hablando con él. Las está esperando ahora.

―Mis papás se van a dar cuenta que nos fuimos y a ellas en cualquier momento las vienen a buscar ―argumentó Daiana.

―Ese no es problema. No van a notar que se fueron y los padres de tus amigas no van a llegar hasta que ustedes vuelvan.

―¿Qué? ―preguntó Sofía con tono prepotente―. ¿También tenemos un tiempo límite para terminar este juego de mierda? ―Antonella y Daiana se miraron sorprendidas, no conocían ese aspecto de Sofía.

El emisario la miró y continúo ―Me he llevado gente por mucho menos que una imprudencia, Sofí.

―¿Así? No me das miedo. Si me morir, que tengo que perder.

―Mucho, querida. Mucho más de lo crees.

En un segundo se trasladaron de la habitación del Daiana al cementerio local.

―¿Cómo hiciste eso? ―Daiana se veía perpleja y asustada, al igual que Antonella que todavía pensaba que todo era un mal sueño o una fantasía.

―Es la muerte, Dai. Él es el hijo de puta que me va a llevar. ―La muerte sonrió y respondió con la misma gracia que sí le hubieran contado un chiste.

―Me descubriste, Sofía. Muy bien. ―Hizo una reverencia antigua, inclinándose ante las tres―. Todavía no pasan la prueba y el tiempo apremia. Si no van ahora voy a dar el juego por terminado.

Antonella reaccionó de inmediato, tomó a sus amigas de las muñecas con la misma fuerza que lo haría si las estuviese sosteniéndolas de un acantilado―. Me lástimas ―dijo Sofía, apartándose violentamente―. Estúpida. ―Antonella se quedó con el insulto en la boca, pero se detuvo cuando vio la consternación en los ojos de Daiana, ambas desconocían por completo a la chica que decía ser su amiga.

La dejaron caminar sola a la par de muerte. No hablaban, pero el odio de Sofía hacia el emisario era enorme. La muerte solo sonreía, parecía disfrutar de la situación, una que, seguramente, había vivido centenares de veces a lo largo de su existencia.

Cuando llegaron al final del pasillo principal, vieron a un joven sentado en una tumba. El aspecto era famélico y desolador.

―Sofía, te presento a Virginio. Murió de sífilis hace más de cien años.

―Una vecina nueva ―enarcó la boca mostrando solo cuatro dientes.

―Aún no. Está por verse ―respondió la muerte con solemnidad.

―¿Qué mierda es lo que tengo que hablar con este pelotudo?

―¿Qué boquita, eh? En mi época te hubiesen pegado un sopapo por mal educada, pendeja.

―Chicos ―intervino la muerte―, estamos acá para que le cuentes a Sofía como fueron tus últimos días en la tierra, si los recuerdas por supuesto.

―Mis últimos días ―relató el espectro―. Fueron una mierda, meaba sangre, me dolía la cabeza, el cuerpo, se me caía los dientes, la nariz me supuraba, fue una muerte horrenda.

Sofía espero a que llegaran sus dos amigas, la ira le abrió paso al miedo y se sentía desprotegida, una vez que las adolescentes estuvieron reunidas ella preguntó: ―¿Qué tiene que ver eso conmigo?

―¿Quizás no formule bien mi pregunta? ―Rascó su cabeza mientras pensaba―. Virginio, ¿cómo trataste a los que te rodeaban en tu último día de vida?

―Mal ―respondió mostrándose triste―. Los escupí, los insulte, creo que hasta le pegué a mi mamá. Estaba muy enojado y todavía lo estoy.

―Así. Contame más.

―Bueno, después de que morí, me volví un alma en pena y me quedé un tiempo en la casa de mis padres. Vagando, sin asustar, me gustaba sentir que era parte de la familia. Al tiempito, dejaron de venir al cementerio y de nombrarme en la casa, incluso dejaron de dedicarme misas. Estaban enojados por como los traté cuando me cuidaron.

―¿Cambiarias eso si pudieras?

―Por supuesto, fui un idiota de mierda.

―Gracias, Virginio, nuestra charla ha concluido. ―El espectro se volvió y desapareció en la creciente oscuridad de la noche joven.

En cambio, Sofía se quedó pensando en los últimos dos días y se dio cuenta que su forma de tratar a sus padres y a sus amigas en esos dos últimos días no había sido el mejor. Saber que dentro de poco iba a morir no era excusa para estar enoja. Se sintió un poco inmadura.

―¿Nos podemos ir?

La muerte la miró a los ojos―. ¿Creo que entendiste el punto?

―Sí, lo entendí.

El emisario las llevó nuevamente a la habitación de Daiana y se despidió, no sin antes hacerles notar que el peón se había movido hasta la tercera etapa del juego.

Las chicas se despidieron a la espera de que la muerte volviese para seguir con el juego. Cuando las tres se encontraban en el pórtico de la casa de Daiana, Sofía las abrazó, no les pidió disculpas por su conducta, pues no hizo falta, era más que claro que todo estaba perdonado.

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