De profesión “Señora de…”

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Ese martes a la mañana me preparé para la entrevista de trabajo, con currículum en mano y más nervios que testigo falso.

Éramos unos cuatro, tres más o menos de la misma edad y una mujer notablemente más grande, de la edad de mi mamá.

Empecé a hacer suposiciones, con esa edad las capacitaciones y antigüedad en la especialidad debían ser impresionantes, después de la entrevista me fui con la cabeza gacha.

Supuse que unos mates con mi vieja me iban a levantar el ánimo, pero fue mejor que eso:

– ¿Sabés quién era la mina?

– No, pero tal vez la conozcas, saludo a la secretaria muy amablemente y se presentó como “Piqui Martínez Roca”.

– ¿Me estás jodiendo verdad? – se tentó – ¿Piqui? Si es mi prima Francisca y le decíamos Paquita. Encima ella es Martínez como nosotras, pero como es muy poco apellido usa el del marido que tiene plata.

Después de reírse unos 10 minutos más empezamos a encontrar coincidencias, en las de su generación y las que se estaban gestando en la mía. A notar que hay un tipo de mujeres de profesión “señora de…”.

Vale aclarar que acá no estamos hablando de un ama de casa común y corriente, esa que corre todo el día con los pibes, cocina, limpia y la rema como las mejores.

El estereotipo de mujer toma su máxima expresión en estos seres que creen cumplirlo a rajatabla, poniéndose por encima de las demás como si fuera mucho mejor, más bien rozando la perfección.

En la tierna adolescencia tuvieron la capacidad de enganchar a algún incauto con futuro prometedor o buen apellido, en otras palabras un boludo con plata.

En ese instante flashearon ser la cenicienta posmoderna y se les olvidó absolutamente todo el pasado. Cuando se escabiaban y las tuviste que sacar del boliche descompuesta, cuando se rateaban de la escuela con el noviecito de turno a ponerla, cuando usaban ropa del persa…todo.

Como diría Thalía “Si no me acuerdo, no pasó”, hacen borrón y cuenta nueva, se suben a un banquito imaginario de falsa moral y miran a todos cómodamente desde ahí.

Volvamos un segundo a lo del estereotipo ideal de mujer, o sea ese que vendieron por tanto tiempo, básicamente: la ama de casa, madre y siempre femeninamente bella para su marido. Conseguir esas tres cosas las habilita para criticar al resto, convirtiendo a la mujer en el principal enemigo de…la mujer.

¿Trabajar? Bueno, eso no es para ella, si con suerte estudió una carrera nunca en la vida la ejerció porque no fué necesario, para eso tiene un marido proveedor como les enseñaron que debe ser. Para poder dedicarse a sus hijos, bueno tampoco, como mucho los lleva a las 34 actividades que hacen y limpiar la casa…menos, para eso existe la empleada (mal pagada, en negro y a la que critica por tener muchos hijos).

¿Qué hace entonces? Lo más importante es cuidar su imagen, externa claramente, ropa de primera, peluquería y por supuesto gimnasio. Su casa y auto son otros estandartes que demuestran la gran vida que llevan.

Llegamos entonces a su deporte por excelencia: “comer el cuero”. Se reúne con su sequito de amigas, que al igual que ella, son “señoras de…” y se encargan de defenestrar a toda mujer que no haya tenido su misma suerte, o Dios las perdone no haber elegido su camino de rectitud moral y buenas costumbres.

Llegando a conclusiones como las siguientes: fumar y beber te convierten en una fiestera, no “asentar cabeza” en una puta, no tener pareja en una solterona, criar un hijo sola una pobre mina, y mi favorito no tener hijos en una “fracasada”.

Te das cuenta automáticamente que estas al frente de una de ellas porque es la típica yegua que te pregunta, preferentemente al frente de todos, sobre alguno de los tópicos anteriores, por ejemplo: ¿todavía sola?; ¿no te estás poniendo grande para tener hijos? Se te va a pasar el tren; ¿todavía estás estudiando?; ¿sos inquilina? Ya deberías tener casa propia.

Con el tiempo parecen haber menos, pero no, el patrón se repite, porque se encargan de enseñarles a sus hijos a vivir en ese mundo de apariencias. A creer que son superiores por tener un poco de plata y un apellido, generando los famosos “nenes de papi”, que no conocen de mérito propio pero si sos pobre es porque “no trabajas lo suficiente”.

Así pasan su vida, criticando y mirando a los demás, desde sus bellos cascarones llenos de nada, sin tener nada mejor que hacer. Pero en muchos casos la vida tiene sus vueltas interesantes y les toca bajar de un porrazo de ese pedestal imaginario en que ellas solas se pusieron…les sale algo mal.

Entonces resulta que les sale un hijo drogadicto, el marido las engaña con medio pueblo, la hija se les quedó embarazada con 15 años, perdieron toda la plata o ahora están “separadas” ¡horror!

Pero ¿por qué? Simplemente porque son víctimas de su propia trampa. En cualquier otro caso sería una situación normal, que a cualquiera le pasa, pero ella no es cualquiera, se encargó de hacerlo saber y notar. Ahora todos se regodean en su desgracia.

La historia termina con que me llamaron a la mañana siguiente, gané el mejor puesto por tener 10 años de experiencia en el rubro. Con el tiempo supe que “Piqui”, la prima que nunca nos dio bola por pobres, se había separado, el marido la dejó en la calle y no había trabajado nunca, la tomaron a prueba, ahora también debe ir a comprar la merienda como el resto de los mortales.

Como dijo mi abuela “no escupas para arriba porque te puede caer en la cara”.