A la ciudad y al mundo | Parte 20

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Capítulo treinta y nueve

Los contactos de la familia Ferrara fueron exigidos al máximo una vez que se supo de la existencia de Anatoly Krunoslav. Se invirtieron toneladas de tiempo y dinero hasta que fue posible establecer con una certeza no menor al cien por ciento que Krunoslav y Kronemberg eran una misma persona.

Con todas las preguntas unidas a una respuesta, Natalia, con la eficacia de siempre, se puso en marcha.

Quince minutos habían pasado del mediodía cuando Mathew Kronenberg acompañado de Natalia, llegó hasta el distrito de Bixiga. El restorán era un lugar bonito. Debido a la hora todavía no había muchos postulantes para almorzar.

Kronenberg pidió para empezar una tabla de fiambres y quesos, el plato principal fueron los sublimes ravioles a la boloñesa de la casa, para terminar con algo de fruta como postre. No hubo, claro está, escasez de vino y como no podía ser de otra forma para un almuerzo a la manera de los italianos se prolongó por muchas horas.

A la menor de los Ferrara le resultó un personaje interesante, además de tratarse de un hombre dueño de un atractivo que no pasaba inadvertido. Estaba claro que Kronenberg lo sabía y lo usaba en su propio beneficio. Las insinuaciones que recibió la halagaron, aunque supo rechazarlas con agilidad y cortesía.

Pasado el tiempo de hablar de las historias familiares y de las cosas que no se repetirían, Kronenberg fue directo al punto.

—No logró entender qué puede necesitar de mi empresa, el Santo Padre.

—De su empresa nada —respondió Natalia.

El antiguo miembro del K.G.B. estaba cada vez más desconcertado.

—Usted me dirá entonces ¿Cómo puedo serles útil?

Natalia se lo dijo. Mathew Kronenberg quedó tan asombrado como interesado.

Capítulo cuarenta

Su Eminencia, el cardenal Sebastián Rodríguez, práctica natación todos los días para luego pedalear, entre quince y veinte kilómetros, por lo cual luce una piel bronceada. Nadie podría adivinar que se encuentra a días de cruzar la puerta de los sesenta y cinco años.

Los organismos que dirige se han mantenido en un cómodo letargo desde que Rafael Ferrara recibiera el anillo del pescador. Los tiempos de Wojtyła quedaron atrás, por ese motivo sus horas se van alejando lentas y en silencio, mientras lee los informes que llegan, vía correo electrónico, desde las distintas nunciaturas.

Su secretario personal, un hombre bajito con aspecto de profesor universitario, irrumpe en el recinto como quien es perseguido por una jauría hambrienta.

—Ha sucedido algo horrible, monseñor —alcanza a pronunciar a pesar de la agitación.

Rodríguez abandona lo que hacía. Le ofrece una silla.

—Tranquilícese, respire profundo y después, por favor cuénteme qué sucedió.

El secretario del jefe de los espías del Papa, respira hondo y de a poco se serena. Toma un trago de agua fresca que le ha alcanzado Rodríguez, y por fin se dispone a sacar al argentino de su ignorancia.

Cuatro de los operativos del S.P., como se conoce al servicio de contraespionaje de la amurallada ciudad, han sido asesinados. Los métodos empleados remiten a la guerra fría y al K.G.B.

Sin proponérselo la mente de Rodríguez se pobló con el recuerdo de un cruento enfrentamiento, tantos años hacia atrás, que creyó haberlo olvidado. No podía ser posible que la historia se repitiera. No en estos tiempos. ¿Qué sentido tendría?, se preguntó sin esperar ni tampoco poder obtener una respuesta.

En los quince días que siguieron tuvo que reconocer que se enfrentaba a un enemigo poderoso y lo peor de todo, invisible. La jornada decimosexta no fue mejor que las anteriores. La cabeza de los servicios de espionaje del Vaticano se encontraba igual de confundido que un niño de seis años en una clase de física quántica. En todo lo largo y ancho del mundo sólo dos personas conocían la identidad de los miembros del espionaje interno y externo del pequeño Estado enclavado en el corazón de Roma. Uno, era él. El 0tro, el Santo Padre, el Papa Rafael.

Continuará…