Juego Macabro | Sexta parte

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Tercera Parte de un duelo. Negociación.
No diré “no llores” porque no todas las lágrimas son malas.
J.R.R. Tolkien.

Había trascurrido tres días desde la última visita de la muerte y el ánimo de las chicas era deplorable. La relación de amistad se mantenía, pero prácticamente no hablaban. A pesar del estado de salud de Sofía, sus padres le insistieron para que volvieran a la escuela, ya que lo más aconsejable, según el psiquiatra, era que siguiera con su rutina. Se reunían en el recreo solo a verse las caras. Sus jóvenes rostros reflejaban la preocupación de una persona que, por lo general, viene a tener roces con la muerte recién en su cincuentena de edad.

A veces, Antonella quería iniciar una conversación, sin embargo, pronto se perdía el interés de la misma con comentarios cortos y aislados. Ese día viernes, casi a la semana desde que se enteraron del diagnóstico de Sofía, recibieron una llamada de teléfono:

―Hola, chicas ―murmuró el emisario con un tono inerte― ¿Hoy es la tercera prueba?

―Hola ―respondió Daiana―. Sí, que te tenemos qué hacer ―concluyó de mala gana.

―Vas a ir a la casa de tu tío. Tienen hasta la media noche, sí no van.

―Vas a dar por terminado el juego ―interrumpió―. Lo sé. ―Se percató de su tono y sintió un poco de miedo―. Perdón.

―Está bien, Daiana, no me ofendiste. ―Acto seguido la muerte colgó y Daiana les contó a sus amigas.

Al salir de la institución, se dirigieron a la casa del brujo, solo que, esta vez en el camino, mientras que llegaban, Sofía comenzó a hablar.

―No piensan qué quizás pueda hablar con la muerte.

―¿Cómo? ―cuestionó Daiana, imaginando que era lo que su amiga estaba pensando.

―Sí, tu tío era brujo, tal vez yo pueda encontrar alguna forma de evitar mi muerte y este tratamiento de mierda que me está matando.

―No sé, Sofí ―dijo Antonella―. Es muy peligroso, piensa que Hernán desapareció y que su mamá se fue de la provincia. Creo que todos los que hacen brujería terminan mal.

Sofía se enojó, tenía ganas de insultarla, sin embargo, se contuvo. No quería caer devuelta en la ira. Una vez que llegaron a la casa, encontraron al hombre del traje sentado en la cocina, leyendo uno de los pergaminos antiguos que descansan en la biblioteca personal de ocultismo más grande del mundo.

―¿Cómo han estado?

―Mal ―respondió Antonella con la voz quebrada―. No ha sido la semana más fácil.

―Es obvio, Antonella. No todas las semanas se conoce y se juega con la muerte.

Sofía se sentó en la mesa, frente del emisario e inició la conversación.

―¿Qué posibilidad hay de posponer mi fecha límite?

―Eso no lo sé ni yo, Sofía.

―Entonces, ¿cómo te sabes quiénes van a morir?

―Les voy a contar un poco de historia. En la antigüedad el primero en ver a uno de los entes de la muerte.

―¿Son muchos? ―preguntó Daiana.

―Miles ―sonrió enseñando una boca llena de dientes que perturbó la vista de las adolescentes.

―Ellos nos llaman “shinigamis”. ―Realizó un gesto gracioso simulando unas comillas imaginarias en el aire―. La cuestión es que ese hombre le hizo esa misma pregunta al shinigami y este le respondió que la muerte no sabe la fecha exacta en la que un mortal va a padecer. Solo vemos el brillo de su alma. Cuando esta aura se contamina con una enfermedad, o lo que sea que le vaya a suceder, la luz comienza a disminuir hasta que desaparece, así es como nos damos cuenta. Entonces, nos apegamos a ese mortal hasta que muere y después lo acompañamos adonde sea que su alma tenga que ir. ¿O no es así Hernán?

Las chicas voltearon al ver que una luz de forma humanoide se unía a la reunión.

―Sí, es así ―respondió el brujo. ―Daiana se acercó a Hernán e intentó tocarlo, pero la mano lo atravesó.

―¿Por qué no te puedo tocar?

―Por qué ascendí. Estoy en un plano que roza lo divino y lo astral.

―Chicas ―intervino la muerte― Hernán no tiene mucho tiempo. Asique vamos a lo que nos importa. ―Cruzó sus brazos realizando un ademán jerárquico― Hernán, ¿podrías contarles a las chicas la razón por la que perdiste todo? ―El ánima sonrió y después de unos segundos, los que se hubiese tomado para tomar aire de existir en este plano, comenzó:

―Me quise llenar de conocimiento, como pueden ver. ―Miró en derredor al ver sus viejas escrituras― Después de terminar el gran libro blanco, el más antiguo y poderoso de la historia, me enteré que mi hermana se había suicidado. Yo sé miles de hechizos y conjuros, entonces convoqué a un demonio muy antiguo, Lilith. ―El ánima se inclinó al recordar lo que pasó― En resumen, hice un pacto de tres pruebas a cambio de resucitarla: masacre a mi mascota, me corté un brazo y fui al infierno para buscar una gema, con la cual le di vida a mi hermana.

―¿Y qué pasó?

―Algo muy malo, Dai. Como dice tu amiga Antonella, quien juega con la magia, sin importar cuál sea, tiene mala suerte y la desgracia lo persigue. Resucité a Milagros y llamé a mi mamá para que la viera. Creí que iba a ponerse contenta. ―Un dejó de tristeza opaco el fulgor del ánima―. Después de que la vio se asustó, me insultó y se fue, nunca más la volví a ver. Mi hermana odiaba su nueva condición. No quería vivir después de ver los horrores de muerte. Entonces, acepté mi destino y la volví a matar. Acordé otro trato con el demonio, para que le que le permitiera ir al cielo en vez de dejarla vivir en este plano. Ella ascendió al cielo y yo al tiempo busqué la forma de ascender sin suicidarme para poder estar con ella.

―¿Saben algo? ―El emisario se expresó serio y sagaz―. Este fue el ser humano más inteligente y poderoso que alguna vez vivió, pero no quiso aceptar la muerte de Milagros y en su lugar intentó negociar con fuerzas oscuras…

―Es decir que tengo que aceptar de una vez y por todas y no negociar por mi propia vida ―concluyó Sofía.

―Correcto ―respondió Hernán, mientras desaparecía de la habitación junto con la muerte, no sin antes despedirse de su sobrina.

Sofía hincó su frente entre sus manos sobre la mesa y se puso a llorar. Su última esperanza de negociar había desaparecido y con ello llegó una depresión profunda, que la hacía desear estar muerta, pero al mismo tiempo sentía un pánico terrible por solo concebir la idea de dejar de respirar.

Continuará…

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