Apoteosis de un Dios

El gran abucheo es mil veces más fuerte, más poderoso, más noble que la gran apoteosis. Los admiradores corrompen.
Nelson Rodrigues

La vista era la más maravillosa que en su vida pudo apreciar, parecía un cuadro moderno pintado por Lorenzetti. Estaba en la azotea de un piso veinte con un pie en la cornisa y el otro apoyado en la nada…

El último segundo, antes de caer al irremediable abismo de cemento, se le volvió eterno. Como si se tratase del acto final de una obra de teatro o de una película; y esa sensación, no hacía más que confirmar su teoría.

El horizonte montañoso, de color verde, contorneaba con un crepúsculo amarillento e imperceptiblemente purpura; un tono que nunca vio o imaginó, los contrastes de los edificios con el azul del cielo denotaban la impresión de que el espacio exterior estaba tan cerca que casi se podía tocar.

Todo cobraba más sentido a medida que se precipitaba a su ofusco fin.

Sus ojos lograron ver el pavimento sin necesidad de que su cabeza girara en dirección al suelo, al principio creyó que se trataba de una experiencia astral; empero, se retractó y se corrigió a sí mismo: estaba seguro de que esa era la vista que Dios usó para concebir ese momento.

El corazón se le aceleró y entró en una cólera iracunda, solo faltaba romper la barrera y al fin sería libre.

Detrás de sí, muchos uniformados apuntaban con su arma reglamentaria, de los cuales, varios dispararon, a pesar de que la orden no fue dada. La repulsión causada por el ser que buscaba su libertad sin alas era absurdamente enorme.

Ahora, dejenme contarles sobre el hombre que estaba al borde de muerte.

Él siempre fue muy inteligente, más que el promedio, tanto era así que se consideraba a sí mismo un científico. Un libre pensador que no alcanzaba a comprender como sus conocidos daban todo por sentado sin nunca preguntarse que era lo que en realidad estaba pasando.

Comenzó a sospechar que algo andaba mal cuando no podía recordar su pasado, excepto por traumas muy puntuales que definirían a cualquier individuo. Esta anormalidad no le era extraña a nadie más que a él.

Él creía que por más eventos desafortunados que un ser humano padezca, siempre está la excepción de esos recuerdos transitorios que ayudan a reconectar el día a día.

Por ejemplo, sabía a qué escuela fue, pero no podía recordar a ningún compañero o profesor; sabía cuántas parejas sexuales tuvo, sin embargo, solo recordaba a la que lo lastimó; sabía bien que había tenido una hija, pero no podía recordar cuando nació, cuando caminó por primera vez, cuando dejó la casa para irse con ese tipo que no le convenía; solo podía recordar cosas puntuales, sobre todo su frió cadáver en un charco de sangre.

Sentía que toda su vida siempre giró en torno a una investigación de la que él era culpable, pero se consideraba a sí mismo inocente.

Día a día, sentía que perdía los estribos y que se estaba volviendo loco. El accionar que se apoderaba de él no era común y coherente con su forma de pensar.

El amaba a su hija, que razón tendría para hacer lo que hizo entonces, más que la que él dilucidaba como verdad única y universal.

Seguía con el pie en nada intentando avanzar sin obtener ningún resultado, entonces recordó el único momento de su vida en el que actuó por voluntad propia y por esa presencia que lo gobernaba:

—¿Por qué, papá, por qué? —inquirió la joven mientras que la sangre le brotaba de los labios.

—Es qué nadie lo entiende, no fui yo quién te hizo esto, fue Dios, el me obligó.

—Mamá tenía razón, estás loco. —La voz de su única hija había cesado para siempre, entonces él irrumpió—. ¿Cómo es que no lo entienden? —dijo mientras lloraba—. Todos hablamos con un timbre similar de voz, todos tomamos acciones irracionales, todos actuamos bajo lo que él creé conveniente; no somos más que la extensión de una misma conciencia.

Una vez que el recuerdo se disipó el hombre pudo romper los lazos que lo mantenían en ese mundo y se precipitó contra el pavimento.

Mientras tanto, en un estudio lleno de libros con un escritorio en medio, yacía un octogenario escribiendo la que, según él, sería su última novela; se asustó cuando en el medio del silencio varias de sus obras fueron parar en el suelo. El golpe sonó más fuerte de lo normal y debido a la oscuridad que reinaba en la habitación no podía acertar en la cantidad de novelas que se habían caído del librero.

El anciano miró la hora y concluyó en que la musa se había perdido y que era muy tarde para forzar a una mente senil a recuperarla para seguir escribiendo.

Cuando se levantó, vio que una sombra se erguía y llenó de pavor, no porque un intruso osó en irrumpir en su vivienda; sino porque lo reconoció inmediatamente.

El personaje de ficción se vio a sí mismo y se sintió lleno de furia e ira, sin embargo, una sonrisa satisfactoria nublada dicha expresión de enojo.

—Así que, vos sos el Dios que le gustan los finales trágicos —espetó mientras se acercaba con clara intención de estrangularlo.

 

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