Paulina

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Abrió los ojos con ese dramatismo singular típico de ella. Típico de los artistas, diría yo.

Corrió las cortinas de lino y una Florencia bulliciosa la saludó; adoraba con locura esa ciudad pero el rumor de la urbe lastimaba sus oídos.

Se dedicó dos segundos para teclear algunos acordes en ese viejo piano que compartió con ella tantas madrugadas. Luego, puso su playlist del día a día y dio comienzo a la rutina.

Primero se despojó de cualquier prenda, después llenó de agua caliente la bañera, amaba tomar la botella de jabón líquido y derramar un poco el piso para sentir esa sensación en los pies que tanto le gustaba. Lo que quedaba lo echaba junto con el agua.

Cerró los ojos debajo del agua y jugó a ahogarse mientras Amy Winehouse sufría por amor.

Su piel blanca brillaba húmeda. Su mirada turquesa, fija en las flores bordadas de las toallas. Su mente, estancada en un pasado gélido y un futuro incierto.

Decidió salir del trance y de la bañera, y desnuda todavía bajó a la cocina a prepararse un té lo más dulce posible para matar la amargura de las mañanas.

Ella sabía que era hermosa, lo comprobó ese fatídico día cuando solo era una joven, cuando le arrebataron hasta el más mínimo ápice de inocencia. La voz de su madre todavía resonaba en su cabeza.

¿Cuál es el precio de un sueño? ¿Hasta dónde serías capaz de llegar por una meta?

En ese mismo instante comprendió la moraleja, su belleza sería su mayor carga por el resto de su vida.

Sintió frío corrió a su habitación y se puso su pequeño vestido de seda rosa.

A su vida siempre la comparé con la historia del Lago de los Cisnes (casualmente, su última obra): tanta elegancia y tanta fragilidad en contraste con la imagen que muestra hacia el exterior de alguien a quien mucho no le importa la opinión ajena.

Pintaba las paredes de su habitación de mil colores diferentes, ese era su espacio y ese era su lienzo también. Pinceles y libros desparramados junto a su cama creaban el escenario perfecto de varias noches de insomnio.

Recordaba sus días de gloria frente a miles de personas de pie aplaudiéndola, recordaba también ese sentimiento que le producían las puntas moviéndose con ella, elevándola hacia el éxtasis del triunfo en cada salto, como si volara…

Todo para ella, la prima ballerina. Cuando una es joven, talentosa y además de todo eso, hermosa… No hay nada inalcanzable.

Pero, por el contrario, cuando la belleza (no solamente la física) se va degradando poco a poco, la vida se vuelve un sinfín de obstáculos. Y eso, ella lo sabía muy bien.

Es por eso que esa realidad fue demasiado efímera como para revivirla, hoy todo era diferente. Pasaba sus días leyendo, tocando el piano, degustando exóticos vinos. Recuerdo que le gustaba mucho dibujar, a veces hasta lo hacía en su cuerpo, decía que se producía dolor con tal de olvidar su sufrimiento.

En su última carta solo habló de París, de su comida, su gente, sus aromas, sus colores, sus amores y dolores. Allí dio su primera presentación y me pidió, desde el corazón que la enterremos en donde todo comenzó.

Lamentablemente así fue.

Mi último regalo, mi último homenaje, su último show.

Escrito por Victoria Capurro para la sección: