A la ciudad y al mundo | Parte 21

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Capítulo cuarenta y uno

Para cuando el sol del mediodía calcinaba la jornada número dieciséis, los cadáveres que en forma de expedientes se acumulaban en la mesa de trabajo del cardenal in pectore, sumaban: treinta y tres.

Rodríguez basaba sus pesquisas en la búsqueda de alguien que quisiera vengarse de la Entidad, ayer la Santa Alianza, o del S.P. Debía tratarse de un rencor añejo, ya que no se había puesto en marcha operaciones en lo que iba de la era Ferrara.

Cada persona que entraba o salía de la Santa Sede quedaba registrada a través de las cámaras que se instalaron en 1981 cuando Juan Pablo II fue atacado en la Plaza de San Pedro. El sistema de vigilancia por circuito cerrado no se usaba en forma permanente, sólo en ocasiones especiales.

Los rostros obtenidos mediante las imágenes eran ingresados a una base de datos que el sacerdote argentino, amante de la informática y de la Internet, había ido forjando desde que ocupara su cargo actual. El procedimiento tuvo el mismo éxito que podía tener pretender que un elefante interpretara con virtuosismo los Caprichos de Paganini. Los asesinatos habían permanecido en el más cerrado de los secretos, cosa que no era nada difícil en una ciudad en donde lo que no era sagrado, era secreto.

El director del Russicum, revisa su casilla de correo electrónico y de tanto en tanto disfruta de un mate amargo al que acompaña con bizcochos de grasa, un placer que pretende no abandonar en la vida.

De los ochenta mensajes, uno en particular atrae su atención. En el apartado: asunto, el veterano espía lee: ha pasado el tiempo, tovarich.

Accede al mensaje, lleva con el ratón, el cursor hasta donde dice: descargar archivo adjunto, hace clic y espera.

Ante sus sorprendidos ojos surge una lista de todos los hombres bajo su mando. Con la claridad que tiene el agua puede leerse en qué rincón del mundo opera cada uno y cuál es el nombre clave al que responde.

El cardenal Rodríguez atiende el teléfono celular todavía un poco aturdido.

—Pronto.

—Cada noche en la que el dolor no me deja dormir, recuerdo Berlín en invierno— la voz hablaba en ruso.

—¿Quién habla? — interrogó el espía, a pesar de conocer la respuesta.

—Es qué acaso, me has olvidado, tovarich —dijo la voz desde el otro lado.

—Lo he intentado Anatoly, puedes estar seguro.

—He sabido, que estás teniendo problemas con los miembros de la Sociedad de Pío.

—¿Debo suponer qué tienes algo que ver?

—Sin duda, tovarich…, sin duda —Fue la seca contestación.

—Han pasado demasiados años, Anatoly —comentó el sacerdote—. Lo que te ocurrió forma parte del juego…

El ruso lo interrumpió.

—No he sido nunca un buen perdedor —reconoció el mejor elemento que un día tuviera el K.G.B.— Según como veo las cosas la venganza jamás prescribe.

—¿Cómo puedes estar seguro de que no estoy rastreando esta llamada?

—Sé que no lo harías, tovarich. Los dos sabemos que esto es entre la cruz y la hoz.

—Muy poético, pero vamos al grano de una buena puta vez —El argentino había agotado todas las reservas de paciencia y no contaba con pocas.

—Pues vamos al grano entonces, tovarich —El ruso hizo una pausa con el único objeto de aumentar la tensión—. Llevo años preparando éste acontecimiento — mintió—. Los mismos que me ha tomado rehabilitarme.

Rodríguez escuchaba con atención. El antiguo lacayo de Andropov no era un hombre para ser tomado a la ligera. Nadie lo sabía mejor que él.

—A partir de hoy y antes de que hayan pasado seis meses —seguía diciendo Kronenberg—, todas tus redes estarán desechas y tu gente será cancelada…

—¿A menos qué…?

—A menos que cumplas con una tarea que pienso encomendarte.

El responsable del éxito de la operación Félix, golpeó sobre la mesa de trabajo con su puño apretado como si fuera un martillo. No dejaba de pensar en todas las vidas que interrumpidas por el capricho de un solo ser. Un ser que, sin lugar a dudas, contaba con los medios para destruir a toda su organización y por ende su propia vida.

— ¿Qué debo hacer? —preguntó el sacerdote.

—Asesinar al Papa —sentenció Kronenberg.

Capítulo cuarenta y dos

La imagen que le devolvió el espejo del baño era similar a la que puede verse en alguien que abre un pesado y enorme paquete el día de su cumpleaños.

—La primera etapa está cumplida —dijo Mathew Kronemberg conversando con su reflejo.

Trabajar en el proyecto de Rafael, no sólo le reportaría muchos ceros a su capital, asunto que no conseguía quitarle el sueño, sino que además le posibilitaría vindicarse. El odio que le profesaba al sacerdote argentino dormía a la espera de una oportunidad para volver a abrir los ojos, ese sueño quizás se debiera al efecto sedante que le producían los analgésicos que estaba obligado a consumir desde que fuera dado de alta de la clínica alemana.

No se permitió más distracciones. Sin perder tiempo puso en movimiento la segunda fase del plan de Ferrara.

Continuará…