Juego Macabro | Séptima parte

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Cuarta etapa del duelo. Depresión.
La tristeza de la separación y de la muerte es el más grande de los engaños.
Mahatma Gandhi.

Las semanas siguientes a la visita de la casa del brujo, sumado al dejaste del tratamiento, repercutieron en la salud y en el estado de ánimo de Sofía que, a pesar de ir a la escuela y de usar de mascara de “no pasa nada, estoy bien” frente a sus allegados, se sentía cada vez más sola.

Daiana y Antonella, al percibir el estado de su amiga, dejaron de lado sus obligaciones, no estudiaban y solo iban a sus casas a dormir. Pasaban la mayor parte del tiempo en el hogar de Sofía, acompañándola y esperando a que la muerte volviera para desarrollar la cuarta etapa del juego.

La joven de dieciséis ya no le encontraba cabida al asunto, no quería seguir jugando, aunque eso significara una mayor probabilidad de vencer a la muerte. De qué le valía, si por más que siguiera jugando, no había nada garantizado. Lo único que había logrado en esas semanas fue deprimirse y sumergirse en un abismo depresivo, más oscuro que el espectro con el que estaba jugando. Por las noches, cuando sentía que se asfixiaba, pensaba en el frio y en lo lóbrego de su sepulcro. Experimentaba una sensación de flotar en el espacio, era como sentir una libertad absoluta, pero al mismo tiempo se moría de miedo, porque sentía que no podía moverse, no podía pensar en otra cosa, en sí, no podía siquiera hacer nada: era esclava de su destino.

Ese amanecer sucedió algo similar al cuento de navidad del magnífico Dickens, la muerte se hizo presente en el ambiente, con un aspecto más pulcro y formal que de costumbre. Parecía que se había cambiado el traje, se veía más jovial, mas rejuvenecido.

“La muerte no puede morir”, pensó Sofía.

El espectro enseño sus dientes sonriendo, en una clara señal de amistad, como una persona que visita a su mejor amigo en el hospital y ve que está a punto de palidecer ante la sombra de la muerte.

―¿Cómo estás?

―No me quiero morir ―respondió Sofía quebrándose. Su mal carácter había sucumbido, ya no sentía ni un mínimo de esperanza; es más, expresándose entre lágrimas, suspiró y le rogó―. Por favor, ya no me importa que pase, no quiero seguir jugando. Deja en paz a mis amigas.

―No te entiendo ―murmuró la muerte, como si estuviese contándole un secreto―. ¿Te importa o no?

―Por supuesto que quiero vivir, pero ya estoy cansada de luchar. Yo me imaginaba una vida linda, soñaba con una carrera, con comprar una casa, tener hijos; y nada de eso se va a ser realidad.

―Eso no lo sabemos ni vos ni yo, puede que el tratamiento funcione. ―Vio el desamino en el rostro de la adolecente y decidió proseguir antes de que el llanto la abatiera―. Este es peor momento, Sofía, puedo percatarme de ello, pero es hora de que se lleve a cabo la cuarta etapa del juego.

―Si me niego a ir, ¿qué pasa?

―Lo sabes, Sofía. ―Elevó la voz como si hubiese sido ofendido, frunció los labios y apretó los puños. Al ver esto, Sofía se reincorporó, caminó hasta él y lo tomó de la mano.

―¿Adónde vamos? ―preguntó sonriéndole con falsedad, como ya era costumbre en esos días.

―Vamos al futuro, a uno en el que no estás. ―Sofía lo abrazo y la muerte le correspondió. No fue un abrazo afectuoso, sin embargo, hubo algo en el que hizo que la muerte se alegrara. Caminaron juntos hasta la ventana y la atravesaron. Entonces, Sofía se vio a sí misma en un féretro, su aspecto no era malo a la vista, al contrario, se la veía hermosa. Llevaba puesto un vestido blanco y un pequeño ramo de flores enlazados entre sus dedos. Su rostro, a pesar de lo delgado que se veía, reflejaba con claridad lo hermosa que fue en sus días buenos.

La cámara ardiente estaba llena de personas que se lamentaban y lloraban a su alrededor. Sofía tuvo la oportunidad de saber qué es lo que pasaría si su muerte se hacía efectiva.

Estuvo dos horas caminado por la sala de sepelios, escuchó a sus amigos, a sus padres, a su novio, a Antonella y a Daiana; sollozar y en ocasiones reír, recordando lo vivido. Sofía, a pesar de su tristeza, no pudo evitar acompañarlos en la precaria alegría que se entablaba al conmemorar sucesos del pasado.

La parca la estuvo con ella en todo momento, dirigiéndola y viendo como de a poco se integraba a cada una de las personas que estaban allí. Era como si su alma se fundiera en tantos cuerpos y pasara a formar parte de ellos.

―Bueno ―dijo la muerte viéndose satisfecha―. Es hora de ir a la próxima parada y ver como siguen las cosas después de esto. ―Se paró detrás de Sofía y la llevó caminando hasta la puerta. Repacieron en una iglesia, se había cumplido el primer natalicio desde su fallecimiento. La gran mayoría de los que estaban ahí se quedaron al terminar la ceremonia para rememorar nuevamente entre llantos y sonrisas la memoria de una amiga e hija muy querida.

Sofía se volvió a la muerte y le preguntó:

―¿Qué es esto?

―Te estoy enseñando que la perdida de tu vida va a afectar a muchas personas, pero quiero que veas lo lindo de mi trabajo ―musitó―. Vas a vivir en el recuerdo de todas estas personas, en su día a día cuando piensen en lo valiente que fuiste y lo que dejaste en vida, porque nadie muere realmente hasta que es olvidado. Además ―continuó―, significa un descanso para vos y tu familia. Te pido que por un segundo imagines en lo estresante y difícil que es vivir con un ser amado que se va marchitando. No quiero que me mal intérpretes y que llegues a la conclusión de que sos un estorbo. No es así, solo que a veces la muerte es mejor.

Sofía no dejaba de mirarlo, no sabía exactamente qué decir, entonces lo abrazó y cayó de rodillas frente a él. La parca se agachó y correspondió en abrazo al igual que más temprano, solo que, en este caso, fue algo más real y Sofía lo comprendió.

En ese momento todo se volvió oscuro y ella despertó en su habitación, con el sol aun empezando a emerger. Se preguntó si había sido un sueño o si lo que había visto en verdad había pasado. Al levantarse unas horas más tarde notó que el peón se había movido a la última etapa. Y comprendió que por fin solo le quedaba la última etapa. La aceptación.

Continuará…

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