Cumpleaños de los hijos… ¿vale la pena gastar tanta guita?

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Cuando nuestros hijos entran a primer grado suelen comenzar a forjar relaciones de amistad a largo plazo, más sólidas y duraderas, y diferentes a las familiares o barriales. En ese momento suelen querer celebrar su natalicio en lugares de diversión con específicamente esos compañeritos del grado, más primos y amigos del barrio… ¿pero qué sucede antes de eso? ¿qué pasa en los cumpleaños anteriores?

Lo que suele suceder es un caos de gente y un gastadero importante de guita. Vivimos en Mendoza, un pueblo grande, por ende la gran mayoría de los mendocinos seguimos teniendo los usos y costumbres propias del lugar donde nos toca vivir. Tenemos familias numerosas, que no viven a mucha distancia los unos de los otros, domingos en familia, reuniones sociales, contención familiar aledaña y por lo general le damos un valor importante al encuentro social. Debido a ello tenemos muchos invitados mayores, más sus hijos de la edad parecida, más los amigos de la vida con hijos, más los vecinos y personas del espectro social en el que nos movemos. Toda esta parentela suma fácilmente, contando la gente del papá y de la mamá, por lo menos 50 o 60 personas. Y si somos relativamente sociales, amigueros y nos ponemos a hilar finito y contar los niños, el número llega a 100 tranquilamente. Por lo menos en mi caso somos dos familias grandes y tenemos muchos amigos con hijos que invitamos.

Lo primero que tenes claro es que en tu casa no podes meter ese batallón de personas, sólo pensar en el bardo que quedan cuando se van, en miles de niños correteando entre los muebles, en el baño usado por decenas de humanos, te da stress, así que optas por un salón o pelotero. Ahí se te fueron 4 o 5 lucas de una. Luego viene la bebida, una gaseosa cada cuatro, una latita de birra por mayor, unas agüitas saborizadas para los pendejos, un par de botellas de escavio para el postre… ahí se te fueron 2 luquitas más. Darle de comer a 100 personas no es “moco e’ pavo”… la entrada de empanadas/sanguchitos/canapes, los chizitos, papitas y demás porquerías de relleno, un plato principal de pernil/guiso/asado o lo que fuese y finalmente una mesa dulce con cuestiones de postre y la torta, por lo menos estamos hablando de $150 por persona. Ahí se fueron mágicamente 15 lucrecias más. Uno se olvida de “los extras”, pero el niño tiene que estrenar algo de ropa, un juguete hay que regalarle, la piñata y las sorpresitas para los niños, un show de algo o pinturas, por lo menos te salen 3 más. Ya estamos rondando las 25 lucas… ¡en el horno! El tema del número es un mero ejemplo, pero con estos detalles, ronda entre las 15 y las 30 lucas sin dudar.

Entonces ahí pensamos… y comenzamos a comparar: 25 o 30 lucas es un finde largo en Buzios, es una semana en Córdoba o Buenos Aires, es comprar un nuevo celu o notebook, es empilchar a la bendi por dos años, es cambiar la moto, es comprar la Play nueva, es miles de cosas… ¿pero vale la pena? Los que no festejan o no tienen hijos te tildan de loco “¡cómo vas a gastar esa guita en eso!”, “¿porque no te fuiste una semana a Bariloche, estás loco?”, “el nene no se va a acordar de nada”, “al pedo invitas a tanta gente”, “yo ni loco me gasto esa guita en un niño que no se va a acordar de nada”.

Puede que sea cierto que literalmente no se acuerde de nada, pero bajo ese concepto, tampoco se va a acordar de los regalos, de las caricias, de las palabras de mamá, de las risas con papá, de los besos, los abrazos, los llantos, los cuentos por las noches, los “sana sana potito de rana”, de Papá Noel y los Reyes Magos, de los fuegos artificiales, de embarrarse hasta la nuca, de la lluvia, del sol, de las tardes de verano, de la nieve, de las risas con las amigas, de los cuentos de terror, de las pelis de Dinsey. Entonces, si nos atamos a la idea de que los niños no se van a acordar, dejémoslo como plantas hasta que tengan uso de razón y ahí los comenzamos a hacer interactuar entonces.

Por otro lado te dicen “¡pero llevalos a la plaza!”, “¿y si los llevas al cine o al shopping?”, “¿porqué no les dedicas un día completo a ellos?”, “¿y si invitas a sus amigas a comer a tu casa?”. O sea… algo que le podrías hacer cualquiera de los 365 días del año, en cualquier momento, ¿qué de especial tendría “su cumpleaños” si hicieras un evento común y corriente?

Y llega el día del cumpleaños… te volves loco, estas organizándolo un mes antes, el día del evento es una locura. Armar todo, ordenar todo, cocinar todo, servir todo, atender todo, rogar porque no falte nada y comerte todo el stress de un evento. Terminas fundido y el día pasa volando. Pero hay algo más, algo que no se ve a simple vista, algo que queda…. y es impagable.

Seguramente que ese niño no recuerde nada, ¿pero no estamos formando socialmente a nuestros hijos con estos eventos?, la felicidad impagable de ese presente, el mes previo que nuestros hijos se derriten de la expectativa, las ilusiones de lo que vendrá, lo mucho que esperan ese momento, ¿no queda en ningún lado del subconsciente, tallando la psiquis de ese niño?, si la vivencia de ese día es sublime y ellos ansían que llegue el día y están excitados toda la jornada, ¿no los forma como personas felices para el resto de su vida (junto con otras, lógico)? Es cierto que van muchos grandes a “chupar y comer”, ¿pero no nos hace crecer como animales sociales este tipo de encuentros?, ¿no educamos a nuestros hijos en la importancia de desarrollarse como personas en sociedad?, ¿no queda el recuerdo de “buenos momentos con amigos”? Y para los papás… ¿no es impagable esa ilusión?, ¿cuánto valen esos gritos, esa cara de felicidad?, ¿no añoramos acaso a diario rememorando la infancia feliz, en familia, los domingos?

Es caro, cuesta, duele… ¿pero cuánto vale el recuerdo?, si yo encuentro en el hecho de compartir la vida con familiares y amigos algo maravilloso (sentimiento personal), ¿no es la manera de inculcarle esos valores a mis hijos? Viajar puedo hacerlo en cualquier momento que la billetera me dé, llevarlo al shopping a gastar guita también, invitar a cinco o seis amiguitos a mi casa puede suceder cualquier día, que mi hijo “haga la suya”, sucederá el resto de su vida cuando sea más grande, ¿hacer el esfuerzo de este gasto no sería ser condescendiente con la forma que pretendo educarlos desde lo social? Uno de mis dichos de cabecera (creo que inventado por mí) es “la felicidad es tener con quién gastarla”, gastarnos guita en nuestros seres más preciados… ¿no es la felicidad entonces?

Por lo menos la de mi familia y la mía sí. En nuestro caso si vale la pena.

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