A la ciudad y al mundo | Parte 22

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Capítulo cuarenta y tres

El cardenal Rodríguez caminaba de un lado a otro de su despacho. Un dolor agudo le corroía el pecho. Las ansias por retomar la adicción a la nicotina agregaban una turbulencia más a sus problemas actuales.

En su profesión un error puede tener un costo demasiado elevado. No debió relajar las operaciones. Sus hombres eran buenos elementos, pero hasta los mejores bajan la guardia al no sentirse presionados. Los informes que le llegaban no contenían nada importante. La decisión adoptada por el nuevo siervo de los siervos de Dios de poner a dormir a los servicios de inteligencia de su ciudad, les provocó a los operativos un sueño demasiado profundo, tanto que a algunos les costó la vida.

En contra de toda lógica, el Santo Padre no autorizó tomar ninguna medida que hiciera posible detener la matanza de los Monjes Negros, como se llamaba puertas adentro a los miembros del espionaje papal, haciendo alusión al color de los hábitos de los hermanos Dominicos: los primeros espías de la Iglesia, junto con los jesuitas. En la reunión que había tenido lugar después de que Rodríguez hiciera contacto con Anatoly Krunoslav, en la que se cuidó muy bien de dejar constancia del requerimiento del ruso, habían estado presentes acompañando a Su Santidad, el cardenal Secretario de Estado y el cardenal Sabatini, la habitual sombra de Rafael. El Arzobispo Metropolitano de la diócesis de Roma dejó claro que no se debía emprender ninguna acción al respecto. Cuando el cardenal Rodríguez intentó protestar, Rafael lo detuvo diciendo:

—No debemos alborotar el avispero.

Habló con el más puro acento de su Mendoza natal. Esta era otra de las cosas que compartía con la máxima autoridad de los organismos de inteligencia, sólo que Sebastián Rodríguez, había nacido en Lavalle, a unos cincuenta kilómetros de la ciudad capital, en un distrito que aún hoy lleva el nombre de Alto del Olvido.

—Nadie debe saber que la ciudad eterna, cuenta con ojos, manos, piernas y oídos repartidos en el mundo —continuó Rafael—. Dejemos que el Señor se haga cargo de tan nobles almas.

El cardenal Rodríguez estaba de acuerdo en el primer punto con el Papa. Era algo muy cierto que la Entidad, como no podía ser de otra manera se encontraba protegida por un grueso manto de secreto. Sucedía algo similar a lo que ocurría con Dios, muchos decían que existía, pero nadie había logrado verlo. El espionaje vaticano había colaborado en el pasado con otras agencias de inteligencia, mas no le hubiera sido posible a ningún historiador o a cualquiera de los tantos periodistas curiosos que nunca faltaban encontrar pruebas de tales acontecimientos.

En cuanto al asunto de dejar todo en manos de Dios, no podía permitírselo. A pesar de ser un hombre de una profunda vocación religiosa, no podría seguir viviendo, si no castigaba a quien pretendía destruirlo. Se lo debía a su gente.

Quería atraparlo más que ninguna otra cosa en el mundo. No dejaba de moverse de un lado a otro y tampoco dejaba de preguntarse, por dónde empezar. El mayor problema que enfrentaba era la absoluta soledad, no tenía nadie en quien confiar. Pensándolo un poco mejor sí tenía a alguien.

Sustituyó la desteñida sotana por un traje de calle, común y corriente, de color gris. Empujó la mesa de trabajo alejándola dos metros de la pared que tenía atrás. Una argolla metálica de unos quince centímetros de diámetro quedó al descubierto, la asió con ambas manos y tiró hacia arriba. La abertura tenía un metro cuadrado. Enfrentó la angosta escalera, también de metal, con sumo cuidado, ya no era un muchacho. Al dejar atrás los primeros tres peldaños, colocó la puerta en su lugar por encima de su cabeza.

El cardenal Rodríguez, el amo y señor de los espías del Vaticano, se hallaba ahora en los túneles que en 1611, mandase a construir Pablo V, con el objeto de posibilitar una rápida huida, en caso de que la Ciudad de los Papas fuese invadida por alguno de sus múltiples enemigos. En aquellos días para justificar todo el movimiento se comenzó a edificar lo que sería el Archivo Secreto y se amplió la Biblioteca vaticana.

Las catacumbas de Borghese como le gustaba llamarlas al jesuita argentino, contaban hoy con paredes revocadas, enyesadas y pintadas de un blanco suave. A toda hora se las encontraba bien iluminadas y poseían un moderno sistema de aire acondicionado. No era la primera vez que Sebastián Rodríguez se sumergía en los laberintos claros que corrían por debajo de la ciudad. Se movió con la velocidad de aquel que sabe hacia dónde va, sin la menor vacilación.

Veinte minutos pasaron desde que cerró la tapa que lo lanzó a una cacería que le significaría un giro de ciento ochenta grados a su existencia. No se preocupó por ofrecer explicaciones. Lo más seguro es que nadie note mi ausencia, pensó.

Caminó unos minutos más y por fin encontró lo que buscaba, una escalera igual a la que utilizara para dejar su oficina. Arriba estaba el barrio de Trionfale. Emergió. Oscurecía. Atravesó la calle y se encaminó hacia una vetusta construcción de cuatro plantas. En la entrada un hombre calvo y más obeso de lo que se considera saludable, le sonrió.

—¿Come vai, Carmelo —Lo saludó el gordo

—Bene…, bene. Molto bene, Paulo.

Para el portero, Rodríguez era Carmelo Mondito, un viajante de comercio que cada tanto visitaba la capital italiana.

El departamento era pequeño. Tenía una sala de estar con una mesa cubierta de formica color verde claro y tres sillas tapizadas con una tela repleta de flores, una cocina sombría, un baño más sombrío y una habitación cuyo único atractivo era una cama de ruidoso elástico.

De una forma u otra la vivienda ofrecía lo básico para poder vivir. La Entidad era propietaria de lugares como éste en muchas de las más grandes urbes regadas por el globo, se las denomina pisos francos.

El mendocino que abandonara la casa paterna para convertirse en uno de los soldados de Dios, dejó que el agua que salía de la ducha corriera; era la manera de conseguir que se calentara. Se desnudó. Guardó con prolijidad la ropa en la valija que lo esperaba desde hacía tiempo debajo de la cama. Antes de entrar al baño, fue a la cocina. En una alacena de cedro había una serie de latas pintadas de distintos colores. Eligió la roja que ofrecía galletas en letras amarillas. Quitó la tapa, retiró un rancio paquete de galletas de agua y sacó el teléfono celular, un Motorola de última generación, que estaba en el fondo del recipiente. Marcó los números de memoria, al responder la voz que esperaba dijo:

—Naka.

La comunicación terminó. Repitió a la inversa los movimientos anteriores. Fue hasta el baño y se metió debajo del agua.

Capítulo cuarenta y cuatro

No era algo casual que la prensa mundial hubiera bautizado a Rafael: el Papa tranquilo. El sucesor de Pedro, número doscientos sesenta y cuatro, había dejado el gobierno de la Iglesia a la Curia limitándose a firmar los documentos de carácter imprescindible. Las apariciones públicas eran escasas, lo mismo que sus viajes. Mantenía la tradición de la audiencia general de los miércoles cerca del mediodía en la sala Pablo VI y se dejaba ver cada domingo por la ventana que da a la plaza de San Pedro para dar su bendición.

El Papa tranquilo celebraba un nuevo cumpleaños, sólo le hubiera hecho falta para completar su magnífico estado de ánimo, haber podido abrazar a sus padres.

Sebastián Rodríguez había comenzado a perseguir un rastro. El olor de la sangre lo mantendría ocupado el tiempo suficiente. Faltaban dos escasos días. Efímeras cuarenta y ocho horas para la crucial reunión. El hecho de que todas las familias se hubieran bien avenido, ante el pedido de Rafael de exterminar a los agentes del espionaje de su ciudad. Le demostraba que el viento soplaba a su favor.

Más tarde cenaría en compañía de los más altos miembros de la Santa Sede. Le había llegado la noticia de que se estaba preparando un suculento banquete con los platos típicos de la cocina argentina, donde no faltaría el asado de ternera y de chivo, enviado desde la provincia de Santa Cruz, por el propio Presidente de la República Argentina. El primer mandatario del país de origen de Rafael le había hecho llegar además de la dotación de selecta carne, un delicado estuche de cuero que contenía quince discos compactos de músicos argentinos de jazz, La colección seleccionada, según le informarían durante la cena, en persona por el Presidente incluía obras de Leandro »gato» Barbieri, Horacio «chivo» Borraro, Andrés Boiarsky y Jorge Anders. Nadie desconocía que el Santo Padre era un devoto de aquella forma musical, nacida a fines del siglo XIX en los Estados Unidos, pero sólo algunos sabían de su especial predilección por los saxofonistas tenores.

El menú no hubiese estado completo sin las deliciosas empanadas de carne y el postre preferido de Rafael, flan con dulce de leche. Como no podía ser de otra manera, no habría escasez de vino tinto. El plato más apetitoso de la programada velada, lo constituía la presencia del cuarteto liderado por Branford Marsalis.

Todo esto iba a ocurrir en algunas horas, era el futuro. En el presente celebraba una asamblea de la que participaban: Amelia, su fiel amiga y amante, que había aceptado sin quejarse una sola vez, vivir en las sombras, oculta como lo están las personas prófugas. También estaban allí, Natalia, su hermana y además una de las piezas fundamentales del proyecto y Carlo, su primo y mano derecha.

El sitio elegido era el de siempre, un conjunto de ocho habitaciones con terraza, que se ubica en el lugar más alto del Vaticano y recibe el nombre de Torre de los Vientos.

—En el palacio, está todo listo —anunció Carlo.

—Es una pena haber tenido que prescindir de los cuidados de sor Alejandra y su eficaz séquito —comentó no del todo irónico Rafael.

— ¿Cómo marcha el asunto Rodríguez? —Se interesó Natalia.

—A las mil maravillas —respondió Carlo—. Ha dejado la ciudad y se mantendrá bastante ocupado tratando de dar con la punta del ovillo.

Aunque Amelia pocas veces dijese algo, todos sabían que se podía contar con ella para lo que fuera.

Rafael le acarició con suavidad el rostro. La mujer volvió a preguntarse si estaba en el lugar correcto y si valía la pena tanto despliegue y sacrificio para conseguir algo más de dinero del mucho que ya llenaba las arcas de los Ferrara. La que amaba más que nadie al Papa conocía la respuesta a la pregunta que se hacía desde siempre. Todo esto no se trata de dinero. Lo que importaba era el poder. Estaba segura que la recompensa pronto llegaría y sería enorme.

La charla se extendió poco más de una hora, entonces Rafael dijo:

—Damas y primo. Las cosas van viento en popa y estoy muy agradecido con ustedes, pero ahora debo prepararme para la cena y por supuesto ensayar mi mejor cara de sorpresa para recibir a Branford y su gente.

El trío que lo acompañaba se rió de buena gana. El efecto sorpresa se había evaporado lo mismo que el agua en una tarde calurosa.

—Nada de lo que pasa o pasará en mi ciudad, me es ajeno —comentó Ferrara antes de dejar la habitación.

Mientras Su Santidad saboreaba el delicado swing del cuarteto liderado por el mayor de los hermanos Marsalis interpretando: Now’s the time, de Charlie Parker, Sebastián Rodríguez manipulaba un teléfono celular.

La llamada tuvo un efecto perturbador en el manso silencio que se respiraba en un edificio gris ubicado en el paseo del Rey Saúl en Tel Aviv. La mole de cemento de aspecto sucio servía para albergar el cuartel general del Instituto de Coordinación israelí, dicha dependencia gubernamental se conoce bajo el nombre de Mossad. En el último piso trabajaba su actual director, Ariel Yarel.

El hombre al que se lo llamaba: memune, primero entre iguales en hebreo, escuchó la palabra y supo de inmediato quien la pronunciaba, un segundo después se aprestaba a tomar los recaudos necesarios.

Para los hebreos naka significa: luz de día. Para el Mossad equivale a alerta máxima.

El continuador del camino que iniciara Ben Gurion tenía una deuda con el sacerdote argentino que se remontaba a los días en que Golda Meir, realizó una visita al Vaticano. La Santa Alianza evitó que se llevara a buen término un atentado contra la vida de la entonces Primer Ministro de Israel.

Tanto el judío como el católico eran aprendices del oficio, pero supieron salir airosos y sentaron las bases de una amistad que había sobrevivido a varios Papas y a varios primeros ministros.

Una hora después de haber contestado la llamada y según lo establecía el sistema que ambos jefes de espías habían diseñado, el número uno de la inteligencia israelí accedía a una casilla de correo electrónico y leía un largo mensaje que relataba un recorrido por varios ciudades realizado por un grupo de estudiantes universitarios.

Estaba amaneciendo cuando Ariel Yarel tuvo conocimiento de los hechos. No será una tarea fácil, pensó.

El servicio secreto del Papa estaba acorralado, no le era posible dar un paso sin que el ruso lo supiera. Los operativos caían como víctimas de una epidemia. La Santa Alianza, rebautizada como La Entidad por el Papa polaco, gozaba de un oculto prestigio del cual, como Yarel muy bien sabía, no podía disfrutar.

—Lo que no es sagrado, es secreto —pronunció Yarel a manera de sentencia.

Continuará…