Juego Macabro | Octava parte

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Quinta Etapa de un duelo. Aceptación.
“Si la muerte no fuera el preludio a otra vida, la vida presente sería una burla cruel”
Mahatma Gandhi.

La vida de Sofía, así como la de sus amigas, se había tornado más llevadera. Ella les contó sobre lo peculiar de su último encuentro con la parca. Las chicas se estaban asustadas por lo que podía llegar a pasar, sin embargo, se sentían más unidas que nunca. El aprecio y el amor mutuo maduraron a un nuevo nivel en el que no importaba que pasara, sabían que siempre estarían unidas.

Los sucesos mutaron, pasaron de ser algo extraño a una rutina diaria. Sofía se puso al día con las materias y se reincorporó perfectamente a las materias. Arregló del todo la relación con sus padres e incluso perdió la virginidad con su novio luego de una breve reconciliación.

Todo parecía encajar en su lugar, hasta que, una madrugada cuando se dispuso a ir baño, después de un extenuante día de tratamiento, se desmayó. Su madre la encontró tirada en el suelo. Aparentemente, el principio del fin había llegado.

Sofía no estaba triste, aún conservaba un poco de pánico a la idea de dejar de existir, pero no hubo ningún día en los que estuvo internada que no mantuviera una sonrisa y una actitud positiva. Era un ser de luz, que llenaba de alegría a cualquiera que estuviese con ella.

Tuvieron que aumentar la dosis del tratamiento, al punto de dejarla casi sin fuerzas. Soportó todo lo que hacían, mientras que sus allegados la veían marchitarse. Antonella y Daiana buscaron el tablero del juego por lados sin éxito, el juego de la muerte se había desvanecido de la faz de la tierra.

Le contaron a Sofía, pero no se sorprendió, el juego ya había terminado y por fin creía haber comprendido el verdadero motivo del juego. Puso todo de sí para salir adelante y logró.

Ese mismo año volvió a ser internada unas cinco veces más en terapia intensiva a causa del avance de la enfermedad, sin embargo, ella siempre encontraba la forma de salir adelante, sin importar lo malo que fueran los pronósticos.

Hasta que, una lejana noche de octubre, cuando estaba tendida en la cama del hospital, conectada a un aparato oscilador que marcaba sus latidos y orto que la asistía para respirar, vio que su antigua amigo, el hombre del traje elegante, se presentó ante ella.

―¿Me venís a buscar? ―preguntó satisfecha, su voz se perdió debajo de la máscara de oxígeno. La muerte se acercó a la cama, la apartó del armatoste y con una sonrisa, podría decirse que era de orgullo, le respondió.

―Eso todavía no lo sé, tu aura está débil, pero veo que se esté por apagar.

―Creo que entendí tu juego.

―¿Así? ―dijo la muerte mostrándose divertida y sorprendía―. Por favor, ilústrame, ¿de qué crees que se trata el juego?

―Solo es una forma de ayudar a alguien a transitar el duelo. Querías que fuera fuerte para pelear. Estoy segura que si me hubiese deteriorado así antes, cuando estaba enojada o deprimida, lo más probable es que estuviese muerta.

La muerta le acarició el cabello―. Sos muy inteligente, Sofí.

―Solo no entiendo porque me ayudaste a entender.

―Ustedes me vinieron a buscar.

―Sí, lo sé, pero no estabas obligado a nada, es más, creo que ni siquiera estas atrapado en el tablero, como nos hizo creer el tío de Dai.

―No se te escapa nada. ―La parca lanzó una carcajada―. Veo que aceptase todo, fuiste valiente y luchaste a pesar de tu sufrimiento. ―Volvió a acariciarle la cara denotando mucho aprecio―. A veces hay personas que merecen un poco de ayuda ―la miró detenidamente―. Ganaste.

―¿Gané? ―pronunció estupefacta y se durmió.

Al día siguiente se sentía estupenda, mejor que nunca. Se quitó la máscara de oxígeno y llamó a sus amigas que no tardaron en venir. Los médicos no podían creer la mejoría de Sofía. Creían que el tratamiento la había curado milagrosamente. Al mes fue dada de alta, estaba completamente sana, sin ningún rastro de la leucemia que la atormentó por casi un año y medio.

Al volver a casa, entró a su habitación, todo se le hacía surrealista. Lo primero que hizo fue una simple inspección, segura de que encontraría lo que sus amigas no pudieron. En solo cinco minutos encontró el pedazo de madera que sustrajo de la casa del brujo. Al abrirlo sintió que iba a llorar, pues vio que el peón estaba en el centro del tablero.

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