El Humanero

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No vayas a creer lo que te cuentan del mundo (ni siquiera esto que te estoy contando) ya te dije que el mundo es incontable.
Mario Benedetti

I

Carolina jugaba con las hormigas en la plaza más céntrica de la ciudad. Con sus inocentes seis años imaginaba que era la reina de ellas; una reina buena, amable y gentil. Jugaba por horas con las hormigas, luego lo hacía con las plantas de los canteros, que se convertían en una jungla impenetrable, llena de peligros y misterios.

Su madre, Norma, trabajaba todo el día frente a los semáforos vendiendo estampitas religiosas a los conductores que se detenían ante el rojo del semáforo. Lo hacía para ganarse el sustento y para el vino de su marido y que se emborrachara y no le pegara ni a ella ni a su hija. Sólo una vez se le rebeló a su esposo, cuando se dio cuenta de que miraba con lascivia a Carolina. Sin ofuscarse ni histerias tomó un gran cuchillo de carnicero y se lo apoyó en la garganta a su pareja -Ni se te ocurra-  le dijo. Sólo eso bastó

Norma amaba a Carolina, daría lo que fuera por ella. En el medio del vértigo de la venta se dio vuelta para mirar a su hija que retozaba entre las flores de la plaza, y no pudo menos que sonreír por amor a la Reina de las Hormigas.

II

Hoper miraba al planeta Tierra, mientras la orbitaba en su nave. Le parecía un lugar hermoso, era una visión magnífica la de las montañas confundiéndose con los mares, la  del blanco surreal de los polos contrastando con las selvas eróticas.

Acomodó su pequeño cuerpo violeta en el puesto de mando y se dispuso a ingresar a la atmósfera. Sus grandes ojos amarillos miraron el monitor que le indicaba todo sobre el funcionamiento de la nave. Sus pequeños dedos rozaban la pantalla táctil de la madre computadora.

Había decidido prescindir del piloto automático, le gustaba pilotear la nave en lugares que nunca había visitado antes. Sabía que ese planeta era un lugar peligroso, pero no tenía miedo. Había visitado los lugares más recónditos de la galaxia y se había enfrentado a verdaderas amenazas.

Entonces algo ocurrió, una explosión en el exterior del fuselaje, entonces perdió el control de su nave. Ésta comenzó a caer sin control.

No tiene manera de recuperar el dominio, en cualquier momento la nave podría desbaratarse, su estructura vibraba cada vez más. El monitor le indicaba una pérdida de energía.

Hoper se esforzaba  por mantener la nave en curso, pero le resulta imposible, era casi seguro que se estrellaría; sólo le quedaba una solución, necesitaba combustible orgánico. Con ese material lograría recuperar el control. Rápidamente hizo los arreglos para que mediante un rayo, entre miles de millones de seres, azarosamente pudiera capturar a un espécimen y teletransportarlo a su nave.

III

La madre de Carolina estaba desesperada, la niña no aparecía por ningún lado. La buscó por todos lados en esa plaza enorme, pero fue infructuoso.

La policía llegó rápido, todas las fuerzas de seguridad comenzaron un amplio rastrillaje por toda la ciudad en su búsqueda. Los investigadores vieron las cámaras de vigilancia de la zona y no pudieron creer lo que descubrieron: a Carolina se la llevó un haz de luz.

En la imagen de baja resolución del video grabado vieron como la niña jugaba entre las madreselvas de un cantero de la plaza cuando un chorro de luz cenital cayó sobre ella, haciéndola desaparecer.

IV

Así llegó Carolina a la nave.

Hoper preparó todo para efectuar el traslado de la niña al procesador de materia para convertirla en el poderoso combustible, que le daría el poder suficiente para poder evitar caer a la Tierra.

Carolina lloraba, con un llanto desgarrado llamaba a su madre mientras Hoper intentaba hacer oídos sordos para poder concentrarse, pero le resultó imposible. Buscó su arma, durante un instante se le vino la idea de ultimar al pequeño ser que emitía tan desagradables sonidos; cuando se dispuso a llevar adelante su cometido se encontró con los ojos color almendra de la criatura, húmedos, adoloridos; entonces algo parecido al cariño lo invadió.

Entonces, Carolina, le ofreció a Hoper una hormiga, como un regalo, una ofrenda de su inocencia, de su candidez de cachorro perdido.

V

Norma, la madre de Carolina, lloró por tres días seguidos sin dejar de buscarla. El video de la abducción de la niña era claro, un haz de luz se la llevó. Las autoridades, cómo no sabían qué hacer, decidieron que la prueba del video había sido manipulada y que a Carolina se la había llevado un tercero, un desconocido, ante la desidia de la madre.

La ciudad pronto fue invadida por afiches con el rostro de la nena en blanco y negro, los canales de televisión tomaron el asunto como a toda noticia nueva y truculenta. La población clamaba por el retorno de la niña,  culpaba y juzgaba a la madre y buscaban a Carolina en el lugar equivocado.

VI

La emergencia aún no había pasado, la nave seguía fuera de control. Hoper, con la poca energía que quedaba en sus paneles, hizo funcionar su rayo teletransportador y entonces Jean Pierre Verhamont, un hombre de unos cincuenta años de la ciudad de Lyon, en Francia, desapareció de su cama y se materializó  en la nave de Hoper, quien no tuvo problemas en utilizarlo como combustible para su nave.  Jean Pierre Verhamont murió sin saber en dónde estaba y qué estaba ocurriendo.

Hoper recuperó el dominio de su nave.

Era un procedimiento sencillo, sólo bastaba conseguir un humano y usar sus elementos químicos para generar la suficiente energía. Lo hacía mediante el uso de una máquina destinada a tales fines: un contenedor de cristal, que licuaba a los cuerpos de los cuales eran extraídos los líquidos que funcionaban como combustible.

Usaba humanos por una cuestión específica, eran considerados alimañas por casi todas las razas que habitaban el Universo Conocido. Eran destructores como un virus, unos animales carroñeros. Los humanos no eran resultado de la evolución, eran producto de un experimento, de la manipulación genética del ADN por la raza de los Grises. El proyectó falló y los Grises abandonaron a los humanos a su suerte.

La Federación de los Mundos, el ente que legislaba al Universo Conocido dictaminó que el planeta Tierra estaba vetado para los viajeros por sus peligros. Ningún habitante del Universo Conocido podía pisarlo o acercarse. Hoper violaba la prohibición porque el combustible a base de humanos era muy requerido en el mercado negro, por su excelente calidad.

Hoper miró a Carolina, no le pareció un virus, más bien le generó cierta empatía, su nariz brillante, sus ojos interrogadores, su berreo continuo y constante. A pesar de que la lógica le indica lo contrario, se decidió a tenerla como mascota. Sus viajes eran largos y tediosos, la soledad lo embargaba y necesitaba una compañía.

Descendió a las afueras de la ciudad de Lima, en Perú, bajo el manto de invisibilidad que tenía la nave. Mientras esperaba que se hiciera la noche reparó el problema en su nave. Luego se dedicó a cazar incautos, para generar más combustible y poder venderlo clandestinamente. Al fin y al cabo para eso eran los humanos.

Fin de la primera parte.