A la ciudad y al mundo | Parte 23

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Capítulo cuarenta y cinco

Rafael Ferrara se puso de pie y poco a poco el silencio fue ganando espacio, cual lava del Vesubio. El heredero del clan mafioso, que había conseguido a fuerza de astucia, dinero, muerte y fieles seguidores, llegar hasta el lugar que ocupaba, sabía que cada palabra que pronunciara a continuación sería filtrada al extremo. Su auditorio era selecto por derecho adquirido. Todos hombres encumbrados, arraigados en sus opiniones y celosos, cada uno de ellos, de sus propios reinos.

El Santo Padre no tendría una nueva oportunidad de ser escuchado. Tenía la certeza de que todos aquellos personajes que lo observaban con ojos curiosos, no dudarían un instante en abandonar el recinto si consideraban que lo que oían se parecía mucho a una estupidez.

—Caballeros, permítanme una vez más darles la bienvenida a mi ciudad, a mi mundo —dijo en inglés Rafael.

Como si se tratara de algo premeditado el grupo de interlocutores inclinó a un tiempo la cabeza, a manera de saludo.

—Estimados amigos —prosiguió el Papa Tranquilo—, esta convocatoria, como muchos de ustedes saben de sobra, comenzó a gestarse hace ya más de veinte años —hizo una pausa para que sus palabras fueran trasladadas por cada uno de los traductores que acompañaban a los jefes de jefes—. Todos han viajado hasta aquí por una razón. Saben que soy un hombre que promete y cumple. Lo que todavía desconocen es el motivo de la reunión —En esta ocasión el silencio del Papa fue más prolongado—. Mis amigos tengo un negocio fabuloso para ofrecerles…

—No pretenderá regresar a los tiempos de Sindona —lo interrumpió Michael Conti, de Nueva York.

—No sería jamás tan estúpido. No me atrevería a insultar de ese modo su inteligencia y la de los demás con operaciones de lavado de dinero y menos que menos se me ocurriría involucrarlos en el financiamiento de golpes de Estado.

—Entonces, por favor, díganos de una vez qué es lo que pretende —reclamó el jefe yakuza a través de su intérprete dejando claro que no era un ser que regalara paciencia.

El Santo Padre sonrió, mostrando sus dotes de político experto, mientras abarcaba con un movimiento de sus brazos a todos los presentes.

—Mis amigos, ustedes son el mundo entero —declaró—. Cada una de sus organizaciones posee tanto poder, que podrían sin dificultades apoderarse de todo lo que les diera la gana. Pero sin embargo, es poco lo que conocen sobre mi familia, más allá de la leyenda que la circunda.

Se produjo una nueva interrupción.

—Santo Padre, le ruego que no prolongue por más tiempo el suspenso — pidió Jesús Domínguez, un católico devoto y un asesino prolijo, lo mismo que un cirujano—. Para nosotros no ha sido cosa sencilla llegar hoy aquí. Somos personas bajo permanente vigilancia y no es bueno que nos alejemos de nuestros territorios.

Rafael Ferrara volvió a sonreír, ahora como un padre comprensivo con un hijo que no había hablado en la forma apropiada.

—Lo sé. El ojo del amo…, es un excelente refrán y ha dado usted sin proponérselo, justo en el clavo. Lo que tengo para ofrecerles es algo nuevo algo que los hará poderosos, más poderosos de lo que puedan o hayan podido soñar —tomó asiento—. Por favor tengan paciencia y presten atención a lo que mi hermana Natalia, tiene para decirles.

Capítulo cuarenta y seis

Cuando la hermana menor de Rafael se enfrentó a los invitados, todos viejos conocidos, estos dejaron a un lado su ansiedad. Por tercera vez, el Papa sonrió.

Las tres horas siguientes fueron muy instructivas para los líderes criminales. En ellas supieron que la hija de Vicente Ferrara había obtenido un doctorado en química en la Universidad Nacional de Córdoba, en Argentina.

Supieron también que la sugestiva pelirroja, con la ayuda de los recursos y la privacidad que ofrecía el Vaticano había trabajado en varios proyectos a lo largo de los años, hasta desarrollar una droga que haría que la cocaína y la heroína fuesen igual de inocuas que un vaso con agua.

Natalia no ofreció detalles sobre la composición química del producto en el que llevaba años trabajando. Se limitó sólo a decir que tales compuestos eran conocidos como drogas de diseño o drogas de síntesis. Qué sentido podría haber tenido tratar de que ese grupo de hombres entendiera sus muchos desvelos analizando una hormona secretada por la médula de la glándula suprarrenal llamada adrenalina, cuyo compuesto puro se identifica como epinefrina. Qué podría haberles interesado a ese grupo de hombres, que no tenían otro motor más que el de aumentar el tamaño de sus fortificadas cajas de caudales, que Jokichi Takamine fuera el primer químico que había experimentado aislando de manera sintética la adrenalina y que de cuyos trabajos Natalia se había válido para caminar sobre seguro en su investigación. Qué podría haber hecho en la simple existencia de ese grupo de hombres que sólo se limitaban a desear algo en voz alta para que se hiciera realidad, conocer que la eritropoyetina es una hormona natural secretada por los riñones y que su versión sintética conocida como EPO se emplea para incrementar la capacidad de la sangre para transportar oxígeno. Qué les podría haber modificado su forma de pensar a ese grupo de hombres el haberse enterado que el nombre químico de lo que se conocía como éxtasis y que los periodistas de noticieros de televisión habían popularizado como la droga del amor, era metilendioximetanfetamina. Qué importancia podría haberle dado ese grupo de hombres que valoraban más un vehículo bien pulido con cristales a prueba de balas, que la vida humana, a la noticia de que el sabor débilmente ácido de la aspirina se debía a una de sus materias primas, el fenol, antes llamado ácido fenico.