La adicción de Eduardo

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“Sin embargo, podría haberle hecho reflexionar (ya que era un hombre reflexivo, a su manera) sobre las similitudes entre el asesinato y las patatas fritas Lay’s: una vez has empezado, es muy difícil parar.”
Stephen King.

La relación pendía de un hilo y se marchitaba lentamente.

“¿Qué hace hombre que ya no puede hacer uso de su raciocinio para amar?”, meditaba Eduardo mientras que se sumía bajo los efectos de la droga. No sabía cómo pudo descuidarse tanto para caer tan bajo, sin embargo, recordaba cada paso en su adicción. Pasó de la marihuana a la cocaína para terminar, finalmente, en la heroína.

No era una droga muy fácil del conseguir, además, era muy cara; pero se las había arreglado para tener suficiente, al menos para los próximos treinta días.

Su vida cotidiana era una miseria comparada a la depresión que sufría un moribundo de la peste. Sus pies estaban negros y mellados, sufriendo los estragos de una necrosis avanzada. Ya no podía vislumbrar ninguna vena para inteyectarse, eso lo preocupaba; pero esa era una preocupación se le hacía superficial en ese momento, como si fuese algo que pudiera solucionarse solo más adelante; ahora, lo único que hostigaba su conciencia, aunque estuviese volando por efecto del narcótico era Alejandro, su hijo.

El niño tenía diez años y ya había soportado muchísimas cargas, fue testigo de: el vicio de su padre, de la infidelidad de su madre y, como si fuera poco, sufrió el trauma de vivir un mes con sus abuelos luego de que una acalorada discusión entre sus progenitores terminara a los golpes.

Alejandro era pequeño, pero alcanzaba a comprender todo y sabía muy bien lo que era un divorcio, el infante creía que si volvía a oír a sus padres pronunciar tan terrible palabra enloquecería.

Sin embargo, lo mejor que pudo haberle pasado a Alejandro ese año hubiese sido que Silvia y Eduardo se separan.

Concluyendo en punto y aparte, a ese pensamiento pecaminoso, volvamos adónde yace Eduardo en este momento: Eduardo está acostado en su cutre cama matrimonial, sólo, a la espera que su esposa llegué con la policía; ya que ella lo vio inyectándose y tras una nueva amenaza de dejarlo, él estalló en cólera y la golpeó.

El efecto de la droga avivaba tanto los sentidos que aún podía sentir la nariz de Silvia tronar bajo sus nudillos. Esa sensación era lo único que le traía algo de felicidad, la odiaba rotundamente desde que le fue infiel.

No quiero generar empatía sobre tal vil bestia, capaz de lastimar a la mujer que juró amar y proteger, pero el hombre se siente mal, llegó a un punto tan miserable en la gradación de la decadencia humana que cambió el dinero que Silvia le dio para el colchón nuevo de Alejandro por la droga que ahora lo mantenía relegado en la penumbra.

Se arrepintió inmediatamente apenas tuvo el alucinógeno en el bolsillo, pero ya no podía pedir un reembolso y solo le habían sobrado mil pesos.

Y aquí es donde todo se tornó un tanto extraño para Eduardo, y es que, lo que sucedió a continuación fue el inicio del fin de su matrimonio, no podía explicar por qué, aunque estaba seguro que comprar ese colchón marcó el inicio de la destrucción.

“Tal vez, es un castigo de Dios”, pensó. No, soy un hombre de ciencia, a pesar de todo. No existe tal ente y no hay nada más que oscuridad después de la muerte —murmuró en su aposento. Sintiendo que el cuerpo volvía a tomar vitalidad, era como si un respingo de adrenalina lo invadiera y de a poco le quitara el efecto de la droga.

Eso le ayudó a hacer memoria sobre el extraño suceso, recordaba, vagamente, que iba caminando con la droga en el bolsillo, sintiéndose el tipo más miserable del mundo. Luego de visitar varios sucuchos, halló un lugar que parecía tener lo que andaba buscando. Al entrar, un hombre muy raro lo atendió. Eduardo no podía olvidar el rostro de ese tipo, sin embargo, lo recordaba vagamente. Era una cara que se gravaba en la memoria, pero no podía entablar los detalles en su mente para armar una descripción. Lo que si recordaba era la ausencia completa de las piezas dentales, el tono amarillento de la piel y la forma excesivamente formal de expresarse.

—¿Que lo trae por acá, señor? —dijo el extraño.

—Estoy buscando un colchón para mí hijo.

—¡Ay! —vaciló asombrado— creo que tengo uno a su disposición. Si me acompaña por acá. —El vendedor lo invitó a cruces el mostrador— pero tengo cuidado. Hay muchas cosas sueltas. —Ese fue el momento en el que Eduardo sintió asco. Notó que no tenía los dientes y la sonrisa de aquel hombre la percibió grotesca y malvada.

—Aquí está, señor. Un colchón nuevo.

Eduardo lo vio y no lo podía creer, era, en efecto, un colchón nuevo. Sin embargo, se sintió un poco decepcionado, pues estaba seguro que ni regateando lograría comprarlo.

—¿Cuánto pide? —preguntó pensando en una excusa para irse.

—¿Cuánto ofrece? —respondió el vendedor enseñando nuevamente las encías.

Eduardo se perturbó por esa imagen y le contestó inmediatamente para irse lo más rápido posible de ahí.

—Solo tengo mil pesos.

—Perfecto, se lo vendo.

—¿No es muy barato? —inquirió Eduardo, sospechando que algo andaba mal.

—Como usted podrá notar, todo aquí es de dudosa procedencia, no me conviene tener la mercadería mucho tiempo a la vista.

Eduardo sonrió y casi fue capaz de estrechar la mano del extraño. Al fin su suerte estaba cambiando.

Después de pagarle, Eduardo quiso llevarse el colchón e irse lo más rápido posible. Sin embargo, el hombre lo detuvo, y eso fue lo más raro. El tipo insistió en llevarlo él y, además, cuando llegó a la casa de Eduardo, se ofreció a descargarlo y llevarlo hasta la cama del niño.

Después tomó el colchón viejo de Alejandro y se llevó.

“Por suerte se puso dientes postizos, sino Silvia se hubiese asustado”. Al concluir ese pensamiento se levantó de cama, habían pasado tres horas, la policía llegaría en cualquier momento.

Se desplazó hasta la habitación de su hijo y se quedó parado en el umbral de puerta y, en ese instante, sus neuronas comenzaron a trabajar.

Alejandro, después de la primera noche, comenzó a actuar extraño, dejó de hablar, de comer, se cruzaba de cama a mitad de la noche y se orinaba encima mientras dormía. Este último detalle fue el que llamó poderosamente la atención de Eduardo, su hijo nunca se había orinado en la cama.

Entonces, siguió pensando, mientras observaba la cama.

Desde ese día la relación con Silvia se volvió insostenible, ambos estaban cansados, hartos y fastidiosos.

Eduardo se tomó la barbilla y un vago pensamiento lo envolvió. Su hijo le comentó que la pesadilla siempre era la misma: una momia estaba debajo de su cama y lo amenazaba con llevarlo a la oscuridad del rincón.

La mente ya no vagaba en una deriva de pensamiento, al contrario, una chispa neuronal hizo corto en el parietal de Eduardo y se dio cuenta que esa momia era la misma que él vio en pesadillas parada a los pies de su cama. Incluso recordó que Silvia le dijo algo similar.

Entonces, Eduardo fue decido a la cocina y tomó un cuchillo, y con mucho cuidado se mantuvo a la tarea de abrir el colchón y así saciar sus sospechas.

Media hora más tarde la policía arribó a la residencia y el oficial que efectuó el primer avistamiento de Eduardo en la habitación de su hijo se quedó sin aire, pues vio que el hombre sostenía en sus manos un cráneo momificado por la putrefacción.

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