El Humanero | Segunda parte

  •  
  •  
  •  
  • 37
  •  
  •  
    37
    Shares

Tampoco yo he encontrado un hogar. Tarde de otoño.
Kobayashi Issa

I

Carolina no se había dado cuenta de que era casi una adulta, no lo sabía, no tenía referencias para ello. Para ella el tiempo nunca pasó entre las paredes metálicas. Su intelecto quedó como si fuese el de una niña de seis años. Recordaba la plaza y las hormigas, luego los recuerdos se transformaban en una vorágine confusa, cuyo único eje era la presencia continua de Hoper.

A veces Hoper la dejaba sola por días, era cuando llegaban a la base de él. Hoper se iba a pasear por las instalaciones de los espacio-puertos de Ganímides, una luna de Júpiter. Iba a drogarse y a buscar en dónde gastarse las ganancias que hacía con la venta de combustible a base de humanos en el mercado negro.

Entonces, en la soledad de la nave vacía, una presencia femenina llenaba las remembranzas de Carolina. Ella no sabía quién era esa mujer que le sonreía mientras le acariciaba la cabeza, mientras le daba de comer, mientras la hacía dormir; esa mujer que la miraba y que le llenaba el corazón y la hacía sonreír a ella. Carolina sabía instintivamente que estaban conectadas, aunque no supiera de que se trataba eso.

II

Hoper recorría los bares de los espacio-puertos de Ganímides; estaba aburrido y con los bolsillos llenos de créditos monetarios. Se le había terminado su dosis de Arenas de Plutón (unas pastillas que lo sumían en un ensueño de colores vívidos y sonidos desconcertantes) Pensó en conseguir más, pero el neptuniano que se las vendía estaba escondido, porque la Federación de los Mundos lo estaba siguiendo. Las Arenas de Plutón estaban terminantemente prohibidas, por su alta capacidad adictiva y el poder de destrucción de la salud que tenía este elemento. De todas maneras Hoper se las ingenió para conseguir más.

Decidió regresar a su nave, hacía mucho tiempo que la había dejado. Caminó por las instalaciones, mirando por los grandes ventanales hacia el espacio. Desde Ganímides se podía ver perfectamente la superficie de Júpiter, que no le parecía tan bella como la de la Tierra.

Entonces las pantallas de comunicación  comenzaron a transmitir una noticia: los Grises habían vuelto y era inminente una confrontación  con la Federación de los Mundos. Los Grises habían abandonado el Universo Conocido para sumergirse en la Oscuridad, por un conflicto que tuvieron con la Federación; los Grises querían tener la posibilidad de experimentar con las especies consideradas involucionadas, pero la Federación de los Mundos se lo negó. Se rumoreaba que en su etapa en la Oscuridad los Grises habían avanzado a niveles insospechados en los aspectos tecnológicos y armamentísticos. Al parecer la guerra contra ellos era inminente.

Hoper se sintió feliz por eso, seguramente levantarían la veda para convertir a los humanos en combustible; habría una gran demanda de energía para intentar derrotar a los Grises.

III

Hoper llegó casi perdido por el consumo de Arenas de Plutón y la novedad de la casi segura guerra contra los Grises. Carolina, al verlo llegar, manifestó alegría, porque comería algo y porque paliaría un poco la soledad. Hoper le dio unas palmadas en la cabeza, con las cuales ella se sintió reconfortada, le agradó el contacto ajeno después de tanto tiempo sola. Carolina podía entender todo lo que le pedía Hoper sin que él le hablara, recibía en su mente el mensaje telepático en forma clara y contundente; pero ella no se podía comunicar de la forma que quería con Hoper, todos sus intentos eran infructuosos y terminaban con una mirada entre extrañada y divertida de éste.

Hoper se sentó en los controles y comenzó a preparar el viaje a la Tierra, se adelantaría y cazaría algunos humanos.

La nave de Hoper despegó del  espacio-puerto.

IV

Jeremías Aleo volvía a su casa después de un largo día de trabajo, estaba cansado, literalmente agotado por una jornada laboral de diez horas detrás de un torno. Le dolía la vista, la espalda y las manos. Se prendió un cigarrillo mientras esperaba el colectivo.

Dio un par de pitadas, miró como las volutas se iban hacia arriba, llevadas por la brisa fresca de la noche. Entonces, de la nada, un fulgor insoportable le llenó los ojos; sintió como su cuerpo se elevaba. De alguna manera era consciente de ello. No sentía dolor ni nada por el estilo, pero su visión estaba cegada y sus movimientos maniatados por una clase extraña de fuerza.

Ésto duró algunos minutos, Jeremías Aleo pensó que estaba teniendo un ACV y que estaba viendo la luz al final del túnel, en cierta manera se sintió reconfortado porque pronto vería nuevamente a su madre y a su abuela.

El hombre recobró de golpe sus sentidos y se encontró en un lugar extraño, por un instante no supo cómo reaccionar.  Estaba en un cubículo de metal de unos pocos metros cuadrados, Jeremías Aleo dejó escapar un grito al ver a una pequeña criatura violeta con ojos amarillos  mirándolo fijamente.

Hoper estaba satisfecho, era un espécimen joven, de gran tamaño; podría sacar varias unidades de combustible de él.

Carolina se tapó sus oídos con sus manos, siempre lo hacía cuando Hoper procesaba humanos, la chica no podía soportar los gritos y el sonido de los huesos al quebrarse.

Hoper estaba acostumbrado al procedimiento, le resultaba sencillo, solamente bombardearlo con mensajes telepáticos terroríficos y darle un par de empellones al humano en cuestión para que entrara en el procesador. Estaban tan asustados que no se resistían, ni siquiera sospechaban lo que les esperaba.

Jeremías Aleo era una persona sanguínea, impulsiva, además de ser poseedor de una gran fortaleza física. Apenas vio que Hoper se le acercaba amenazante Jeremías le propinó un puñetazo en la cara. Hoper no se esperaba esa acción, intentó sacar su arma, pero antes de que pudiera hacerlo el hombre se le vino encima dándole golpes a diestra y siniestra.

Hoper sintió dolor, los golpes de Jeremías Aleo eran poderosos y certeros, era un hombre acostumbrado a la violencia, de chico tuvo que recurrir a ella para sobrevivir a su entorno, a su pertenencia a un barrio peligroso.

El arma de Hoper cayó al piso, éste intentó una defensa pero no pudo. Un golpe furibundo lo hizo caer, al hacerlo su cabeza golpeó fuertemente al piso. Lo último que hizo Hoper antes de morir fue pensar en las dosis de Arenas de Plutón.

Jeremías Aleo se quedó mirando al cadáver del extraterrestre, entonces el hombre se percató de la presencia de Carolina, y se asustó aún más que con Hoper. Miró al extraño ser cubierto por una larga cabellera, que hedía de la peor manera y trataba de esconderse detrás de unos paneles.

La situación cada vez lo desbordaba más, se acercó a una claraboya y vio en su esplendor al planeta Tierra. No pudo soportarlo y se derrumbó en el piso llorando a los gritos.

Continuará…