Pecadora

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Recuerdo que ella escribía mucho mejor que yo. Había ganado premios y en sus cuentos eróticos transmitía lo que yo no podía. Un día la vi en un café y me fui a hablar con ella, quería pedirle consejos para mejorar mi forma de escribir. ¡Ay! ¡Cuánto la envidiaba! A todos enamoraba con sus letras, mientras que yo, yo era mediocre.

La vi con su pelo rubio y lacio y un vestido con escote profundo disfrutando de un martini en la barra. Me miró medio distraída, un hombre con traje negro le estaba hablando y ella sonreía. En ese momento sentí una envidia que me carcomía, a mí nunca nadie me había mirado así. Ella lo tenía todo. Yo no tenía nada.

La miré y deseé con todas mis fuerzas que perdiese todo. La envidia empezó a formar un fuego interno que me hizo olvidar del resto de personas en ese lugar y solo enfocarme en Celina. Jamás en mi vida había sentido lo que sentí y de pronto sentí que mis ojos me quemaban, y en ese momento pasó lo inesperado, Celina se prendió fuego.

Me toqué la cara del horror. Yo estaba normal, pero ella envuelta en una llamarada infame que nadie lograba apagar, gritó y gritó hasta que no gritó más y cayó al piso, ya muerta, incendiada.

Estuve un buen tiempo consternada. De aquella imagen infernal recuerdo todo, y también que solo atiné a salir de aquel bar corriendo. No podía ser real aquello que había pasado, pero jamás en mi vida me sentí tan aliviada de no tener que soportar a la presumida de Celina nunca más.

Durante varios días mi vida se tornó más tranquila que antes. Pero un día me desperté y sentí mucha hambre. Fui a la panadería de la esquina de mi casa y compré una torta. Hacían años que no lo hacía, siempre me había moderado para comer, ¡Pero tenía tanta hambre! Llegué a mi casa, abrí el paquete de la panadería y corté un pedazo de aquella delicia y la comí. “¡Listo!” Pensé para mis adentros, pero no. Ya no tenía hambre, pero sentí una necesidad imperiosa de seguir comiendo aquella torta rellena de crema y dulce de leche, lo necesitaba. Agarré con la mano un pedazo de la torta y la engullí, y así con el resto y hasta que no terminé con aquella bola dulce no paré. Me dejé caer en el sillón del living, saciada y me dormí.

—¡Ay Dios mío!—Sentí que una voz gritó enfrente mío. Abrí los ojos y vi a Laura, la chica que, dos veces por semana limpiaba mi casa.

—Dejaste la puerta de la casa abierta— me dijo, mientras que veía que en mi ropa habían migas, manchas de crema y dulce de leche. Vi su mirada de horror, como sintiendo asco de mi persona. Me senté sobre el borde del sillón y sentí como su mirada se clavaba en mí.

—Yo sé que me tenés asco Laura— le dije. Ella lo negó. —¡Decime que me tenés asco!— Le grité más fuerte.

—No es bueno descontrolarse señora Carla, y menos con la comida. ¡Eso se llama gula!— Me respondió.

Y yo la miré. Sentí calor en todo el cuerpo. Vi miedo y asco en su mirada y de pronto observé cómo empezó a salirle un tenue humo del cuerpo que se empezó a transformar en un fuego que la envolvió entera. Yo la seguí mirando sin atinar a tratar de sofocar ese incendio que solo se centraba en Laura. Y cuando dejé de sentir sus gritos fue que lo supe. Ya se había consumido.

Esta vez no corrí. Me quedé cruzada de piernas observando aquel resto de cenizas y no pude sentir remordimiento con lo que acababa de pasar. Quise hacerlo, estimaba a Laura, pero no. No me arrepentía de nada.

Llamé esa misma noche a Fernando, un amigo que hacía mucho tiempo que no veía, un tiempo atrás habíamos tenido una especie de relación que no prosperó. —Necesito hablar con vos— le dije. Y no sé porqué me dijo que él también lo necesitaba. Nos citamos en un bar a la noche siguiente. Necesitaba verlo. Todo lo que había pasado en los últimos días había sido muy raro.

Cuando entré al bar, lo vi sentado en una mesa alejada, casi al fondo de todo. De espaldas se veía mejor de lo que yo lo recordaba. Le susurré al oído un tenue “hola” mientras que se dejó llevar. Me senté en la silla enfrentada a él y debo decir que empecé a sentir un poco, casi casi nada, de calor. Su barba morocha recortada a la perfección resaltaba casi tanto como sus ojos verdes. Estaba con una camisa negra, cuyos primeros dos botones se encontraban desprendidos. Alcancé a ver un tímido tatuaje que se asomaba por el poco espacio de pecho que quedaba a la vista.

—¿Cómo estás?— Me dijo.

— Ahora que te veo, mejor— le respondí. Me saqué el taco de uno de mis pies y, sin que se notase demasiado, apoyé el pie en su entrepierna.

—No jugués con fuego que no soy bueno para controlarme— me dijo.

—No vaya a ser que el que termine quemado seas vos— le respondí con una sonrisa.

—Si tan incómodo te sentís, perfectamente podés sacarme el pie—

Me miró. Tomó un sorbo del whisky que estaba en su vaso y no hizo nada más. Le gusta la provocación. Por supuesto.

La noche siguió en una cama de mala muerte en uno de esos lugares en donde la lujuria se paga por horas. La piel que teníamos los dos era magnífica, despertando con cada roce, la pasión. Cuando me dejó en mi casa sentí que el deseo aún persistía. La lujuria. Llamé a Gastón, quien no dudó en responderme que quería verme también, y, cuando estábamos en pleno éxtasis,  empecé a sentir cada vez más calor. Yo estaba encima de él en la cama, y vi como una llama empezó a salir de sus ojos. Yo me quedé ahí, ¡el placer era demasiado! Y si me quemaba también, ya no importaba.

De pronto abrí los ojos. Ya no sentí calor, y en mi cuerpo no había quemadura alguna. Se había consumido.

CONTINUARÁ…