A la ciudad y al mundo | Parte 24

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Capítulo cuarenta y siete

La hermana menor del Papa explicó a su auditorio que la sustancia que había creado no tenía antecedentes en la historia de los estupefacientes. Lo más novedoso de todo el asunto es que se vendería de manera legal bajo la forma de una aspirina, el fármaco más utilizado en todo el planeta.

Los señores del crimen organizado ya no tenían dudas de lo acertado que había sido viajar al Vaticano y enfrentar los riesgos que dicha acción traía aparejada. Escuchaban como un grupo de estudiantes, todos enamorados de su maestra, ávidos de conocer hasta lo último y más insignificante que la mujer tenía para decir.

Mientras explicaba las bondades del poderoso alucinógeno, la artífice del proyecto, Urbi et Orbi, no dejaba de observar a Carlo. En un momento sus ojos se encontraron, el siciliano sonrió con dulzura. Su gesto parecía decirle: tranquila, lo estás haciendo a las mil maravillas, pero algo no encajaba, ella lo conocía como a su propio nombre y podía leer la preocupación impresa en su cara a pesar del esfuerzo por disimularla.

¿Qué sería lo que le molestaba? ¿Acaso no estaba saliendo todo como estaba previsto? ¿Sería, tal vez que Carlo le había ocultado algo por orden de su hermano? Se prometió averiguarlo.

—Para que el proyecto sea exitoso —siguió diciendo Natalia—, cada familia deberá adquirir al menos una cadena de farmacias. Estamos en condiciones de proveerles replicas exactas de las principales marcas de aspirinas que se comercializan en cada uno de sus países.

Natalia concluyó su alegato, bebió un largo trago de agua mineral y acto seguido preguntó:

— ¿Alguna duda o comentario? —daba por descontado que ninguno de los presentes dejaría de sentirse interesado en participar.

— ¿Cómo se hará la distribución de los productos? —quiso saber Grigol ilianovich Gabashvili.

—Se llevará a cabo a través de las nunciaturas o de las parroquias en las ciudades y pueblos pequeños —respondió Carlo—. Las cajas mostrarán los sellos del Vaticano. Nuestra gente las entregará donde lo indiquen.

El gregoriano atacó de nuevo.

— ¿Cuánto va a costarnos?

—Diez millones de euros por año, a cada familia —contestó Rafael—. La cifra deberán cancelarla en un plazo no mayor a cinco días.

No se escuchó una sola queja.

Para todos y cada uno de los cuestionamientos que siguieron, hubo una respuesta clara y concreta. En algunas ocasiones respondía Natalia, en otras le tocaba el turno a Carlo Sabatini. El Papa Tranquilo se limitó a observar y sonreír.

Capítulo cuarenta y ocho

—Estimados amigos —dijo Rafael al promediar las cuatro horas de estar reunidos— lo que creemos es lo más atractivo del proyecto Urbi et Orbi, es la posibilidad que tendrá cada familia, si así lo desea, de dejar de lado los actuales negocios de prostitución, pornografía, juego, tráfico de armas y usura. Estos pueden quedar en manos de personas menos capacitadas que no tienen otra manera de ganarse el pan y que claro está, tendrán que pagar el justo tributo para poder continuar operando.

—No veo posible que podamos mantenernos con solamente vender aspirinas —dijo con franco tono de ironía, en un dificultoso inglés, Yamaka Liu, el Oyabun, del más temible y sanguinario clan Yakuta de todo Japón.

—Usted no puede quejarse Yamaka —dijo con gesto alegre el Papa—, el sumo y el sokaiya no le reportan una ganancia lo que se podría decir escuálida.

Toda la concurrencia festejó el comentario del Papa argentino.

El máximo jefe Yakuza, no tenía ni la menor intensión en cejar y lo demostró poniéndose de pie antes de volver a hablar.

—He sido invitado a este lugar para oír una propuesta —dijo—, la cual debo reconocer no es del todo mala.

El pequeño hombre célebre por sus prácticas sexuales en forma grupal, se expresaba en su lengua materna y lo hacía a toda prisa, razón por la cual el traductor estaba en serias dificultades.

—Considero— continuó diciendo cada vez más rápido y más enojado— que a nadie debe importarle cuánto dinero obtengo con las apuestas clandestinas o con el soborno a las empresas. Ya que yo no estoy interesado en saber de qué manera cada uno de ustedes —abarcó con los brazos abiertos a los presentes—, obtienen los fondos para mantener a flote sus organizaciones…

El Santo Padre lo interrumpió para hablarle en su idioma.

—Estimado Yamaka, me disculpó si usted ha entendido que he querido faltarle el respeto. No ha sido esa mi intención.

—Por favor le ruego que tome asiento —pidió Natalia—. Por mi parte me disculpo con todos si no he sido lo suficientemente clara en mi exposición…

—Soy yo el que tengo que pedir perdón. El humor no es uno de los aspectos de mi persona que merezcan ser destacados —el japonés recobró la compostura y como si nada hubiera pasado se sentó y adoptó otra vez el gesto de estudiante aplicado.

Natalia, prosiguió:

—Las farmacias que les aconsejamos que compren, como ustedes podrán verificarlo en muy corto tiempo, venderán las aspirinas Ferrara, más que ningún otro producto. Sin embargo, serán establecimientos funcionando en estricta legalidad y como tales devengarán los beneficios esperados de ese tipo de comercios.

Miguel Balbuena, el colombiano, levantó una mano para pedir la palabra.

—Lo escuchamos Miguel —lo alentó, el Santo Padre.

—Disculpa, Natalia. Me gustaría saber si las aspirinas serán el único fruto de los laboratorios Ferrara.

—Por el momento sí, pero trabajo en algo relacionado con la histamina que tal vez funcione.

Balbuena quedó complacido no tanto con la respuesta a su interrogante, como con la sonrisa acaramelada que le dedicó la hija de Vicente Ferrara.

—Señores, espero que disfruten del palacio y que les haya resultado igual de productivo, que a nosotros, el que será, quién lo duda, el primero de muchos encuentros —Rafael levantó la copa de vino—. Salud por todos ustedes.

Todos alzaron sus copas para brindar por el éxito de la operación

Continuará…