Y…, ¿qué tal la pesca? | Primera parte

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―Perdóname, Juanca ―dijo Mateo bramando de ira por el sol y la locura―; pero tengo hambre y  no hay comida.

“Universo, un gran casino, donde los dados son tirados, y la ruleta gira alguna vez”
Stephen Hawking

***

El cielo era prometedor y el clima de julio atestiguaba que ese sería un gran día para la pesca. El entusiasmo de los muchachos era enorme, puesto que, hacia aproximadamente unos tres años que no se juntaban para realizar dicha actividad.

Estacionaron el tráiler con la balsa cerca de la “Laguna Prohibida” y armaron la carpa que les serviría de hospedaje a solo a unos veinte metros del agua. Mientras que cada uno de los muchachos se desempeñaba en alguna tarea específica para agilizar los preparativos de la pesca, un hombre un tanto extraño, de aspecto sucio y desarreglado se acercó a ellos.

Julián fue el primero en percatarse de su presencia, puesto que, aunque estaba de espaldas a dicho señor, el hedor que desprendía el vagabundo era nocivo e irritante para las fosas nasales; era como si un olor a orina rancia se mezclase con el olor a sangre coagulada de un carneo.

―¿Cómo se encuentra la juventud? ―murmuró aquel anciano desaliñado y lugre. Julián, ante la repentina presencia del mismo dio un giro de ciento ochenta grados y retrocedió unos pasos, ya que no solo el olor del extraño personaje era nocivo, sino también lo era su aparecía.

El rostro del hombre estaba surcado por arrugas tan profundas que podían confundirse a simple vista con cicatrices, se extendían desde sus ojos hasta sus orejas; y, estas últimas, se unían verticalmente con las propias arrugas de la boca, formando así una expresión cadavérica. Julián, que por cierto, era el más cobarde de los todos en el grupo, se quedó catatónico. Su psiquis experimentó la sensación de estar acorralado en un rincón sin nada para defenderse y un con un asesino en serie aproximándose a él lentamente con un cuchillo.

Mateo, al notar la reacción de su amigo, se aproximó lo más rápido que pudo, aunque esto le costó el desmoronamiento de su tienda de campaña. Colocó su mano en el hombro derecho de Julián y exclamó con tono vivido y petulante:

―¡Ey! Juli, ¿qué pasa, viejo? Si te seguís demorando no vamos a poder entrar nunca el lago.

El anciano, ni lento no perezoso, se dio cuenta de la situación, y de mostrándose soberbio, le respondió:

―Así qué… ¿van a pescar en la Laguna Prohibida?

―Exacto, don, creo que es muy obvio, ¿no? ―respondió Mateo entrecerrando sus ojos y colocándose en una postura desafiante, cruzando sus brazos y abriendo sus piernas. Está postura siempre lograba en él crear la ilusión en la que parecía crecer tres o cuatro centímetros más y que su espalda se ensanchaba aún más de lo que ya era.

―Sí, sí, joven. Es más que obvio, solo que me resulta extraño que un grupo de chicos ―dijo despectivamente―, venga aquí a pescar; a un lugar tan alejado―sentenció el anciano―. Es que, ya nadie viene a pescar por estos lares. Antiguamente venían personas de todos lados, vaya sabe Dios qué es así; pero con el tiempo comenzaron a haber desapariciones muy peculiares y la gente dejó de venir.

―¿Desapariciones peculiares? ―interrumpió Juan Carlos acercándose por detrás del grupo―. Se me hace muy extraño que no haya encontrado esa información cuando google este lugar, es más, me pareció aún más raro averiguar que a esta laguna no la alimenta ningún rio y que las lluvias aquí son escasas y que, sin embargo, el nivel del agua nunca desciende. A pesar de todo esto, decidimos venir porque no es un lugar muy concurrido y ya estábamos asqueados de ir a pescar a lugares donde hay más de cien balsas al mismo tiempo.

El anciano propinó una sonrisa cadavérica y los muchachos se sintieron asqueados al ver la ausencia de todos los dientes, a excepción de uno de sus caninos superiores.

―Es que este lugar, joven, es un misterio. Según cuentan la leyenda: la laguna no tiene fondo y se formó hace miles de años cuando un meteorito cayó en la tierra. ―Las expresiones de Mateo y Juan Carlos enseñaban una algarabía burlesca, ambos tuvieron el mismo pensamiento―: “Se trataba de un viejo senil, posiblemente con el mal de alzhéimer que vagabundeaba alrededor de la laguna pidiéndole comida a los eventuales pescadores que iban al lugar.”

―Solo vino a decirnos eso, señor. ―La expresión de Mateo se había vuelto aún más agresiva. El anciano solo sonrió y lo miró de reojo mientras levantaba su mentón para verlo mejor.

―No, chico, solo venía a advertirle sobre las desapariciones. Yo he vivido en este lugar toda mi vida, en aquella cabaña que se ve allá a lo lejos.―El hombre señaló al otro extremo de la laguna―, y por desgracia; he sido testigo de más desapariciones de las que recuerdo. Solo les aconsejo que no se aproximen al centro del lago y que si aman a sus madres no se queden adentro de la laguna cuando de esconda el sol.

El anciano dio media vuelta y se marchó, desapareciendo entre las rocas que lo rodeaban el sendero por el que llegó. Los tres jóvenes se miraron escépticos, solo que, Mateo y Juan Carlos comenzaron a reír a carcajadas, mientras que Julián solo observaba el centro de la laguna y creyó ver, en el centro de la misma, un pozo sin fondo, un abismo de incalculable profundidad, sintió un poco de pavor al ver tan oscuridad. Tragó saliva y por una milésima de segundo pudo percibir que esa oscuridad lo quería engullir.

Continuará…

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