Pupa

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“Con las alas del alma desplegadas al viento
desentraño la esencia de mi propia existencia
sin desfallecimiento y me digo que puedo
como una constante y me muero de miedo
pero sigo adelante.”
Eladia Blázquez.

Nadie sabe si en este capullo, que es mi todo en este momento, hay un gusano o un monstruo. No son todos los capullos iguales, cada uno se lo hace a su medida, babeando sádicamente el miedo a ser comida de cualquier cosa que con su sombra amenace la cueva silenciosa. Moscas, abejas y colibríes se acercan. Los abejorros sisean alrededor, con sus enormes ojos, intentando oler los néctares. No sé cuándo me tocará ser succionada por esas sombras o por las de las hormigas que no se detienen porque soy pesada de llevar como ofrenda a su reina; o las arañas que husmean el tejido que no saben imitar.

Lo peor de la sombra es el viento. Se oye, y se siente fuerte, bambolea todo y tiritan las membranas de la cueva. No me siento a salvo cuando  hay viento.

Ha pasado ya el tiempo de deglutir sin descanso tallos de hinojo. Eso era lo único que hacía cuando salí del huevo que descansaba en la hoja de mora.

La mudanza de árbol me llevó varios días, pero tenía que llegar al limonero. Allí tardé en encontrar, entre sus ramas, la horquilla perfecta para empezar a construir mi nuevo hogar. Quizás debería decir “a construirme”, a secas. Yo me habito a mí misma en este anzuelo pendiente y pendiendo. El centro del mundo y al mismo tiempo el mundo completo.

Elegí el lugar y comencé a hilar el cojín que serviría de anclaje al último eslabón de mi cuerpo. Seda le dicen unos, baba otros. No sé qué sea, es mi cordón umbilical a la vida, mi savia, mi jugo vital, lo único que sale de mí. Es capaz de sostenerme para asirme de esa hechura cabeza abajo y soportarme en la agitación de una tensión extrema que disolvió mis curvas.

Me rompí entera después de licuar mis adentros para sacar la crisálida en el ardor doloroso de parirme a mí misma. Puede parecerse a la muerte, pero no lo es. El dolor es la señal más intensa de la vida, es lo primero que desaparece en la antesala del final. Un final. Todos los finales. No hay dolor cerca del umbral.

No puedo olvidarme tampoco del miedo a soltar esa piel. El miedo… otra señal de la vida latiendo en su intensidad atroz. La pupa no dejaba de sacudirse para evitar caer por el aire en el intento de seguir anclada a mi ombligo del mundo, a mi núcleo vital.

Tenía que soltar la piel o morir. Si hubiera sabido que nací esta vez con ganchos para permanecer unida a mi propia miseria babosa, hubiera sido más fácil y menos intenso. Pero tanta vida y tanta muerte no existirían sin este éxtasis nigredo que me nutre para los demás entiendan que hay que vivir de a un día a la vez.

Mientras tanto… aquí estoy, en este tiempo de espera donde soy un letargo que me ha cambiado el color de los días y las noches.

He quedado dura y seca, casi que me he olvidado del sabor de las hojas, la caricia del aire, el calor del sol. Sólo sé que sigo siendo algo que existe en el medio de todo porque siento el latido, el pulso interno que no se ha dormido conmigo.

El silencio es complejo, lleno de su propia totalidad. Absoluto. Muerte / Vida / Muerte. Silencio. Vida / Muerte / Vida. Silencio. El ciclo del todo. La forma del caos. La presencia en la ausencia. Silencio que muere con la vida. Es lo primero que se crispa en el vacío que ensordece.

¡Crack! ¡Crash! ¡Crack!

Me queda poco tiempo, los espasmos me han quebrado la crisálida, el refugio, la consciencia, como cuando tuve que salir del huevo. Creo que esta vez no tendré que comerme la cápsula. Me he arrastrado demasiado para comer. He mudado la piel dejándola en el camino de depredadores. Me he desprendido de todas mis partes y espacios. ¿Qué vendrá ahora? ¿Cuántas humedades más tendré que drenar?

Siento un ruido y el alivio a mi tensión, puedo sentir el aire rozándome. Tengo que salir, pero… ¿cabeza abajo? No se ve tan fácil. Sigo luchando contra el tiempo. Alcanzo a oler el perfume de los azahares y veo claramente a las abejas pululando entre sus pistilos erectos. No me puedo distraer, tengo que salir de acá, las lavandas a lo lejos, parecen más dulces.

Salgo y, con mis nuevas patas, más largas, me cuesta agarrarme, pero me mantengo unida a mi útero. Vuelvo a salir desde el interior de mi propio ser, abandonando una vez más lo que, quizás, ya es mi última muerte.

Tengo también antenas, y eso… eso que sale… que me pesa, tan duro… Mi abdomen, ¿por qué se contrae? ¿Más todavía? Pero… ¡Oh! ¡Se abren! Pierdo peso, no sé para qué me sirve esto. ¡Ahora yo también soy una sombra! Me siento húmeda en el lagrimear de los colores lubricándome completa. Siento el sudor. La piel abriéndose. Alivio supremo. ¡Ahhh! ¡Ayyy! Éxtasis.

Abro, cierro. Abro, cierro. Las lavandas están al otro lado. Tengo que llegar a ellas y ya no puedo arrastrarme. Tengo que usar esto para algo. Tengo que soltarme de la rama, pero no me animo. Tengo… tengo… tengo… ¡¿Qué hago?!

Salto hasta la hoja. Abro, cierro. Otro salto más. ¡Sí!, creo que puedo hacerlo. Las rosas están más cerca. Ahí voy. Una rosa y otra rosa. Un salto más largo hasta los crisantemos. Ahora sí, ¡voy! Es un poco más largo. Abro, salto, cierro… ¡Vuelo! ¡Sí! ¡Voy por el aire!

Abro, cierro. Abro, cierro. Siento el viento y bajo. Y subo. Abro, vuelo. Cierro, subo. Abro, bajo. Y ahí llego. Ya estoy y abro, bajo. ¡Ayyy! ¡Uhhh! ¡Ohhh! Apoyo. ¡Mmm! Exquisitas. Pruebo una, y otra, y otra. Néctar, aroma, sol, aire. ¡Este jardín es mío! Majestad de los colores, reina de alas doradas, esbelta y liviana, suave primavera a mis pies. ¡Quiero más!. Voy hasta las flores amarillas y… ¡Ups!

¿Eso es lo que yo creo? Me miro y soy yo, pero… no es un reflejo. No… Se me acerca y abre sus alotas, cierra, abre y cierra. No sé cómo lo hace pero me siento hipnotizada por ese movimiento, lo imito y se le tensan las antenas. ¿Me está llamando hacia su flor? ¿Es una invitación, una cita, un permiso? Voy y me quedo a su lado. Me mira y me guiña el ojo, me acaricia con sus antenas. Sale volando. No me voy a quedar aquí. Debo volar. Debo vivir para volver a morir. Tengo alas, debo volar. Tengo que vivir…

De flor en flor en flor fui acercándome más a la historia de mi muerte, y de mi vida, y de mi muerte después de la vida, y de la vida después de mi muerte. Hice el amor hasta quedarme sin mieles. Los orgasmos se sucedieron como lunas. Entonces escribí un cuento y luego me suicidé. Y luego lo hice otra vez. Y otra. Y otra.

La muerte ya no era un misterio, ni una reina del caos, ni un mundo paralelo con fantasmas y almas en pena. He parido a la muerte yo misma y me ha valido para volar.

La muerte… ¿qué es la muerte?, me pregunté frente a la araña. Me lo volví a preguntar frente a la escalera y frente al cadáver de mi abuela. Ahora estaba frente a ese espejo que me guiñó el ojo para extasiarme en la cópula dorada.

La muerte…, me dice, la muerte es un gusano saliendo de la crisálida, abriendo las alas para ir desde el limonero hasta las lavandas.

La muerte puede ser el encuentro, si se funden dos universos. La muerte somos vos y yo volando. Así que si de todos modos una vez más vamos a morir, dame esa mano, ¡que sea hoy!, bajo el sol y abrazados.