A la ciudad y al mundo | Parte 25

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Capítulo cuarenta y nueve

—Tenha um bom dia, beleza—

Sara Da Rocha sonrió ante el habitual halago. Era dueña de un cuerpo afrodisíaco, el cual se había forjado por medio de un rigor cercano a lo militar: muchas series de incontables repeticiones de ejercicios acompañados por pocos, pero saludables, alimentos. Era morena, una mulata de ojos verdes que recordaban a las hojas del laurel, con unas piernas largas como torres. En la sangre se le confundían la raza semita con la de los hijos del continente negro.

Vivía sola, trabajaba mucho y ganaba aún mejor.

Un accidente aéreo la había convertido en huérfana cuatro años antes. No pensaba enamorarse por el momento, al menos no hasta haber ahorrado lo suficiente para regresar a la tierra de su madre. Su tierra prometida.

Pocos días antes de cumplirse el primer año de la muerte de sus padres se le presentó la posibilidad —que no dejó pasar— de viajar a Israel. Había ganado una beca de estudios.

Vivió en Tel Aviv dos años. En el avión de regreso se juró volver para nunca partir. Pero, por ahora el momento no era el apropiado, en Brasil podía prestar un invalorable servicio a la patria de su corazón. Cuando pisó otra vez el quinto país más grande del mundo, no sólo se había formado para ejercer como kinesióloga, sino que además era una sayanim: una ayudante voluntaria del Mossad. En una palabra, era judía.

Recorrió a pie las quince cuadras que separaban su departamento de la Avenida Rio Branco, en donde estaba emplazada la clínica de traumatología en la que trabajaba como fisioterapeuta.

De los muchos organismos de inteligencia con que contaba la República fundada en 1948, situada en la costa oriental del mar Mediterráneo, el Mossad iba a la cabeza en cuanto a recursos tecnológicos. El Instituto cuenta con un centro de cómputos que nada tiene para envidiar al resto de los aparatos de espionaje que escudriñan cada rincón del globo. Sebastián Rodríguez conocía este hecho, ya que el ahora director, Ariel Yarel, había sido su mentor cuando se propuso montar un sitio parecido en las entrañas de la Ciudad Eterna. Con los datos que tenían sobre el antes espía de Andropov y tomando en consideración variables como: el paso del tiempo, cirugías estéticas, pérdida o cambio del color de cabello, uso de anteojos y el haberse dejado crecer la barba, el más importante dentro del departamento de informática del Mossad, el doctor Ezer Herzl, descendiente directo de Theodor Herzl, fundador y principal teórico del sionismo, emprendió un trabajo de reconstrucción con no pocas frustraciones, pero al cabo de una semana de intenso ir y venir entregó a Yarel un juego de seis identikits, con un margen de exactitud que rondaba el ochenta por ciento.

Sara llevaba en su cartera uno de esos juegos, lo mismo pasaba con miles de agentes y sayanim en el resto del mundo. Era como una inmensa lotería. La esbelta morena, no pensó ni por un momento ser la dueña del número premiado. Tampoco se imaginó que entre los quince pacientes que tendría que atender hoy, figuraba alguien llamado Mathew Kronemberg.

Era algo de lo que no podía escapar, no había más remedio que tomarlo con calma y con el mejor humor posible. Tedioso, doloroso y rutinario eran algunas de las palabras con las que Mathew Kronemberg, adjetivaba su dolencia ante un ocasional compañero de trance, mientras esperaba sentado en la moderna y lujosa sala de espera de la clínica a la que asistía tres veces a la semana desde los últimos cinco años, en busca de un poco de alivio y recuperación parcial.

La charla quedó truncada al escuchar su nombre.

La muchacha le sonreía con profesional buen humor. Era preciosa, una mulata de ojos verdes que recordaban a las hojas del laurel.

Sara no salía de su asombro. Era él.

Capítulo cincuenta

Sebastián Rodríguez había sido seguido dentro de los túneles del Vaticano y lo fue también cuando estuvo fuera. La consigna que el perseguidor recibiera fue precisa:

—Debo saber, siempre en dónde está —había dicho la persona enviada por Su Santidad, el Papa Rafael.

De lo que no se enteraría el Obispo de Roma, hasta que fuera demasiado tarde para hacer algo al respecto, era del pedido de auxilio efectuado por el jefe de sus espías a la inteligencia israelí.

El número uno de La Entidad no salió para nada del departamento. Lo que necesitaba lo pedía por teléfono. De hecho se podía pasar el resto de sus días alimentándose de pizza y Coca Cola, esa combinación le fascinaba tanto o más que los bizcochos de grasa y el mate.

Los vigías en total eran seis, cumplían turnos de cuatro horas sin la menor novedad para reportar. Se aburrían lo mismo que aquel que debe pasarse una larga noche bailando con su hermana. Se habían imaginado que seguirían el rastro del sacerdote a lo largo y ancho de la tierra. Al parecer no sería así.

Tantos años dedicados a mirar por encima del hombro habían dado excelentes frutos. Sebastián Rodríguez detectó en el acto a los hombres que se apostaban a intervalos regulares frente al edificio. Eran aficionados. Convencido de que se trataba de gente de Krunoslav, aunque no de sus mejores discípulos, que duda cabía, decidió investigar. Se puso un piloto gris y eligió uno de los tantos paraguas que dormían en un jarrón barato de color marrón de un metro de altura cerca de la puerta. Por primera vez agradeció la lluvia, un fenómeno climático que detestaba.

Ya estaba en la calle. Desplegó el paraguas. Caminó a su derecha. El aficionado le pisaba los talones. Llegó hasta la esquina, eligió otra vez su derecha, giró. Se pegó a la pared y esperó.

La sombra aguijoneada en la pierna derecha apoyó la rodilla opuesta en el suelo mojado y frío. En segundos se desplomó por completo bajo los efectos del narcótico.

Desde la llegada del cardenal Rodríguez a la cima de los servicios de información del Vaticano, Su Eminencia se había preocupado de observar para luego copiar de sus colegas, lo que pudiese serle de utilidad en el futuro. La C.I.A., había diseñado el singular artefacto que contaba con una jeringa en la punta con una dosis de propofol.

Acomodó el cuerpo del perseguidor contra la pared. No estaba armado. Le revisó los bolsillos. Encontró un puñado de euros, un paquete de Pall Mall y lo más extraño, un pasaporte argentino a nombre de Antonio Sforza.

—Larga todo y paráte despacito.

El caño de una pistola se apoyó en su cabeza. El que habló había nacido muy lejos de allí. El espía de Rafael reconoció el acento y se desconcertó aún más. El pistolero era mendocino.

— ¡Eh! Yo no tengo nada que ver. Lo encontré tirado e intenté ayudarlo — se defendió el sacerdote en italiano.

—No te hagás el boludo, Eminencia, porque te vuelo la cabeza.

—Está bien, lo que vos digás —se rindió Rodríguez con fuerte acento cuyano—.  Quedáte tranquilo.

Se incorporó y el arma se trasladó a sus costillas. El clérigo actuó guiado por años de entrenamiento.

Primero, descargó un mal intencionado pisotón sobre el agresor. Segundo, no esperó a que se recuperara y llevando la cabeza para atrás le hizo ver estrellas y derramar lágrimas al golpearlo con todas sus fuerzas en la nariz. Tercero, se apoderó del arma caída que llevaba adosado un silenciador. En un abrir y cerrar de ojos, dio media vuelta. Disparó con seguridad. Como esperaba acertó debajo de la rodilla derecha.

Por segunda vez agradeció la lluvia, había poca gente en la calle.

—Decíme quién te manda, porque el otro tiro te lo pego en los huevos. Hablá —rugió el sacerdote.

Ahora eran dos los cuerpos recostados contra la pared.

El que todavía podía hablar, dijo:

—Andá a la reputa madre que te parió…— antes de terminar la frase ya se había arrepentido de pronunciarla. El dolor de la rodilla se multiplicó, para alojarse en la pierna izquierda peligrosamente cerca de los testículos.

—Pará. Pará, cabrón de mierda —suplicaba el aprendiz de sicario que a pesar de todos sus esfuerzos por disimularlo no dejaba de ser un niño.

—Si no te querés desangrar. Empezá a hablar.

—Lleváme a un hospital. Que me vea un médico, por favor.

—Hablá y después vemos.

El herido tragó saliva y apretó más el pañuelo que sin éxito trataba de detener la sangre que emanaba de la segunda perforación.

—Nos mandaron a seguirte a toda hora…

Rodríguez le impidió continuar.

— ¿Quién te mandó?

—Lleváme, te lo ruego.

—No es para tanto maricón. Seguí y no me jodás más. Si me convence lo que contás por ahí tenés suerte.

—La orden la dio, la señora Amelia.

— ¿La señora, Amelia? —repitió— ¿Quién carajo es, la señora Amelia?

El muchacho, consciente de que la vida se le estaba filtrando por las heridas. Decidió no guardar fidelidad a nadie más e intentar salvarse.

—Es la mujer de Rafael Ferrara. La mujer del Papa.

Rodríguez experimentó como un fuego imparable le subía por el cuerpo e iba a alojarse en la cabeza. Creyó que esta parte de su anatomía explotaría sin remedio. Agarró al blasfemo por el cuello. Se lo apretó con la fuerza que da la furia.

— ¿Estás loco, pedazo de hijo de puta? ¿Qué mierda estás inventando? —le escupió a la cara el fiel servidor de varios Papas.

—Te juro por lo que más quieras que digo la verdad. Por favor, no doy más, lleváme a alguna parte.

Un líquido caliente se sumó a la lluvia que percutía las baldosas.

El perfume de la orina fresca lo inundó todo.

El hombre que dormía, ya no volvería a ver un amanecer. La policía iba a encontrarlo muerto, con una bala entre los ojos.

Continuará…