Sigámosnos el juego

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Nota: leélo, pero si no tenés ganas, al final te regalo mi voz en este relato para encenderte la mañana. ¡Ojo! Conectá auriculares si no querés una orgía en la oficina o una cola en el baño al terminar. Y compartíselo, dale, seguime el juego y por ahí en la siesta tenés premio.

“Deberíamos jugar más seguido. ¿Por qué nos olvidamos de jugar?” Preguntó, clavando el puñal del influjo visceral que yo reprimía. El instinto lúdico aparecía como una llave, una clave, una promesa con sabor a dedo untado en dulce de leche.

¿Hay algo más erótico que la untuosidad de un manjar soberbio en la piel de otro?

El gusto fue el primero de los sentidos que se nos activó en el juego de palabras que remitían a los placeres de la boca. Succionábamos las cosas que nos invitábamos a saborear, cada uno en su propia geografía corporal, tentándonos a saltar los muros de una pantalla que se hacía cada vez más cercana. Bailábamos solos las melodías compartidas entre sábanas propias y ajenas.

El vértigo de la adrenalina nos echaba hacia atrás y el impulso nos empujaba hacia adelante, pero el vaivén del sentido de supervivencia nos mantenía al límite de la aventura sobre la otra piel; al borde del precipicio de almas sedientas de lujuria entre las palabras que iban y venían a cualquier hora del día o de la noche, sin respetar los almanaques.

Seguir el juego era trasladar el límite, correr la utopía de los labios, cerrar los ojos y deslizarnos sin pensar demasiado. Sabíamos, intuíamos, sospechábamos que no saldríamos fácilmente de ahí estando cuerpo a cuerpo.

Quizás tampoco querríamos salir. No, no queríamos y en cada jugada apostábamos más piezas del ejército en el que un rey y una reina no medían sus pasos en gris.

Quedaba una jugada más, tal vez la más importante antes del primer sacrificio de peones en la línea de fuego: mirarnos de frente, a medialuz de un crepúsculo amenazante y ebrio de imágenes compartidas en la complicidad de sabernos perversos.

El mensaje activó las alarmas de la noche: “¿Estás sola?”. La pregunta aparecía como un alfil en la diagonal descubierta para el jaque. La respuesta, que no admitía titubeos, me puso ante la encrucijada de acceder o excusarme.

El juego se volvió promesa en una danza de palabras zigzagueantes que no demoraron la repregunta: “¿Estás sola?”.

Así fue que, tras cruzar el umbral de mi puerta, cayó el primer peón de la noche, dejándome rendida, con mis alas replegadas en un abrazo que esperaba el baño de humedad en mi garganta para desmontarme la corona.

“¿Qué hacés acá?”, murmuré en la cercanía de su aura que endulzó el deseo y sopló sobre mi rostro para quitar el mechón de pelo que me velaba la mirada. Se acercó a oler mi boca, peligrosamente. Las fronteras de lo inconveniente empezaban a confundirse entre los leños que ardían ámbares al lado del sofá.

Los impulsos contuvieron el huracán que se había desatado y, como si no hubiese tiempo, tardaron el rose irreverente hasta que la química del beso inevitable cubría el silencio dulce de una noche que, aun siendo madrugada, recién empezaba a jugarse en un bálsamo febril.

Primero el roce y, después la humedad tibia de su lengua jugando a descubrir la mía, desnudaron mil verdades que ya no hacía falta decir. Al deseo de las bocas se unieron las manos y las caricias abrían espacios de piel como puertos dónde anclar los dedos.

Sujetó mis manos en la intención de contener las suyas al impulso de tocar todo lo que sus ojos no podían ver en la penumbra del living, avasallándome contra la pared como una sombra que me ardía en el útero con cada contracción.

Yo tampoco podía tocarlo, tenía las manos inmovilizadas por encima de la cabeza y no había más que la fricción desenfrenada de los cuerpos, para descubrir la tensión de su miembro y la turgencia mis senos.

—No me hagas esto… —susurré en una súplica que esperaba no ser considerada.

Sus besos en mi cuello lo estimulaban a empujar su humanidad erecta sobre mí, lubricándome la tempestad del sudor que me abría las membranas.

—Confiá en mí —jadeó, bajando sus manos por mis glúteos antes de activar su musculatura pectoral y alzarme con las piernas abiertas alrededor de su cintura, aventurándose escaleras arriba, paso a paso y lentamente. Con los brazos liberados, me aferré a su cuello como una crisálida a su rama.

La ansiedad de la libido me pulsaba el vientre como llamaradas dolientes al sacrilegio de consentir la impunidad puntual que nos había encontrado después de tanto perseguirnos, irremediables en el desatino de infidelidades compartidas.

—¿Por qué tardamos tanto?  —preguntó sentado en el borde de la cama.

¿Cómo saberlo? ¿Habríamos podido hacerlo sin jugar a cruzar la frontera de las hostilidades en el juego de los opuestos que se hacen sombra sin tocarse?

Primero jugó con las palabras, luego son las imágenes y, ahora, con la boca y su anatomía  para derribarme las murallas. Su mirada me penetró más de lo que hubieran hecho sus dedos en la entrepierna con un peón clandestino tratando de escaparse.

Al recostarnos le permití la caricia bajo la remera, mi abdomen temblaba al roce de sus dedos y su lengua pudo lamer los pezones erectos a la caricia de su respiración.

Se desprendió la bragueta del jean y llevó mi mano al interior de un bóxer a punto de estallar. Expuse su miembro a la humedad volcánica de mis labios vaginales y dejó caer la primera lágrima de su néctar seminal sobre mi clítoris. Bajó a recogerla con la lengua y luego la llevó a mis labios, para beberla cual miel de su colmena.

Con las piernas se deshizo de mis pantalones mientras mis manos urdían pentagramas en la piel de su espalda. Le apreté las nalgas contra mis caderas y le abrí las piernas al goce táctil de los jugos que brotaban sin piedad.

Subió mis pantorrillas a sus hombros y mordió mis muslos mientras me penetraba con osadía y me susurraba al oído las fantasías en las que yo podría interpretar sus diversos personajes.

El fantasma de su cuerpo se había hecho carne, finalmente. Habíamos dejado de rodearnos con historias y mensajes. Estábamos descubriendo el por qué los terceros en la memoria de nuestras pieles caían rendidos a la tentación de poseernos.

Nosotros, infames peones captores de almas negras, desmontábamos en las sábanas el ajedrez salvaje del deseo. Nosotros, gigantes obscenos poseídos con todas las perversiones que incendian la conciencia, disfrutábamos el jadeo a centímetros de la boca, aliento del infierno consumiéndose.

El juego acabó con el gemido de mi cuerpo incendiado en la mordida sobre mis hombros y sus dedos sujetando mi cintura al espasmo del éxtasis que se erguía como mi espalda sobre su hombría de torso desnudo.

Abandonados al cansancio de la primera partida, descansamos antes de intentar un empate que pondría nuevamente cada pieza en su lugar cuando amaneciéramos, acompañados de otros al lado de la cama.

Él volvería a usar las blancas en la próxima jugada que empezaría en el sofá sobre el que quedaría la tanga negra que no me dio tiempo a usar. Y desempataríamos con sexo oral en la mesada de la cocina con la excusa de un café; y luego a escondidas en el baño; y después sobre la mesa; y otra vez en la cama, hasta aniquilar todas las maneras posibles de extasiar las corrupciones de ambición sexual desmedida. Las mismas perversiones que volveríamos a reprimir en el juego de las inconveniencias que no somos libres de arriesgar, pero sí de consentir a jugar imaginando cada vez que nos miramos conteniendo la respiración y cruzando las piernas con la sonrisa de quien sabe que está a medio metro de un abismo sin final.

Te espero el próximo lunes con más erotismo a flor de piel, como la primavera que ya llega.