A la ciudad y al mundo | Parte 26

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Capítulo cincuenta y uno

Quien sorprendiera al jesuita no corrió con mejor fortuna. A pesar de que cuando el cardenal agarrándolo de la cintura lo alzó para llevarlo a los tumbos hasta el departamento que ocupaba, creyó lo contrario.

Al resguardo de un techo y viendo a Rodríguez con un botiquín, el joven bajó la guardia. El sacerdote lo desnudó entre quejidos intermitentes, lavó sus heridas, las curó de manera precaria y por sobre todo de forma muy provisoria, por ultimó lo ayudó a vestirse con ropa seca.

—Con esto va a alcanzar, hasta que vayamos al hospital —dijo olvidando el anterior tono agresivo.

—Pronto van a venir a buscarnos —anunció el muchacho—¿Pensáste, qué va a pasar cuando no nos encuentren?

—En una cama de hospital ya no será, para vos, un problema.

—Estos tipos no se andan con vueltas. Si te tienen que bajar, te bajan y a otra cosa.

—No te preocupés, para eso primero me van a tener que agarrar —dijo el sacerdote—. Bueno, vomitá lo que sabés, de una vez —ordenó Rodríguez.

El sacerdote argentino escuchó la parte de la historia que el chico conocía. Supo que la persona a la que servía, la cual era una guía para millones de católicos, era el primogénito de un poderoso criminal que había fundado un imperio en su propia tierra, en su Mendoza. El personaje se llamaba, Vicente Ferrara.

Los hechos restantes los sabría días después por medio de las artes crueles de Ariel Yarel y el implacable Mossad.

Tendrían que pasar siete días para que la policía alertada por un vecino que no podía soportar más el terrible perfume, diera con el cadáver de quién había amenazado la vida de Sebastián Rodríguez. El cuerpo no tenía encima nada que lo identificara. Profundas quemaduras coronaban sus dedos y para cuando se supo, gracias a sus piezas dentarias, que se llamaba Salvador Campanello y que era argentino; quien le diera muerte caminaba por una atestada calle cerca de un serpentario del otro lado del mundo. Había dejado el departamento limpio como un quirófano.

Paulo De Marco, el encargado del edificio, le habló a la policía sobre Carmelo Mondito, un viajante de comercio. Intentó ofrecer una buena descripción, no sirvió de nada.

Capítulo cincuenta y dos

Mathew Kronemberg preparaba el resumen de gastos de su más reciente trabajo: proteger a Xuxa durante una gira nacional. Siempre era un verdadero placer trabajar para ella.

Sobre el escritorio había varios diarios del país y del extranjero. Todos de una forma u otra le dedicaban algo de espacio a las muchas muertes que se estaban suscitando en todo el mundo, entre personas de diversas edades y de distintos estratos sociales. Las autoridades de salud nadaban en un profundo mar de interrogantes. En la mayoría de los casos se trataba de personas sanas. El ruso había visto las noticias, con escaso interés. Ese no era uno de sus problemas. Solo esperaba recibir una única información: el paradero de Sebastián Rodríguez. Para mitigar la ansiedad había optado por taparse de trabajo. Se encontrada enfrascado en la tarea de sumar cifras, cuando entró en la oficina, Bárbara, su secretaria.

—Disculpe, Mathew —dijo Bárbara.

Kronenberg fomentaba entre sus empleados, a quienes llamaba colaboradores, el uso de los nombres de pila.

—No hay problema, Bárbara ¿Qué sucede?

—Acaba de llegar esto para usted, lo envían por correo aéreo. Está marcado como muy urgente.

— Muy bien, Bárbara, ahora lo veo. Muchas gracias.

Lo muy urgente estaba dentro de un sobre de papel color madera de treinta centímetros, por veinte. No tenía remitente. En el interior encontró fotografías de su hija, su yerno y sus nietos.

Los niños posaban de pie delante de unos dibujos gigantes de Mickey y el Pato Donald, se los veía muy divertidos. Su hija y su yerno aparecían sentados a una mesa, rodeados por una mujer y dos hombres. La mujer se ubicaba a la izquierda de María, la hija. La pistola que la apuntaba se veía con claridad, una Beretta, nueve milímetros.

Las imágenes estaban acompañadas por una hoja de papel en donde Kronemberg, leyó:

«Ahora empiezo a jugar yo, tovarich

A pie de página había una hora y un lugar.

El próspero empresario consultó el reloj. Tenía el tiempo justo para llegar. Dejó todo tal y como estaba, se puso a las apuradas el saco del traje color crema que colgaba de un elegante perchero y tras decir lo primero que se le ocurrió a Bárbara, corrió hacia el ascensor que lo depositaría en la cochera del subsuelo, para desde allí correr a su auto, un Chrysler Neón último modelo, de color azul noche.

Llegó al lugar indicado cinco minutos antes del límite, las cuatro de la tarde.

El Instituto Butantä es la mayor atracción turística de la ciudad. El lugar es un serpentario, quienes lo vistan se familiarizan con los reptiles, sus venenos y también con el antídoto contra las picaduras. Cuenta además con una sección dedicada a los arácnidos.

El ruso ubicó enseguida a quien venía a buscar. No estaba solo. Lo rodeaban varios hombres y mujeres que aparentaban interés por las serpientes.

Sebastián Rodríguez también lo identificó. Fue a su encuentro con las manos en los bolsillos.

—Me gustaría decir que es un placer volver a verte —dijo el argentino.

La cara de Kronenberg era idéntica a la de un jugador experto de poker, cuando habló.

—Creo justo advertirte, que si tocas a mi familia, no tendré piedad.

El cardenal in pectore hizo una mueca que no buscaba otra cosa más que demostrar cuanto despreciaba a gente como Kronemberg.

—Me cuesta creer, lo que escucho —dijo—. Has asesinado a la mitad de mi gente. Me exiges para detenerte que termine con la vida del hombre al que le he jurado eterna lealtad…

—Tu gente…, tu gente como los llamas, no me interesan. Lo único que me importa es verte muerto con una de mis balas entre los ojos —mantuvo silencio por unos segundos— ¿Dónde está mi familia?

—Ellos están muy bien. No tenés de qué preocuparte. Me gustaría saber algo.

—Y… ¿Qué es?

—Hacía falta todo esto. Hacía falta tanta muerte. Somos dos profesionales y sabemos muy bien como se juega el juego. No lo entiendo, ambos somos viejos y estamos cansados…

—Lo que he tenido que sufrir con esta pierna —se tocó el estropeado miembro—, por tu causa, no se puede poner en palabras. Todo lo que te he odiado y todo lo que lo hago ahora mismo, mucho menos.

—Mis hombres eran inocentes de cualquier cosa que yo haya hecho. No tenían que pagar por mí.

—Tampoco mi hija y los suyos, deben pagar por mí. Déjalos ir. Después podremos hablar de un asunto en el que entré, por casualidad.

—Las personas como nosotros, no creemos en casualidades y eso lo sabes bien Anatoly.

El argentino hizo una seña con la cabeza a dos hombres que caminaban cerca de la salida. Se fueron de inmediato.

Dos parejas rodearon a Kronemberg.

—En una hora vas a tener noticias sobre tu hija y su familia— anunció Sebastián Rodríguez—. Nada les ha pasado y nada les va a pasar, te doy mi palabra.

—Comprendo. Estoy en tus manos. Te sigo a donde digas.

Tres horas y muchos litros de café fueron necesarios para que el jesuita argentino se adueñara de toda la historia. Supo del encuentro entre el ruso y Natalia Ferrara, la hermana menor del Papa que llevaba largos años viviendo en el Vaticano, sin que él estuviera enterado. Supo del macabro plan que se pergeño para que la cabeza de la Entidad no metiera la nariz en donde no debía. Supo de la monumental operación que involucraba a las más relevantes familias del crimen organizado de la tierra. Supo que semejante empresa era dirigida ni más ni menos que por el propio Vicario de Cristo, por el hombre que se había calzado las sandalias de Pedro, el Papa Rafael.

Continuará…