Y…, ¿qué tal la pesca? | Segunda parte

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―Por favor, Mateo, somos amigos, no me muerdas, me vas matar, por favor… ¡no!, ¡no!, ¡no! ¡AHHHHH!

“El mar es dulce y hermoso, pero puede ser cruel”
Miller Hemingway.

***

Una vez terminadas las risas, cada uno de los aventureros volvió a su tarea designada y solo treinta minutos después ya habían concluido con sus quehaceres y estaban listos para ir a pescar.

Julián y Juan Carlos subieron ala pequeña balsa y se ubicaron uno en la punta y el otro en el centro, respectivamente. Mateo empujó la balsa hasta que ya no puedo hacer pie y se metió dentro.

Una vez en el centro del lago, pudieron percatarse que en ese lugar solo reinaba un silencio monótono y acogedor, era como estar en un estudio de grabación; la disposición de las montañas y la perfecta circunferencia que otorgaba la laguna, creaban en el lugar una acústica que envolvía el sonido y cualquier tipo de eco.

Las horas trascurrieron en el medio del lago y, por más que cambiaran la posición de los señuelos y las carnadas, no podían sacar absolutamente nada. Los pejerreyes eran visibles desde la balsa, ya que la claridad del agua era abrumadora. Los chiscos podían verlos y darse cuenta de que cuando llegaban a solo diez centímetros del anzuelo, estos parecían notar el peligro inminente y huían de ahí despavoridos.

―Esto es un mierda ―dijo Mateo furioso―. Tres horas de viaje para no poder sacar absolutamente nada.

―El viejo se debe de estar cagando de la risa de nosotros ―refutó Juan Carlos embravecido―. Además, ¿qué fue todo eso de las desapariciones y de no entrar de noche?

―Te apuesto a que a esa hora hay pique.  Lo que el viejo no quiere es que entremos de noche, seguro que es un anciano tacaño y egoísta, que quiere todos los putos pescados de la laguna para él.

―No creo que eso sea verdad ―contradijo Julián―.  La expresión del viejo me asustó, no sé, creo que en verdad solo quería advertirnos.

Juan Carlos y Mateo se miraron, por un lado, Mateo se quedó en silencio, sabía muy bien que no tenía el don de la palabra. Por otra parte, Juan Carlos tomó aire y le respondió:

―Juli, vos siempre tenés miedo y nunca querés meterte en situaciones de peligro, por eso mismo es que con casi vientres años aprendiste a manejar, cuando yo y Matu ya lo hacemos desde los dieciocho.

―¿Y eso qué tiene que ver? ―refutó Julián claramente mal humorado.

―Todo tiene que ver, tu personalidad, hermano. Siempre fuiste un poco… ―En ese momento Juan Carlos se quedó callado, a pesar de que era obvio lo que iba a decir.

―Cobarde ―concluyó Mateo.

Julián no pudo evitar llenarse de ira y ruborizase, sentía vergüenza. Sabía muy bien que, a pesar de lo que le decían sus amigos era verdad, le dolía muchísimo.

―Otra de las razones por las que no hemos venido a pescar antes era por tu miedo, porque decías que algo malo nos iba a pasar. Y ves ―dijo señalando alrededor, como demostrando una obviedad―, ¿pasó algo? Hace tres horas que estás acá y no hay ni siquiera pique, brisa o nube amenazadora. Vamos a quedarnos acá toda la noche a esperar, estoy seguro que ahí va a ver pique.

―Estoy de acuerdo ―sentenció Mateo.

Julián se veía incomodo, tenía ganas de insultarlos y golpearlos a los dos, sin embargo, su personalidad no le permitía defenderse. Se quedó callado, con una mueca que denotaba la seriedad de un hombre que lo perdió todo en la vida.

Y así, las horas pasaron, una tras otra. El sol comenzó a desplazarse lentamente sobre sus cabezas hasta llegar al borde del cráter. El color de la laguna se volvió más opaco, era como si la luz mortecina que ingresaba a la misma estuviese polarizada, opaca o degastada.

El aire, en un abrir y cerrar de ojos, se tornó gélido y algo nauseabundo; un extraño hedor, similar al del anciano, comenzó a emerger desde lo más profundo de la laguna.

Ni mateo, ni Juan Carlos le prestaron un ápice de atención a este detalle, ambos dormitaban debido a una leve borracheara a la que se indujeron después de ridiculizar al pobre de Julián.

En cambio, este último, mantenía su posición en el extremo de la balsa, respirando con mucha dificultad y cubriéndose con una frazada extremadamente ancha. Sabía que estaba en un monte, pero nunca se imaginó que la temperatura del lugar podía descender tanto durante la noche.

El muchacho, aunque no ingirió ninguna bebida alcohólica, comenzó a sentirse degastado y somnoliento; y, sin que se diera cuenta, se quedó dormido. Cuando recobró la conciencia vio que sus dos mejores amigos estaban preparando los rieles y las carnadas.

―Por fin te despertaste, dormilón ―exclamó Juan Carlos sintiéndose un poco culpable y agregándole simpatía al tono de su voz, como si eso fuese sufriente para borrar las palabras lastimosas que le arrojó a su amigo en esa misma balsa horas antes.

―Si ―respondió sin ánimo observando alrededor y llenándose de pánico, ya que no alcanzaba a vislumbrar absolutamente nada―. ¿Qué pasa? ¿Por qué no se ve nada?

―Estamos en el medio de un foso, Juli ―respondió sonriendo Mateo―. Es normal que ni los rayos de la luna lleguen acá adentro; pero no te preocupes, tengo un reflector a baterías. Es más, mira. ―Acto seguido, encendió el dispositivo y un haz de luz emergió del medio de la balsa, este no era muy potente, sin embargo, bastaba para alumbrar el interior de la balsa y unos cincuenta centímetros más alrededor de está.

Tanto Juan Carlos como Mateo se regocijaron cuando vieron como los peces nadaban confundidos hacia ellos.

―Mira, Juli, ¡arma rápido la caña! Están re atontados, vamos a sacar más de cien cada uno.

Y efectivamente, el cometario de Juan Carlos fue correcto. Los chicos pescaron sin parar durante toda la noche. Los pejerreyes salían a montones el lago sin importar cuantos cañazos utilicen para acomodar la línea de pesca. La felicidad por el momento fue tan abrumadora que Julián olvidó por completo su mal presentimiento. Los peces entraban sin cesar en la balsa, los chistes y las risas se volvieron naturales; así como el cometario que reproducía Mateo una y otra vez:

―Vieron, ese viejo es un hijo de puta no quería que entráramos de noche porque sabía que íbamos a vaciarle la laguna.

Julián y Juan Carlos respondían a esto con un brindis y un buen trago de cerveza. Cuando vieron que el espacio físico de balsa quedó reducido a prácticamente nada y que habían sacado más de doscientos piques cada uno, decidieron que era hora del volver a la orilla a dormir. Después tendrían tiempo de sobra para limpiar las piezas, además, el sol ya estaba aclarando.

Cuando comenzaron a remar, Julián, que ese momento se disponía a ordenar los peces  , se dio cuenta que la luz polarizada que lo envolvió al principio cuando se quedó dormido había vuelto, solo que esta vez la sentía aún más fría. La misma se pintaba sobre la laguna en una estela gris que, por alguna razón que él no sabía, le causaba tristeza.

Mateo y Juan Carlos seguían remando con un esfuerzo estremecedor, y por primera vez, algo le llamo la atención de Juan Carlos: el remó pesaba una tonelada. Literalmente, sentía que estaba remando sobre cemento fresco. Esto hizo que se detuviera y que se parase en medio de la balsa para poder inspeccionar el cuerpo del agua.

Cuando terminó de verlo no encontró nada extraño, entonces, decidió enfocar su vista en el horizonte. Su corazón se aceleró y se llenó de un pánico infantil e incompresible para la situación que estaba experimentando, no encontró ningún adjetivo que pudiese describir tal mezcolanza. Hacía desde que era un nonato que no se sentía tan insignificante y con tanto miedo.

No podía hablar, solo atinó a señalarle el punto fijo al que él estaba mirando a sus amigos, con la esperanza de que lo que estuviese viendo no fuese real, sino un invento de su imaginación.

Julián y Mateo se vieron igual de pasmados cuando se percataron que la laguna había desaparecido y que ahora la balsa estaba estática en el medio de lo que parecía un océano infinito.

Continuará…

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