El Humanero | Última parte

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Miraba una batalla de cruceros de algodón…
Sobre héroes y tumbas | Ernesto Sábato

I

La misión que le habían encomendado a los humanos no era para nada sencilla, era un acto suicida de las que seguramente volverían muy pocos. En las tribus del domo de Caronte se escuchaban los llantos de los familiares al despedirse. Se iban a luchar por ellos, para el retorno a la Tierra.

Jeremías y Carolina se dieron un largo abrazo, en silencio, con Plutón detrás suyo, de testigo de su amor nacido en la nave de Hoper.

Carolina no quería llorar, no lo hizo, despidió a su hombre con templanza y entereza. En silencio lo miró alejarse. Luego, cuando él desapareció en la distancia se consumió en sollozos.

II

El plan era sencillo pero por eso no dejaba de ser osado: atacar a la nave nodriza de los Grises en un ataque comando. Había que llegar hasta ella, encontrar su centro de energía y hacerlo volar. La Federación de los Mundos creía que les daría el tiempo suficiente para una contraofensiva.

Eran unos cien humanos, todos jóvenes y en excelente condición física. Ninguno poseía instrucción militar pero esa falta la suplían con arrojo. Fueron provistos con armas y con trajes espaciales para tales fines. Los mandos de la Federación preguntaron quién era el líder, pero no lo había. Entonces hubo una votación entre los humanos y se decidieron por Jeremías Aleo.

Fueron transportados en una nave apta para la misión que se iba a efectuar, pero de escasa capacidad de carga, por lo que iban apretados e incómodos.

La idea era la siguiente: efectuar un ataque sorpresa a la nave nodriza de los Grises, de una manera torpe, sin orden, casi como un manotazo de ahogado. De esa manera generar una distracción y así poder enviar a los humanos al interior de la nave madre de una manera poco ortodoxa, lanzándolos a través de un agujero generado por alguna explosión. Se abrirían paso a sangre y fuego hasta llegar al centro de energía para poder explotar una bomba que llevaban. Era una estratagema desquiciada que se nutría del azar, pero no quedaba otra opción. Se habían analizado miles y miles de formas de atacar a la nave nodriza, pero todas resultaban inviables.

La nave de los Grises nunca se quedaba en el mismo lugar, así que las sondas de la Federación la buscaron sin descanso. Hasta que llegaron noticias de su paradero, estaba a mitad de camino entre Plutón y la estrella Alfa Centauri, en la nada del frío espacio. Esa posición en la que se encontraba le daba una ventaja: no existía un lugar para esconderse pasa sus posibles atacantes. Se decidió que el asalto se efectuaría igual. Reunieron un centenar de naves de combate, entre ellas iba la nave con el batallón de humanos. Iniciaron el ataque.

Las naves de la Federación iban cayendo, pero, milagrosamente, la de los humanos pasaba indemne entre las defensas de los Grises. Estaban a punto de poder ingresar a la nave nodriza.

El piloto de la nave de los humanos no pudo poner los retropropulsores para poder frenar. Fue un choque atroz. En la colisión contra la nave nodriza sólo se salvaron una veintena de humanos, entre ellos Jeremías. De pronto se encontraron dentro de la nave nodriza, Jeremías llevaba el aparato explosivo que haría estallar el centro de energía.

La nave nodriza estaba robotizada, sólo habían Grises suficientes para poder manejar controles básicos. De todas maneras había un escuadrón de robot que se encargaban de la defensa. Éstos entablaron combate contra los humanos. Jeremías y los suyos estaban en inferioridad de condiciones en la pelea. Jeremías barajó las posibilidades, se dio cuenta de que no sería posible poner la bomba en el lugar indicado, no podían volver porque su nave estaba destruida y no tendrían misericordia con ellos como para tomarlos de prisioneros.

El funcionamiento de la bomba era muy sencillo: se presionaba un botón y un temporizador marcaba el tiempo en el cual detonaría. Jeremías pensó en Carolina, le pareció muy normal enamorarse de ella en las condiciones en que lo hizo. Sonrío al recordarla en la nave de Hoper, toda sucia, dando gruñidos como un animalito. Entonces activó la bomba y siguió combatiendo.

El artefacto explotó. No tuvo el suficiente poder para destruir a la nave nodriza, sólo le causo unos daños en su estructura, pero el estallido fue lo suficientemente poderoso tanto como para matar a los Grises que manejaban los controles como para destrozar partes fundamentales del funcionamiento.

La colosal astronave perdió su dirección y se dirigió al único objeto que estaba en un radio de millones de kilómetros, un asteroide un poco más grande que Ceres.

La nave nodriza estalló y se desarmó en infinitas partes. La Federación  contraatacó y los resultados no se hicieron esperar. Los Grises fueron desplazados hasta la parte más oscura del Universo.

La estrategia había funcionado, aunque no de la manera planeada los resultados fueron óptimos. Lo que no pudieron hacer los seres más evolucionados del Universo conocido lo hicieron los humanos, casi  considerados una peste.

III

Los habitantes del domo en Caronte vieron regresar a Kandinki y a los enviados de la Federación de los Mundos. No había ningún humano entre ellos. Todas las tribus tenían alguien para llorar.

Carolina estaba embarazada, Jeremías nunca lo supo. Ella se decidió por regresar a la Tierra. Jeremías le había contado cómo era la vida ahí y quería verlo por si misma, aunque todo hubiese cambiado. No recordaba ese planeta, pero lo poco que podía rememorar la hacía sentirse segura.

La Federación de los Mundos iba a cumplir con lo pactado, llevarían de vuelta a los humanos a la Tierra, pero algunos no quisieron y se quedaron a vivir en el domo en la gélida luna de Plutón. El grueso fueron repatriados, pero antes la Federación tuvo que hacer un limpieza en el planeta Tierra, y sanearlo de radioactividad. Grande fue la sorpresa de las brigadas encargadas de la limpieza al encontrarse a los sobrevivientes de la cacería por el combustible. En todos partes del globo aparecían humanos que subsistían como podían.

Al principio estos sobrevivientes fueron reacios a tener contacto con seres que no fuesen humanos, pero cuando vieron a los repatriados cambiaron de parecer.

Carolina fue a vivir a una aldea en  lo que fue la costa de Uruguay, era un poblado pequeño, con personas que estaban aprendiendo el oficio de ser pescadores. Apenas llegó fue a ver el mar, a sentir como rompían en sus pies las olas, como la espuma le hacía cosquillas.

Una mujer adulta, con el rostro surcado por las huellas de las penurias que pasó, no dejaba de mirarla. Carolina no se sintió incómoda, por el contrario, algo le decía que se acercara, que le hablase. Entonces la otra mujer dejó escapar un grito de alegría, al tiempo que corría hacía ella.

Ambas se fundieron en un abrazo.

Carolina sólo le dijo una palabra: Mamá.

FIN