Pecadora (el fin)

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De a poco a Carla le empezó a importar todo, un poco menos. Ya eran tres personas cercanas, que por razones curiosas, habían muerto encendidas ante sus ojos. Y lo peor es que no sentía culpa.

Entro a trabajar como secretaria administrativa, pero, por llegar tarde, la echaron a los dos meses. Y se encerró en su casa. Dejó de salir y empezó a rechazar todo el contacto exterior de los demás, que aún se preocupaban por ella. Cada día, todo importaba menos qué antes.

Dejó de responder las llamadas de todo el mundo, y su familia empezó a preocuparse.

Después de dos meses su madre empezó a desesperarse. Recordó que, al poco tiempo de Carla mudarse, le dio una copia de la llave del departamento. No lo dudó, y fue al “rescate” de su hija, algo debía hacer al respecto. Porque Carla, ya no parecía Carla.

Cuando abrió la puerta, no sintió ruido alguno y se preocupó. Vio en la pileta de la cocina platos sucios de varios días, pilas y pilas de suciedad, y nadie que se ocupase de limpiar. Con miedo abrió la puerta de la habitación, y vio a Carla más gorda de lo que la había visto un tiempo atrás, y durmiendo arriba de la cama, con ropa tirada para todos lados. Si no la hubiese visto respirar, hubo un momento en donde pudo haber pensado que estaba muerta. Pero no, Carla, su hija, estaba viva. Quizá por el ruido que hizo su madre, o porque ya había dormido casi todo el día, fue que Carla se despertó.

—Hija, no estás bien —fue lo que alcanzó a decir su madre. Ella solo la miró, y no hizo falta que pensara nada, cerró los ojos y cuando los abrió, vio como su madre se iba incendiando. Y, por más importancia que hubiese tenido en su vida, ahora ya no importaba.

Primero su madre gritó. Y luego, mientras que las llamas la iban consumiendo, dejó de hacerlo. Estaba mal. Pero en lugar de tener consciencia, Carla ahora era un ser siniestro, e insensible.

Cuando las llamas se consumieron, y solo quedaron cenizas, ella se dio vuelta en la cama y se volvió a dormir.

A los pocos días del suceso con su madre sentía que algo dentro suyo se había roto. Las muertes a su alrededor se iban acumulando como hojas secas en el otoño, y se dio cuenta de una terrible verdad. Que ella era la que las causaba.

Cada vez que sentía un sentimiento negativo incontrolable causado por otra persona, esa persona se prendía fuego, y a Carla eso no parecía molestarle. Pero se dio cuenta de que no estaba bien. Por algún azar del destino, la gente a su alrededor se iba muriendo, y era momento de terminar con aquella locura, sin saber bien cómo hacerlo.

Aquella escritora, la empleada doméstica, el muchacho del bar y su madre, aquellas muertes habían ocurrido frente a sus ojos, y todas de la misma forma, consumidos por las llamas, como leña seca encendida, hasta que recordó su infancia católica y se dio cuenta de lo que sucedía. Eran los pecados capitales, que se manifestaban incontrolables como un huracán, sin poderlos frenar. Aún quedaban tres pecados más, y en un momento de lucidez, decidió que ya eran suficientes. Nadie más debía verse consumido por las llamas, y menos por su culpa.

De pronto Carla se dio cuenta muy bien lo que debía hacer. Y supo perfectamente dónde encontrarlo.

En su casa se puso un vestido negro que tenía guardado, se maquilló y salió al bar. Aquella era una noche de sábado fresca, estaban a mediados de septiembre, y el calor no llegaba aún a la ciudad. Se sentó en la barra y pidió un Martini seco, se dio vuelta para mirar el salón, y vio lo que había venido a buscar, Hernando, su ex pareja, se encontraba en compañía de su pareja actual, una muchacha pelirroja, de su misma edad, que sonreía al mirarlo, y no se había dado cuenta que ella estaba ahí.

Carla sabía que su ex iba a estar ahí. Unos años antes, cuando aún estaban juntos, todos los sábados a la noche él la llevaba a ese bar, y reían los dos.

Recordó que la culpable del fin de la relación era ella, por creerse superior a él, y engañarlo con cuanto hombre se le cruzaba por delante. Cerró los ojos. Él la quería, y ella no lo pudo querer, y sabía muy bien que estaba mejor con esa chica nueva, que a su lado. Se empezó a enojar consigo misma, aquel era el hombre de su vida y lo había hecho irse. Empezó a sentir calor, y como supo lo que venía, salió hacia la puerta del bar.

Hernando reía, pero por cosas de la vida miró hacia la puerta y vio un vestido que le era familiar, un tatuaje en la espalda de quien lo tenía puesto, supo de inmediato que se trataba de Carla, y se decidió a enfrentarla. Cuando llegó a la puerta del bar, miró hacia la derecha y no vio nada, pero al ver a la izquierda, vio como toda la gente se acercaba  a una pila de cenizas, y, sin entender nada de lo que pasaba, se acercó a la escena. Un cuidacoches se agarraba la cabeza, una señora lloraba, “se prendió fuego” decía, “se consumió viva” lloraban otros.

La ira a sí misma la consumió. No había más que hacer.

FIN