Cacería

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“Si tienes miedo de que algo se te eche encima
y te pegue un mordisco,
por lo que más quieras, afróntalo de una vez.”
Clarisa Pinkola Estés.
Mujeres que corren con los lobos.

El deseo es lo más primitivo, tiene todo el sentido volver a esa raíz animal en la que fuimos más humanos que nunca. No había reglas. Nos guiaba el placer y el instinto de supervivencia. Aunque la cultura nos ha reprimido esas formas de comportamiento, siguen estando. Es sano probarlas, permitirlas y satisfacer a la bestia que tenemos adentro. Una bestia de cuatro patas que, a puro instinto, se busca y proporciona lo que necesita en el goce egoísta y vital.

Quien no lo hace, drena esa represión con las más variadas prácticas violentas contra cualquiera. Y no hablo de sadomasoquismo, recomendable ciertamente en el marco de acuerdos claros; sino de inestabilidad emocional, de indiferencia, de ghosting, de bulliying, de histeria.

Pertenecer a un club sexual es lo más parecido a ese mundo salvaje en el que nuestros ancestros se descubrieron de manera animal. Hay varias ventajas en ese espacio de pocas reglas. Por un lado, el anonimato. Por otro, la variedad. Uno es lo que es. Pero hay algo que a mí me gusta más. Se trata de dejar en terceras manos, profesionales por cierto, el tema de los juegos.

Podría cualquiera pensar que eso de jugar no tiene mucho de instintivo. Sin embargo, el ritual de caza es lo más parecido a un juego de sentidos en su intensidad más primitiva.

El club organiza varias actividades a la que algunos miembros acceden según su membresía. Siempre hay fiestas temáticas pero, a esas, rara vez voy. A mí me gusta la “Cacería”.

En la cacería es fácil olvidarse quién es uno en el mundo que se ha elegido para ser un homo erectus socialmente aceptado. No hay historia personal, no hay curriculum, no hay que demostrar nada; es la ley del más fuerte en su más estricta literalidad.

Se trata de pasar una noche de placer salvaje en el que cada quien se lo busca en el extremo o rincón que puede. No hay posibilidad de elegir. La presa puede ser cualquiera y el cazador también. Sólo hay un objetivo.

Esta actividad se realiza a cielo abierto, siempre en noche de luna llena, en las afueras de la ciudad. Nunca sabemos en dónde estamos. Nos envían una invitación por correo electrónico en la que figura el costo, el día y lugar de encuentro.

En el lugar nos entregan los trajes negros con máscara incluida, nos vendan los ojos y nos llevan a todos en traffic. Supongo que no debe ser muy lejos de la ciudad porque el recorrido nunca es largo. Nos entregan una mochila y bajamos en diferentes paradas, separados unos cincuenta metros unos de otros. Lo único que podemos llevar es un arma.

El juego empieza cuando estamos todos repartidos y se escucha una bengala al aire. No hay premio, no es una carrera. El juego consiste en ser cazador o presa, cada uno elige el rol pero, si te atrapan, la sumisión a los placeres del otro debe ser completa. Por el contrario, cuando tenés a tu presa es ella la que debe someterse.

He estado en ambas circunstancias. Debo decir que no podría elegir una. Creo que hay pocos, de los que participamos, que tenemos definido lo que queremos hacer cuando suena el estruendo en la noche cerrada.

El arma la llevamos por si nos encuentra un animal, en la zona hay fauna salvaje. Eso es lo que más me gusta del juego, la vulnerabilidad absoluta. Uno no sabe a qué desafío se enfrenta. Puede hacer frío, calor, lluvia, viento. El clima no afecta la realización de la actividad. Hay mosquitos, arañas, serpientes, zorros, aves. Cualquier alimaña puede salir de entre los arbustos o las piedras, incluso debajo de las hojas o desprenderse de la copa de los árboles.

Esta vez fue un bosque en el medio de un predio más amplio, parecía San Isidro o Uspallata. Estaba húmedo por las lluvias de la semana anterior. Fui la quinta en bajarme de la traffic. En el camino hablamos, no reconocí la voz de nadie. No escuché un acento anglosajón, europeo o asiático, como en otras oportunidades, todos hablaban perfecto español. Había algunos que era la primera vez que participaban. La ansiedad y excitación se les notaba en la voz.

Cuando escuché que el vehículo se alejaba, me quité la venda y revisé la mochila. Lo de siempre: una manta, una linterna, fósforos, unas gafas infrarrojo, un par de frutas y bebidas espirituosas, cigarrillos, una bengala de auxilio, set de primeros auxilios, soga, navaja, bolsa de residuos y una caja con variedades de preservativos.

El juego terminaba con una sirena que solía escucharse antes del amanecer.

Éramos doce en la traffic, seguro que tendría unos veinte minutos antes de que sonara el disparo. Me adentré apenas entre los árboles. No podíamos introducirnos antes de tiempo. Sé que cualquiera piensa que adelantarse es una ventaja, pero no. Es un juego sexual, las trampas sólo se las pone uno y, en este caso, adelantarse podría convertir a cualquiera en una presa fácil de ser encontrada. Lo que está adelante es más fácil de ver.

Sólo me escondí entre los primeros árboles para fumar mientras cargué el arma. La navaja me la puse en la banda del cinturón. Me coloqué las gafas. No eran tan necesarias en luna llena, pero las pequeñas luces, los ojos de los animales, las miras de láser o las de un arma se identifican mejor.

Sonó la bengala. Me quedé unos minutos quieta con los lentes puestos. Apagué el cigarrillo, me puse la mochila y empecé a caminar hacia la izquierda. A medida que el bosque se hacía más denso comencé a agazaparme y me quité las gafas.

Los novatos estaban usando sus linternas, era fácil saber por dónde estaban. Conté cinco en diferentes puntos, estaba claro que esas iban a ser presas. Yo era la sexta, me quedaban seis más sin identificar. Éramos siete al asecho. Siete que ya sabíamos cómo era el juego.

Me empecé a sentir acalorada, me toqué, necesitaba drenar un poco la libido. Pero mientras lo hacía, no dejaba de observar alrededor. Los pulsos acelerados me activaron la circulación y pensaba con más claridad, aunque me subí el cierre de la campera para que no se oyera mi respiración agitada. Un gemido me pondría en evidencia.

Seguí camino ahora hacia la derecha, en donde creo que están los cazadores. Había cuatro que se habían bajado antes que yo, se entendía que vendrían hacia el punto en el que estaba tratando de cruzar. Me sentía agitada, la adrenalina me había subido y se me secó la boca. Saqué una petaca de whisky de la mochila y la bebí de un trago. Guardé la botellita en la mochila y seguí, aunque no mucho más…

Sentí ruidos, traté de tener visual y sí… ya había una presa siendo sometida a su amo que la poseía de atrás contra un árbol mientras le jalaba el cabello para lamerle el cuello. Eran dos mujeres, interesante para mirar, pero si me descubrían sería la presa de dos y tendía que someterme a ambas. Tampoco es que lo que estaba viendo era algo que no hubiera probado, así que decidí ir un poco más al filo de lo inesperado, tenía ganas, además, de una penetración masculina.

Me arrastré varios metros mientras tomaba la decisión: me exponía a los cazadores o me escondía a la espera de alguno que vendría desde la derecha, si es que no se habrían cazado entre dos o tres.

Me quedé un momento con la espalda reclinada en el tronco de un árbol. Tuve ganas de fumar pero no lo hice. Los ruidos que escuchaba no eran humanos, era un ronroneo animal. No tardé mucho en descubrir a la pareja de pumas acicalándose. La hembra tendida, levantaba la cola y el macho lamía sus genitales mientras ella estiraba su cuello hacia atrás y abría la boca emitiendo un sonido gatuno reprimido.

En ese momento pensé que todas las bestias somos iguales ante el goce. Era ciertamente sensual el espectáculo. Mucho más que el que había visto unos minutos antes. La hembra estaba entregada, complacía al macho que con su lengua le estimulaba los espacios libidinosos.

Sus movimientos eran perfectos, sincronizados. Se entendían sin hablarse, incluso sin mirarse. Sólo la tensión de sus músculos y el ritmo cardíaco los guiaba.

Una mano me tapó la boca. Había sido cazada. Estaba atrapada entre un amo sexual y dos pumas en celo bajo la luna llena. Bonita noche de cacería, pensé. “Si te movés vamos a ser presas de verdad”, me susurró al oído. Conocía esa voz.

El instinto llevó mi mano a querer palpar su rostro. Bajó su cabeza sobre mis hombros y empezó a jugar con su nariz en mi cuello. Arrodillado atrás de mí pude sentir sus pulsiones pélvicas. Yo sabía que el juego era ser sometida, pero necesitaba verlo. “Soy yo, Ema”, susurró para llevar mi desenfreno hacía lugares inesperados pero que los dos conocíamos bien. Era Alex.

Con él habíamos roto todas las reglas, incluso la del anonimato. Nos veíamos fuera del club. Acordábamos nuestras propias reglas y los encuentros en las actividades. Jugábamos, como todos, incluso con todos; pero desde que nos encontramos en una cacería buscábamos la manera de cazarnos en el medio de la noche.

En una oportunidad cacé a tres presas distintas. A todas las dejé ir después de cogerlas. Sólo quería encontrar a Alex. Él hacía lo mismo.

Era depravación a un nivel superior. Lo que he hecho con él en las cacerías no he conseguido hacerlo con nadie más. No éramos amantes, éramos una pareja animal.

Varias cacerías atrás me dijo que se iba de viaje y que no sabía cuándo volvería. No le creí y lamenté no seguir encontrándolo. Demoré en volver yo también. No era lo mismo saber que él no estaría.

Si no iba a participar más de la cacería no tenía sentido ser parte del club. Se trata de sexo y placer. Uno se va cuando deja de disfrutar. Un par de veces me dejé cazar porque no tenía ganas de otra cosa. Pero nadie lo hacía como Alex.

Cuando decidí regresar, confieso que lo hice por si a él también se le ocurría hacerlo. Y de hecho así fue. Tres cacerías nos llevó encontrarnos nuevamente, después de un año.

Somos animales de instinto, pero estábamos desorientados, desconcentrados. Los dos jugábamos a cazarnos, ninguno quería ser presa. Nos conocíamos demasiado y permanecimos ocultos al otro, como lo éramos para el resto, buscándonos a ciegas.

Extrañaba ese roce por atrás oliéndome desmesuradamente, introduciendo los dedos por debajo del pantalón para descubrir la ausencia de bragas, el jadeo en mis oídos sin poder verlo, el pecho desbordado en mi espalda arqueada.

Le mordí los dedos para que quitara su mano de mi boca. Sin dejar de observar la cópula de las bestias, me quité la ropa y dejé mi torso desnudo con el pecho erguido ante ellos.

Me incliné hacia adelante, con los brazos extendidos, imitando la posición de la hembra. Saqué la navaja de la vaina y se la extendí. Él la usó para cortar la entrepierna del pantalón. Sentí la punta afilada sobre el cóxis y mis nalgas liberadas al frío del rocío que me ardía las entrañas.

Me arqueé hacia atrás, llevándolas hacia él, que había introducido sus manos completas por el tajo de la tela. Sentí su lengua bebiéndose mi transpiración genital, recorriendo de adelante hacia atrás el territorio más oscuro de mi cuerpo.

Siguió por mis vértebras y yo sentía su lengua como una serpiente que iba reptando occipital hacia la nuca como mis impulsos nerviosos, tensando los capilares y erizándome la piel.

Su torso, también desnudo, cubrió mi espalda y sentí la penetración con sus rodillas inmovilizando mis pantorrillas. Sus brazos cubrieron los míos y puso la navaja entre mis dedos mientras me dijo al oído: “Shhh…”

Los pumas habían terminado su faena y venían a nosotros, oliendo, agazapados, sabiendo que entre los arbustos algo se escondía. Sentí el sudor frío en cada poro de mi piel. Con la lengua me bebí las gotas que desde la frente me bañaban el rostro. Debí estar alucinando porque sentí el deseo de devorar.

Con mis garras me clavé al suelo, en posición de ataque. Él me frenó con su humanidad encima y adentro mío. Estábamos inmóviles pero yo sentía el pulso de su miembro en mi vagina que también se contraía.

Los pumas se acercaron y olieron nuestros cuerpos. Nos rodearon lentamente y lamieron las pieles. La excitación era mutua. Cuatro bestias excitadas, en cuatro patas, sirviéndose del instinto salvaje para mantenerse con vida.

Ella se acostó frente a mí, clavándome su mirada ámbar. No dejé de mirarla. El macho se acercó y comenzó a lamerle el cuello.

Alex imitó el movimiento sobre el mío y no pude mantener la boca cerrada. El gemido salió extasiado y la hembra me mostró los dientes. Estábamos las dos al borde del placer, siendo consumidas por el macho animal que placía nuestros instintos. Su macho la mordió y ella giró su cabeza violentamente para apartarlo. Peleaban.

En la única oportunidad que tenía de hacer un movimiento, con mi pelvis empujé a Alex hacia atrás, me di vuelta y clavé la navaja en el árbol. Los animales salieron corriendo. Saqué mi arma y le apunté para que se quedara quieto. Saqué la soga de la mochila y até sus manos al árbol.

Luego me senté encima y comencé a penetrarme con su miembro expuesto. “Que sea la última vez que desaparecés así, hijo de puta. ¿Quién te creés que sos?”, le grité mientras le propinaba cachetadas. Él sonreía.

Le lamí el tatuaje lobuno sobre el hombro y esquivaba mis senos a su intento de morderme los pezones. Tomé de su mochila el whisky y se lo derramé en la boca, en el cuello, en el pecho. Refregué mi torso sobre la humedad alcoholizada del suyo. Me abracé al árbol, dejando mis hombros al alcance de lo único que él podía usar: su boca.

Dejé que lo hiciera, exponiendo cada espacio de mi piel a ella. De arriba abajo, de atrás hacia adelante. En la cintura, el ombligo, las axilas y las nalgas.

Sólo cuando me cansé de ser recorrida por su lengua, le liberé las manos y lo dejé poseerme a su antojo. Le arañé la espalda marcada por la corteza del árbol. Me levantó y llevó mi cuerpo contra ese mástil de tortura que habíamos encontrado.

No dejó de penetrarme con fuerza contra él. Me abracé por encima de la cabeza a la rasposidad añosa del falo contra el que estaba siendo sometida. Sentía que con cada impulso, la carne de mi espalda se ajaba y caían, entre las hojas húmedas, las gotas de sangre.

Alex nunca cerraba los ojos al penetrarme de frente. Disfrutaba la metamorfosis de mis gestos al placer, el desorden de mi pelo, la piel transpirada, la lengua fuera de control, los ojos blanqueados a la presión de su mano en mi cuello.

Acabamos en un alarido infame a la luz de la luna. Caímos arrodillados. Él me abrazó por la espalda con su torso mojado de sudor y alcohol, que penetraron en mis heridas hasta hacerme entrar en un espasmo doloroso que me llevó a un segundo orgasmo.

Sobre el árbol estaba todavía clavada la navaja. La saqué y se la di. Él me había apresado esta vez, le tocaba hacerme la marca, la misma con la que yo lo había marcado en otras oportunidades. Ese era el final del ritual, la marca del amo.

Sentí la navaja cortar la tela a la altura del muslo, cerca de la entrepierna ya rasgada. El filo se deslizó suavemente, hasta que la primera gota de sangre corrió. Él se acercó a lamerla y luego me besó.

Ya los grillos habían dejado de cantar. Nos vestimos y nos cubrimos con las mantas. Ese era el signo de fuera de juego para quienes pudieran encontrarnos.

Caminamos abrazados y en silencio hacia la ruta, escuchando a las reinamoras llamarse para ir a buscar gusanos.

Nos sentamos en unas rocas cerca de la banquina, conversamos de los meses separados mientas nos bebimos las botellas que nos quedaban. Me pidió un cigarrillo y dejamos que el humo se desvaneciera en la humedad de la noche.

Sonó la sirena. Una cacería más había llegado a su fin y con el amanecer, la estirpe de cuatro patas volvería a su hábitat natural, la sombra salvaje.