A la ciudad y al mundo | Parte 27

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Capítulo cincuenta y tres

El Santo Padre camina con las manos entrelazadas a la espalda. No era posible que el trabajo al que había consagrado hasta la más minúscula fibra de su persona por varias décadas, quedara en la nada como un barco que se abandona en una playa para ya nunca echarlo al mar.

Los jardines de la azotea del Palacio Apostólico le ayudaban a tranquilizarse, lo necesitaba como el aire.

Carlo subió corriendo, llevaba un diario doblado bajo el brazo.

— ¿A cuánto asciende la cifra? —la voz de Rafael era clara y firme.

—Un millón. Pero ese no es nuestro peor problema.

— ¿Qué puede ser peor?

—Kronemberg ha muerto. Dicen que se suicidó.

—Eso es imposible.

—Apareció en la oficina. Lo encontró la secretaria —a Carlo le costaba trabajo mantener el paso del Papa, que iba de un lado a otro dando vueltas como si paseara en calesita—. Dejó una carta para la hija. Todo sale publicado hoy, en O’ Globo y muchas otras publicaciones han levantado la noticia.

—Esto es obra de Rodríguez —comentó Rafael—. Tenemos que estar atentos. Seguro que a esta altura lo sabe todo. Es lo único que faltaba para terminar de joderme la vida.

Natalia llegaba en ese momento. Su hermano le regaló una mirada que destilaba en un instante toda la rabia que jamás había sentido por ella.

—Andá, Carlo. Dejános solos, por favor —pidió el Papa.

Al irse el cardenal rozó la mano de Natalia.

—Vos te estás dando cuenta que con estos tipos no podemos joder. — fueron las primeras palabras de Rafael Ferrara para su hermana menor.

—No entiendo que salió mal. Hice un millón de pruebas, eran perfectas.

—Perfectas, las pelotas —gritó el Papa.

— ¿Has mantenido algún contacto? —preguntó Natalia con su impasibilidad de siempre.

—Algún contacto —la remedó Rafael—. La gente en las nunciaturas está como loca, se los quieren comer crudos y lo peor que todos los pedidos están ya distribuidos.

— ¿Cuál es la cifra?

—Hasta hace cinco minutos, un millón.

— ¿Qué vamos a hacer?

—Yo no sé qué voy a hacer con vos, hermanita, te juro que no lo sé.

—Confiar en mí —dijo—. Algo se me va a ocurrir.

—Más te vale, porque no sé hasta cuándo los voy a poder frenar.

Capítulo cincuenta y cuatro

La operación Urbi et Orbi, corrió antes de caminar. La perspectiva de ganar dinero era tan atrayente que las adquisiciones de cadenas de farmacia fueron hechas con la misma velocidad con que viaja la luz. Las ofertas hubieran podido comprar cadenas de hoteles de cinco estrellas y bienes por el estilo. Pero los intermediarios de rigurosa ropa oscura no buscaban hoteles y mucho menos bienes por el estilo. Buscaban farmacias.

Las cientos de cajas mostrando el escudo del Vaticano aterrizaron en todas y cada una de las nunciaturas de Rafael, así como en las parroquias de los pequeños pueblos. Se cargaron en camiones y su contenido pronto abarrotó las estanterías y tal como lo pronosticara Natalia, más pronto todavía las abandonó.

El mundo que había creado Rafael Ferrara giraba sin pausa y los habitantes de tan paradisíaco planeta no tenían más que palabras de eterno agradecimiento para esa persona que pensó en ellos como sus pobladores. Pero como ha sucedido siempre desde el principio de los tiempos con los paraísos tarde o temprano se pierden.

Las tres horas que siguieron a la charla con Natalia, el Papa las dedicó a tratar de salvar los restos del naufragio. Fue algo agotador para el hombre de la sotana blanca. Odiaba las teleconferencias, pero el final salió airoso. Todavía era dueño del poder y no desperdiciaría su segunda oportunidad. Sólo tenía que encontrar algo que produjera mucho dinero, saldar las cuentas y continuar el camino.

Se retiró a sus habitaciones. Pidió que le sirvieran algo liviano para cenar y se dispuso a escuchar a Dexter Gordon un buen rato.

Sebastián Rodríguez ajustó el silenciador en la Beretta, el arma preferida del Mossad. Caminó despacio. No se oía un solo ruido en todo el palacio, desde hacía cinco minutos regía el toque de queda. Los ayudantes de cámara dormían, era la oportunidad perfecta. Tal vez no haya otra, pensó el cardenal.

Llegó hasta el tercer piso. A pesar de tantos años de oficio no pudo evitar sentirse nervioso y un poco estúpido por haber caído en la trampa. Sólo veinte pasos lo separaban del objetivo: las habitaciones privadas de Rafael, cuando una opresión en la garganta le impidió seguir avanzando.

Continuará…