En el nombre del padre

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“Ardo con la fiebre de este torrente de luz”
Placer, de Giuseppe Ungaretti.

Hice un viaje a Milán por temas de trabajo y pensé que escaparme a Roma un par de días, antes de regresar, iba a ser una buena idea. No tenía pensado entrar a las catedrales. Prefería el Foro, Piazza Navona y el Trastévere. El Coliseo quería visitarlo de noche. Es una excursión especial, un poco a oscuras, casi todo el tiempo por las sombras de paredes que huelen a dos mil años de sangre y arena entre las rocas. Entrar al medio del campo en noche de luna llena parecía un plan romántico en el centro de una ciudad erigida en honor a los dioses de todos los tiempos.

El primer día fue de caminata, sin rumbo, sin medir distancias. En uno de los tantos restaurantes de la Via Vitorio Emanuelle, me pedí un risotto para llevar; luego me senté a comer en un banco de plaza cerca del Tiber mientras un artista me dibujaba al compás del acordeón que sonaba a unos metros. Seguí camino y al cruzar el puente llegué a la Via San Pío X. Unos metros más y, mirando los ventanales y construcciones, me encontré con la entrada al Museo Leonardo Da Vinci. Pasé ahí varias horas. Al salir, por la inercia que me provocó el aleteo de una paloma, miré a la izquierda y me di cuenta de que estaba a doscientos metros de la Piazza San Pietro. La cúpula de la Basílica coronando el falo central me dio risa. ¿Cuántos se espantarían si yo preguntaba a qué dios querían cogerse con semejante monumento?

Me vino a la cabeza el David… ¡Qué cuerpo! Buena tarea hizo Miguel Ángel al esculpir para la eternidad semejante anatomía. ¡Ese sí que era un rey! Ojalá toda la dinastía bíblica se hubiera conservado así, con esos abdominales que eran una abominación que las montañas de Carrara, si hubieran sabido, no hubieran concebido parir por las aguas mediterráneas hasta las costas de Florencia.

Varios intentaron sobre ese mármol, pero sólo Miguel Ángel pudo darle vida a la piedra, turgencia a los pectorales y las nalgas, textura a los bíceps nacientes de una espalda jamás soñada. Lástima que no haría tiempo para ir a La Toscana a mojarme los labios contemplando ese perfil de lo que para mí es la imagen de alguien digno de llamarse dios.

Si alguna vez me encontrara ante un genio que concede deseos, yo pediría las manos de Miguel Ángel sobre mi piel. La Basílica está llena de sus obras. Ya mi mente se fue por otros espacios y quise absorber la magia de esos dedos que bien sabían las coordenadas de cada parte del cuerpo. Me decidí a entrar.

El vestido veraniego que llevaba parecía una vestimenta apropiada, aunque tuve que quitarme el sombrero. No quise hacer la visita guiada, yo sólo quería ver los frescos de Michelángelo. Sonaba música gregoriana de fondo. No me gusta.

Me puse los auriculares y seleccioné la lista de Ana Rucner, quien sabría llevarme a la naturaleza primordial que vibra en la caja de un cello abrazado a las piernas de una mujer sensible al misterio.

Vagaba en la sonata Zagreb cuando bajo la cúpula donde se aprecia “La Creación de Adán” veo la cruz con el hijo de un dios al que le apetecía el fraticidio. Si pudiera oírme, sólo le haría una pregunta: ¿Por qué la muerte al amor de María Magdalena? Al final, de qué valían esos templos y los ritos si el sacrificio había sido el ardor de una mujer… Para qué tanta gloria negada a un orgasmo vital…

“Si lo hubieras permitido, quizás te hubiera tenido alguna fe”, dije con los ojos cerrados, intentando un ruego impío.  Los abrí y, excitada sólo de imaginar la escena, me quité las bragas para dejarlas como ofrenda a los pies del altar; me puse el sombrero y salí por el medio de la fila de bancos, con la altivez de quien patea la puerta del infierno y camina hacia el trono de Lucifer por la alfombra roja con los mil y un demonios aplaudiendo.

Una voz me detuvo cuando giré para tomar la salida. “Yo no hubiera hecho eso”, dijo. Me detuve con la intención de contestar una blasfemia con el dedo erguido. Podía blasfemar en cualquier idioma, pero el dedo es lenguaje universal. ¡Al carajo con la corrección del clero!

Cuando giré la cabeza, el gesto helado le dibujó una sonrisa en la comisura de los labios. No puede ser. Me restregué los ojos para estar segura de que esa sotana negra estaba sobre el cuerpo de Mauro o que era realmente Mauro enfundado en ese atuendo. “No creas que me refiero a tu ofrenda, puedo imaginar la complacencia de Dios al oler tus dones”, murmuró acercándose a quitarme el sombrero con una mano y acariciar mi cintura con la otra; luego me dio un beso suave en el cuello.

Desde aquel verano en Córdoba no había vuelto a saber de él. Nos conocimos en su noche de despedida de soltero. Una fogata en el Parque Sarmiento era lo que sus amigos habían armado para darle buenos augurios en su vida célibe. Nunca imaginé que la novia que había elegido era eso que llamaban Iglesia. Impuse el silencio porque no entendí el sentido de sublimar el goce por un amor sobrenatural sólo tangible en una hostia que para mí tenía el sabor de la piel de Mauro. “Este es mi cuerpo” diría él en su primera misa, y lo comí, como la noche anterior a que se convirtiera en sacerdote, arrodillada sobre su vientre en la cama del seminario. Me despedí robándole un beso después de aquella misa en la catedral, a la que fui sólo para estar segura de que no me habían hecho un chiste.

Tampoco volví a la ciudad y no había entrado a un solo templo más para no repetir el sacrilegio de comer una y otra vez el cuerpo de mi deseo, el David que se había desnudado a la cincelada de mis dedos. La cruz que colgaba en mi cuarto era sólo para que “ese”, si acaso fuera real su trascendencia,  viera cómo me tocaba gimiendo de placer pensando en Mauro y también todos los otros que pasaron por mi cama mientras cerraba los ojos rememorando la única noche en la que no quería que llegara el amanecer.

—¿Venís?  —dijo tomando mi mano.

No respondí, me dejé guiar por los pasillos hacia la parte frontal del altar, con el corazón latiendo al ritmo de una tropilla enardecida. Él abrió las puertas de la balustrada con sus noventa y nueve lámparas votivas ardiendo y bajamos las escaleras que llegan a la cripta en donde dicen que está enterrado el cuerpo de San Pedro.

—¿Es verdad que ahí adentro hay un cadáver? —pregunté pensando en la exageración de semejante mausoleo.

—Eso no importa, a mí me importa que es el que tiene las llaves del paraíso —dijo al cruzar el umbral de la tumba.

—Un paraíso al que yo no iré, Mauro.

—Tampoco yo, Caro —contestó con su mano en mi trasero, apretando mi cuerpo contra el suyo, lamiendo mis labios con el sabor de un ansia atrasada.

Lo abracé y desprendí el alzacuello para seguir por los botones del alba, sin imaginar que no habría ropa entre ella y su piel. Sus besos en el cuello me humedecieron las clavículas  y expusieron mis hombros al grial de todas las herejías, sobre las tumbas de los Flavios y Valerios de la Gran Roma.

Me quitó el vestido y me alzó para llevar mis caderas sobre el sarcófago de piedra. Se arrodilló y abrió mi entrepierna para meter su lengua en el cáliz de mi sangre. Su nariz jugaba en mí, sus manos arañaban mis costillas iluminadas por los colores que destellaban los vitraux. Sus gemidos hacían eco en la humedad lúgubre de la caverna.

Sonreí al ver la cara del crucificado sobre la pared, me imaginé en la cruz de al lado diciéndole: “Yo ya me salvé de tus demonios” y él guiñándome un ojo al librarse de las torturas de los romanos para ir semidesnudo a besar a su amada que lloraba por él a los pies de la cruz. ¿No hubiera sido esa la historia más épica de todos los tiempos?

Abracé el cuello de Mauro con mis piernas y le agarré el pelo para ver esos ojos caramelo con las pestañas despeinadas por mis besos genitales. Subió para abrazarme y llevar mi cuerpo a los pies del sepulcro. Allí me hizo carne de su carne, desbordando la sed de un incendio que con sus llamaradas llegaba hasta los frescos sobre los que las manos de Miguel Ángel se habían extasiado. Nerón gritaba desde su tumba sobre los restos de un imperio que hizo de la cruz un circo.

Consentir y consumar el deseo sin pensar en piedad o misericordia en la cornisa de un purgatorio de carne y hueso pulsando deseo en la más baja cavidad de los adentros. Miguel Ángel se complacía imaginando el sacrilegio mientras pintaba “El pecado original” en la cúpula Sixtina.

Un cuerpo abierto encima de otro erecto. De rodillas nuevamente ante el altar de todos los suplicios, sintiendo la corona de espinas sangrándome la conciencia con los pensamientos obscenos, deseando sólo salvarme en el cuerpo de este cuerpo con aroma a óleo bautismal.

Desde ese sótano en el agujero negro de todas las calamidades, se escuchaban los gritos del circo clamando al emperador el perdón de dos cristianos gimiendo su propia miseria.

Después de vestirnos me impuso las manos.

—Yo te absuelvo de todos tus pecados en el nombre del padre… —lo interrumpí, entrelazando sus manos con las mías.

—No Mauro, no quiero esa salvación. Si el paraíso existe, debe ser lo más parecido a este orgasmo y no hay dios que pueda considerar eso un pecado. Me voy en dos días. Si querés salvarte conmigo, acompañame esta noche al Coliseo. Hagamos nuestras esas ruinas, como lo hicimos con estas.

Él se arrodilló, abrazando mis piernas y apoyando su frente en mi pelvis.

“No sé si el paraíso existe, pero el infierno que arde en tus entrañas me ha consumido”,  dijo arrojando el cuello clerical sobre el piso de la cripta.

Y dejamos a Roma arder por segunda vez. Después, partimos a Florencia a calmar el placer ante la mirada ardiente del verdadero rey de reyes.