A la ciudad y al mundo | Parte 28

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Capítulo cincuenta y cinco

Veinticuatro horas antes de que Rafael caminara pensativo por la terraza del Palacio Apostólico, el espía argentino se había sentado en una silla con el respaldo para adelante, como lo hacía de niño imaginando que cabalgaba.

Frente a él Mathew Kronemberg o Anatoly Serguéievich Krunoslav, ocupaba otra y no se preocupaba por los otros hombres y mujeres que lo rodeaban. Se concentraba de manera exclusiva en el relato que serviría para rescatar a su familia. No le cabían dudas de que el sacerdote era de esa clase de personas que no amenazaba. Ellos eran iguales y él mismo jamás lo hacía.

Cuando hubo terminado el sacerdote le alcanzó un vaso con agua.

—Lo estoy oyendo y no puedo creerlo —exclamó Rodríguez agarrándose la cabeza con ambas manos.

—Es la verdad más absoluta —dijo Kronemberg e intentó pararse, tenía las piernas adormecidas.

Los miembros del Mossad se movieron alertas. El sacerdote, hizo un gesto para indicar que no había problemas.

—¿Ellos tienen algo que ver con este tema de las muertes? —quiso saber Rodríguez.

—No estoy seguro, pero es posible. Tal vez alguien cometió un error en las cantidades.

—Esto es horroroso.

—No deberías decir satánico —dijo Kronenberg con el poco de humor que todavía le quedaba.

—Por qué no te vas bien a la mierda.

—Voy a donde quieras, pero antes quiero a mi familia a salvo.

—Ellos están muy bien —le dijo.

—Yo cumplí. Espero lo mismo de tu parte.

El sacerdote buscó en su pantalón y sacó un teléfono celular que extendió al ruso.

—Llamá a María —ofreció—. Tranquilo todo está en orden.

—Cada vez entiendo menos.

—Llamála te digo.

Kronemberg hizo la llamada. Habló con María y ésta le contó que había tenido un día de lo más normal y sí, era cierto habían ido a comer hamburguesas con los chicos a Mickey y Donald, el flamante nuevo local de la prestigiosa cadena que ahora también estaba en San Pablo.

El feliz padre y abuelo se despidió de María prometiendo que se reunirían pronto y:

—Te tomo la palabra —respondió su hija—. Te amo papá.

—También te amo. Saludos a Joao y a los muchachos.

—Un beso, hasta pronto.

María Kronemberg no tenía forma de saber que no volverían a reunirse, hasta que despidiera, para siempre, los restos mortales de su padre.

 Capítulo cincuenta y seis

—Es muy tarde para que se encuentre aquí, Su Eminencia— dijo Carlo que conocía el verdadero rango eclesiástico de Rodríguez.

—Sufro de insomnio. Que le voy a hacer —fue la respuesta del argentino, que intentaba zafarse sin éxito.

El cardenal Sabatini lo empujó hasta aplastarle la cara contra la pared, al tiempo que se cercioraba si tenía otras armas encima.

—Ha venido muy bien pertrechado, Su Eminencia.

En la muñeca y el tobillo derecho Rodríguez ocultaba dos afilados puñales. La larga sotana era una vestimenta útil para eso.

Para tranquilidad del jefe de La Entidad, el corpulento cómplice de Ferrara no se percató de las botas que un viejo talabartero también nacido en Lavalle, le obsequiara. Las finas botas de auténtico cuero negro tenían en su interior unas tiras del mismo material colocadas de manera estratégica, cuya finalidad era poder ocultar un revólver de pequeño calibre o alguna clase de daga de mango ancho que se trabara con las tiras de cuero. Sebastián Rodríguez las usaba desde hacia décadas y le habían salvado la vida muchas veces.

Carlo le torció el brazo para arriba y lo obligó a caminar en dirección a los aposentos papales.

Rafael Ferrara escuchaba la música a través de unos auriculares Sony, cuando se abrió la puerta y apareció Rodríguez, seguido de Carlo.

—Eminencia ¡Qué grata sorpresa! —declaró mientras desenchufaba los audífonos dejando que el sonido fuera para todos— ¿Le agrada el jazz, Sebastián o es de los que prefieren el tango?

—Se pude decir que soy tanguero.

—Estaba seguro —comentó el Santo Padre con tono jovial—. Por nuestro Señor, que lo estaba. Dejános solos, Carlo. Muchas gracias.

—Como guste Su Santidad —el primo de Rafael salió y cerró la puerta.

—No es maravilloso, como sigue representando su papel hasta el final —reflexionó en voz alta el Santo Padre.

—El telón ha caído ya. Acaba de terminar el último acto —sentenció Rodríguez.

—No lo crea, Eminencia. Aún no lo crea.

— ¿Qué se propone hacer llamar a la guardia?

—No, en absoluto. Puedo arreglármelas muy bien sin su ayuda.

—Usted ha destruido todo aquello por lo que he vivido y peleado —declaró con tristeza el cardenal In Pectore—. Corrompió una institución con más de veinte siglos de historia, que…

El Papa Tranquilo no le permitió continuar.

—Por favor, Sebastián —dijo levantando una mano para pedirle silencio—, no pretenderá que crea un discurso como ese de una persona como usted. Le suplico que se guarde toda esa retórica vacía.

Dicho esto inició un paseo por la habitación, apenas iluminada. Vestía una bata azul y zapatillas blancas de aspecto cómodo.

Dexter Gordon desgranaba los acordes de Misty en un acrobático juego de arpegios y escalas quebradas. El pontífice, hijo de un mafioso, estaba disfrutando mucho de esa fantástica improvisación.

De haberlo querido, Rodríguez podría haber puesto el punto final en la vida del hombre que le puso punto final a un buen número de sus agentes.

—Quisiera preguntarle algunas cosas —dijo el hombre que había llegado hasta allí con las peores intenciones.

—Lo que desee, Eminencia —le respondió el Papa.

— ¿Por qué consagrar la vida a una causa en la que no cree?

—Por el poder.

La música cesó y ambos rivales guardaron silencio, como si se sintieran desprotegidos sin los sonidos a su alrededor. En algunos segundos un piano se coló en la habitación privada del Sumo Pontífice. El unísono de trompeta y saxo tenor auguró un blues nada triste.

—Es imposible aburrirse con esta música ¿No lo cree así, Sebastián?

El jefe de los espías del Vaticano no respondió. Permanecía muy quieto cerca de la puerta. Tenía la seguridad que del otro lado, Carlo esperaba. No le interesaban los comentarios de Ferrara. Aún restaba solucionar como saldría con vida de la trampa en la que se encontraba. Concluyó que lo más acertado sería hacer volver a Carlo. Éste era grande, pero por lo que había visto bastante torpe. No le resultaría difícil sacarlo del juego. Lo complicado vendría cuando tratara de llevarse con él al Papa.

El sucesor de Juan Pablo II, seguía diciendo:

—Yo descubrí el jazz de casualidad, por unos discos que se olvidó en nuestra casa un amigo de…

— ¿Era necesario sacrificar a tanta buena gente? ¿No hubiese sido más sencillo pegarme un tiro? Después de todo no soy más que un viejo.

—Todo lo que se hizo, tenía que hacerse —contestó con sinceridad Rafael.

La música se dejó de oír una vez más. Varios golpes en la puerta rompieron el silencio.

—Adelante —invitó el Santo Padre.

Carlo, entró.

—Disculpe, Su Santidad —clavó los ojos en los de Rodríguez—. Monseñor Fratelli, está aquí.

El padre Aldo Fratelli, era el confesor personal del Santo Padre y cada martes por la noche lo visitaba.

—Lo había olvidado por completo —reconoció—. Hacélo pasar, Carlo.

El siciliano no se movió. Se lo veía confundido.

—Que pase, que pase. No lo hagás esperar más —se impacientó Rafael.

En el preciso momento en que Carlo giraba para cumplir la orden recibida. Sebastián Rodríguez pudo sacar el puñal que tenía en la bota y esconderlo en una de las mangas de la sotana.

—Es un placer tenerlo aquí de nuevo, padre Fratelli —anunció Rafael— ¿Es posible qué ya sea, otra vez, martes?

—Así es. Si se encuentra ocupado…—dijo al tiempo que inclinaba la cabeza a modo de saludo en dirección al maestro de espías.

—No, para nada. Su Eminencia estaba a punto de irse.

A pesar de la tensión que flotaba en el recinto, Sebastián Rodríguez no consiguió ocultar la leve sonrisa que siempre le afloraba al encontrarse con monseñor Fratelli. Su parecido con el personaje de Chesterton era notable, o al menos eso le gustaba pensar al jesuita. Le tenía una gran simpatía y lamentó que su vocación sacerdotal fuese tan férrea.

Como si hubiera podido leer la mente del espía, el Papa se movió, haciendo que el clon del padre Brown, monseñor Fratelli, quedase en medio de ambos.

La orquesta atacó un brioso acorde que tomó por sorpresa al confesor del Papa. Rafael no dudó, abrió la puerta y se zambulló en el pasillo. El número uno de la Entidad tampoco tuvo dudas e intentó perseguirlo, pero se detuvo.

Carlo tenía atrapado al monseñor. Una afilada hoja, la misma que le quitara a Rodríguez, pugnaba por abrirle la adiposa carne del cuello.

—No tema, monseñor —lo tranquilizó el espía argentino—. Nada le ocurrirá.

— ¿Qué sucede? ¿Por qué ha salido de esa forma, Su Santidad? —quiso saber el azorado padre Fratelli.

—Lo he descubierto y teme por su vida.

Carlo no hablaba, estaba alerta.

— ¿¡Descubierto!? ¿Qué cosa…Por el amor de Dios?

—La persona en la que usted, yo y todos en la ciudad y en el mundo confiamos, no es ni más ni menos que un vulgar asesino. Sé que le resultará difícil de creer, pero estoy diciendo la verdad. Se lo aseguro.

— ¿Es que acaso se ha vuelto loco? —por poco aulló el padre Fratelli.

—Me gustaría —admitió Rodríguez—, pero por desgracia estoy tan cuerdo como el que más.

Carlo, quien ya había dado a su jefe el tiempo suficiente para que se pusiera a salvo, empujó con todas sus fuerzas al confesor del Papa. Fratelli para evitar caerse, tal vez por ese instinto de preservación que el ser humano trae en sus genes, buscó un punto de apoyo en el cuerpo del jesuita. Era lo que el cardenal Sabatini necesitaba para correr tan rápido como sus pies pudieran y perderse en el laberinto de escaleras con que cuenta el Palacio Apostólico.

Sebastián Rodríguez, aceptó una nueva derrota e intentó tranquilizar a monseñor Fratelli. Cuando lo consiguió se trasladaron a su despacho, donde el sacerdote fue conociendo uno a uno los detalles; gracias a tener en sus propias manos las evidencias que el argentino había reunido sobre su compatriota.

—Esto es lo más increíble que he visto en mi vida —dijo Fratelli.

—Lo entiendo porque a mí me costó creerlo, tanto como a usted.

— ¿Qué hacemos ahora?

—En principio despertar al cardenal Secretario de Estado.

Rafael Ferrara tenía listo un plan de contingencia desde que supo que Kronemberg estaba muerto. Carlo le daría algo de tiempo. Recorrió con premura la distancia que lo separaba de «La Torre De los Vientos.» Natalia y Amelia dormían en la habitación contigua al laboratorio. Tardó menos de un minuto en activar el explosivo que se alojaba en uno de los rincones a la espera de este momento. Lo siguiente que hizo fue ir en busca de las mujeres. Las despertó y les anunció:

—Todo se acabó. Ya saben qué hacer.

La mujer que lo había amado toda la vida y Natalia, como soldados respondiendo a años de entrenamiento, se pusieron en acción.

Minutos más tarde Rafael Ferrara atravesaba la Puerta Angélica, una de las salidas del Vaticano, vistiendo la clásica sotana negra y el enorme sombrero que usan los sacerdotes en Roma. El guardia dormía en la garita de seguridad, con un gastado ejemplar de Carrie entre las manos. A modo de despedida de la ciudad que lo había cobijado por tanto tiempo dijo en dirección al centinela:

—Te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, Amén.

El que fuera hasta hoy, amo y señor de la ciudad más reservada de la tierra se confundió con la noche.

La cantidad de Sentex utilizada fue suficiente para que las ocho habitaciones que se elevaban en la parte más alta del más poderoso y pequeño Estado de la tierra, dejara de existir.

La revolución que siguió al estallido, el desconcierto, el miedo, los gritos, el llanto, las corridas y las incontables preguntas sin respuesta, posibilitaron que la amante y la hermana de Rafael Ferrara, con su apariencia de monjas, transitaran sin interferencias el pasillo de ciento sesenta metros que va desde el Vaticano hasta el castillo de Sant’ Angelo, que se conoce como: tierra de nadie.

Continuará…