Y…, ¿qué tal la pesca? | Cuarta parte

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“El océano es más antiguo que las montañas y está cargado con los recuerdos y con los sueños del tiempo
H.P Lovecraft.”

***

En ocasiones el límite entre lo real y lo imaginario se vuelve tan fino y difuso que es imposible definir si lo que estamos viendo es tangible o intangible. Nuestros tres personajes yacían ubicados uno en cada extremo, y otro en el medio, para intentar mantener el centro de gravedad de la balsa; que era envestido por criaturas nunca antes vistas por el hombre, o al menos algún hombre vivo.

Julián, que era el que se encontraba en el medio, se estremecía ante las imágenes que sus globos oculares traducían como imágenes nítidas en su hipotálamo. Miles de tentáculos se movían como en una orgía de serpientes. El color de estos tentáculos era verdusco con sus extremos amarillentos. Miles de incisivos nacían de lo que se podía denominar como ventosas; miles y miles de dientes se veían en esas fosas, tan grandes que eran capaces de engullir a un hombre sin ningún problema. La oscuridad de ellas generaba un abismo que parecía hipnotizar a los ocupantes de la balsa, tentándolos a saltar y terminar rápidamente con el suplicio en el que se veían envueltos.

Las ventosas se abrían y se cerraban como una planta carnívora que atrapa una mosca; pues, los chicos sin darse cuenta, habían alimentado a la bestia del abismo con carne podrida que parecía encantarle.

El festín duró aproximadamente veinte minutos, en los que, el agua tan dura como el cemento, habían cambiado rotundamente de consistencia y ahora se asemejaba más a una gelatina.

Sin embargo, el horror másgrande aún no llegaba, todavía quedaba lo peor. Cuando los pescados se terminaron; “eso” comenzó a abrir ojos enormes y rojizos donde estaban las ventosas; un líquido morado se desprendía de estos ojos y el agua alrededor de ellos parecía querer hervir.

La anatomía del animal era un misterio espeluznante e interesante. Juan Carlos se vio atrapado por el mórbido encanto que estos generaban. El joven estaba fascinado:― “¿cómo era posible semejante deformidad? ―pensó, mientras que se agachaba cada vez más sobre el borde del pequeño bote.

Mateo, que también se sentía hipnotizado, pudo notar que lo que su amigo se estaba acercando cada vez al agua y como era atraído. Comprendió, entonces, que el hambre de la bestia no se había saciado y que ahora estaba buscando el postre.

La cara de Juan Carlos ya se encontraba a solo quince centímetros del agua. Lo único que pudo percibir, además de los ojos rojizos, era el intenso olor a algo corrosivo, como si se tratara de algún acido poderoso.

De un momento a otro, la criatura se quedó quieta, y el agua inmediatamente se endureció. Juan Carlos seguían en su posición sin poder comprender porque no podía moverse. Se sentía envuelto en lo que parecían ser lazos firmes e invisibles. Solo un ojo, el más grande de todos, estaba abierto; mirando la profundidad del alma de Juan Carlos.

Mateo y Julián, que también compartían la condición de Juan Carlos, pero en menor medida, eran espectadores de una escena macabra, que parecía ser ni más ni menos que un depredador a punto de cazar a su presa. Entonces, el ojo se convirtió en una boca llena de dientes puntiagudos de más de treinta centímetros, y uno de los tentáculos salió de agua con una velocidad abismal y se dirigía velozmente a Juan Carlos por su espalda…

Por suerte, Mateo logró reaccionar y, arrojándose, quitó a su amigo del camino del tentáculo. Un segundo después, Mateo giró sobre sobre Juan Carlos con el cuchillo que usó para limpiar los pescados y, casi sin pensar en lo que hacía, clavó el puñal en una de las fauces más pequeñas. Un poco de la saliva cayó sobre su mano. Está se tornó rojiza y comenzó a arder inmediatamente. El ácido de la boca se vertió también sobre el bote y este comenzó a deshacerse. Los chicos se miraron envueltos en pánico y desesperación cuando vieron que el agua se colaba desde la parte inferior del bote asemejando la misma consistencia del aceite.

Continuará…

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