¿Él, ella o a medias?

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Cierta mañana, a eso de las once, en un break del trabajo, salí con mi compañero Daniel a tomar un café. No quedó establecido de ante mano quién invitaba a quién, surgió naturalmente de parte suya con un “¿tomamos un café?”. En tiempos de equidad de género, al momento de pagar, no dudé en sacar mi billetera, y como si el ademán lo hubiese ofendido, me detuvo en seco, “ni se te ocurra, Lola, yo invito”, por lo que guardé la billetera sin insistir. “Gracias, Dani, la próxima invito yo”, le agradecí el gesto, permitiéndole que pagara si así lo deseaba. No iba a ser yo quien le hiciera romper con su caballerosa costumbre de correr con los gastos, ni mucho menos cerrarme a su deseo. Ninguno de los dos sintió incomodidad, ni juzgó al otro. No pensé que fuera machista, o se sintiera obligado a pagar. Ni él que yo fuera una desconsiderada al dejarme invitar. El momento fluyó con la comodidad propia de dos que disfrutan del encuentro, totalmente despreocupados por banalidades.

Vale aclarar que la invitación no fue de índole romántica, sino un café entre amigos. Que el hombre pague es una vieja costumbre que aún persiste, que no siempre tiene que ver con seducir. No se es gentil únicamente en plan de conquista. Sin dudas es un gesto de amabilidad y educación por parte de ellos, como si les perteneciera. Y da la impresión, incluso, que les place hacerlo. En cuanto a nosotras, para qué negarlo, cuando sentimos que el gesto es genuino, lo apreciamos y nos sentimos halagadas al ser invitadas. Claro que cada vez van apareciendo más hombres y mujeres, sobre todo de las nuevas generaciones, que prefieren que cada quien pague su parte.

Pero analicemos el asunto cuando se trata de una primera salida romántica. ¿Cuándo y por qué, comenzó a cuestionarse sobre quién debe pagar la cuenta? No hay que pensar mucho la respuesta. Si hay un rasgo social que destaca en estas épocas, ese es quejarse por todo, dejarse llevar por las hordas revolucionarias modernas y romper con las costumbres, incluso con las buenas, e imponer cambios, aun si estos sirvieran sólo para complicar la vida, no importa, la cuestión es obedecer las ideologías de moda, por el capricho de querer igualar roles de género, por conveniencia, o por cuanta idiotez sea.

¿Él, ella o a medias? Depende de muchos factores. Pero nunca debería relacionarse con la equidad de géneros, sino con los valores, la educación, y sobre todo con el deseo de cada uno.

Si nos referimos a lo económico, las posibilidades de ambos generalmente son visibles, por lo que cada uno sabe cuándo es conveniente ser considerado y contribuir con los gastos. Pero, aunque las épocas de crisis obliguen a ajustarse, siempre es preferible optar por un café, o lugares de módico precio si se desea invitar a alguien.

Pensar que las costumbres establecidas son anticuadas y rígidas, y deberían ir cambiando o volverse más flexibles, es bastante acertado, pero sólo hasta cierto punto. En el trato de igual a igual, como pretenden los de mirada progresista, no hay atracción posible. No digo que los hombres deban comportarse como caballeros del siglo XIX, y que las mujeres nunca los invitemos y demos por sentado que ellos deben correr siempre con los gastos. Los códigos de seducción se han ido reconfigurando con el tiempo, y está muy bien. Pero hay algunas normas de antaño, que continúan haciendo la vida más fácil, favoreciendo a los vínculos, y que además nos hacen sentir cómodos. Por ejemplo, “el que invita paga”, es una de las pautas que brindan soluciones y que no debiera discutirse.

Como si las relaciones no fueran de por sí complejas, hay quienes se encargan, por pura pasión, de complicar más las cosas. El foco del conflicto parece ser la vieja costumbre de que el hombre pague la cuenta en la primera salida. Existen cuestionamientos bastantes retorcidos, como pensar que lejos de ser una gentileza, es un acto machista de su parte. Incluso hay quienes opinan que la mujer que acepta la invitación es una aprovechadora e interesada. Vaya uno a saber los traumas no resueltos que tendrán para razonar así. Hay mujeres mal pensantes que dicen no aceptar nunca que las inviten en la primera salida, porque dan por hecho de que el hombre desea algo a cambio. Es cierto, los miserables pululan por todos lados, incluso hay de esos ruines que al programar una salida, nos indagan sobre las posibilidades de sexo, ya que de eso depende la elección del lugar y de cuánto estén dispuestos a invertir. Pero no podemos pensar que todos los hombres son así, está en nosotras reconocer a los tipos de buenas intenciones e inteligentes, esos que tienen confianza en sí mismos, y comprenden que el pago de la cuenta es totalmente independiente de lo que pueda pasar más allá del café o la cena, y que para muchas mujeres, a pesar de haberlo pasado bien y haber aceptado la invitación, podría no ser el momento todavía para un encuentro sexual.

Las mujeres estamos dotadas de un gran sentido de intuición, y en cada gesto del hombre desciframos un mensaje. Por lo que olemos de ante mano, cuando un hombre se siente obligado a pagar o lo hace porque le place. En el primer caso insistiremos en pagar a medias. Y es también, gracias a la intuición que nos damos cuenta cuando tenemos enfrente a uno de esos miserables, que cree que el hecho de pagar la cuenta lo habilita a “cobrarnos en especie”, como si fuera un arma de dominación, o nos estuviese comprando. Las mujeres autosuficientes y seguras de sí mismas, nunca nos sentimos presionadas ante estos infames, sabemos que no estamos en deuda, por lo que resolvemos el asunto al instante, descartamos cualquier plan sexual y, en lo posible, pagamos la totalidad de la cuenta, para dejar bien en claro que no estamos obligadas a nada, que no valemos una cena, ni un trago, ni lo que fuere, y no queremos volver a verlos. Este tipo de hombres de mente primitiva, deberían procurar salir con sumisas, de esas que sienten culpa, que creen que están en deuda y deciden condescender, de lo contrario su índice coital en esta primera fase será de escaso a nulo. Es importante subrayar que ninguna mujer está obligada a hacer nada que no desee.

La primera salida romántica es siempre una ocasión especial, y las primeras impresiones suelen ser reveladoras. Entran en juego muchos factores de los que dependerá un encuentro íntimo o una próxima salida. Aunque les pese a muchos varones, la gran mayoría de las mujeres, cuando un hombre nos gusta y por fin nos ha invitado a salir, apreciamos que sea él quien se ofrezca a pagar, no por desconsideradas, sino por el mensaje que nos está dando. Por más igualitarios que queramos ser, no podemos negar el peso de la cultura. Somos entidades con historia. Por lo tanto, si bien no hay nada escrito, y a pesar de las nuevas formas de conquista, hay ciertos gestos y actitudes que ya vienen con una carga de significado. Hemos aprendido que cuando el hombre nos invita, y tiene la iniciativa por pagar porque le nace hacerlo, es signo de respeto y forma parte de los códigos infalibles de seducción, es un gesto que demuestra interés, que lo ha pasado bien y que le gustaría volver a vernos. Y la mujer que acepta, está diciendo lo mismo, más allá de respetar el deseo del otro, dejando abierta la puerta para un próximo encuentro, en el que puede ser ella la que invite.

¿Existe algo más antirromántico que ponerse a dividir la cuenta? No sé ustedes, pero antes de que el susodicho termine de hacer el cálculo mental, yo ya planté sobre la mesa la plata del total. Lo menos que queremos las mujeres, es lidiar con alguien que tenga un cocodrilo en el bolsillo. El tacaño no es buen compañero, suele ser muy aburrido. La mezquindad siempre rompe el encanto y es muy probable que la partida esté perdida.

Pero, ¿qué piensan los hombres cuando es la mujer quien insiste en pagar a medias? Un buen amigo me contó que nosotras deberíamos saber que los hombres se sienten animales con raciocinio y el hecho de que ellos paguen, más allá de su necesidad de demostrar interés, es un agasajo que el varón ofrece a una mujer que lo halaga al haber aceptado la invitación, al compartir su tiempo con él, oyéndolo y contándole sus cosas. Y que si ella no se lo permite e insiste en pagar su parte, es muy frustrante, ya que siente que no le cayó bien y que no está interesada en volver a salir.

Vivimos en una época plagada de ambigüedades, ya que la lucha por la igualdad de género traspasa todos los ámbitos. Los conceptos de igualdad han sido muy mal interpretados, lo cual impacta de forma negativa en las relaciones, afectando los modos de acercamiento. Hay tanta confusión y sensibilidad, que cualquier gesto de gentileza por parte del hombre puede ser leído como un acto machista. La equidad de géneros no supone igualdad de roles como muchos piensan. El trato debe ser respetuoso, no igualitario. Hombres y mujeres seducimos de distintas maneras. Y es justo ahí donde reside la atracción. Querer igualar forzosamente los roles y librarse de los rasgos que nos caracterizan a cada uno, podría generar desconcierto, culpa, incomodidad y desinterés en el otro.

En este tipo de encuentros, en los que la seducción es la protagonista, cada detalle que se pone en juego es revelador, incluso la ropa que elegimos, el perfume, las actitudes, son sutiles lenguajes de los que nos valemos para enamorar, todo lo que hacemos habla de nosotros, y hay ciertos gestos añejos que siguen dando calidad al encuentro, y otros hacen que la relación muera antes de empezar.

Lo importante es ser honestos y hacer lo que deseamos, actuar con naturalidad, sin presiones, disfrutar del encuentro y despreocuparnos por algo tan banal como es pagar la cuenta. Y si el otro se ofendió, tal vez sea sensato aceptar que no ha habido feeling y probablemente no lo habrá.

Intentemos recuperar gentilezas mutuas y honestas, formas de seducción sanas donde no encuentre lugar ningún tipo de sometimiento e influyan satisfactoriamente en el ánimo del otro. Quizás de esa manera sea mucho más probable lograr una conexión y se pase a una segunda instancia más íntima.

Hay que quitarle dramatismo al asunto y dejar las imbecilidades de lado, no vaya a ser cosa que de tanto abuso de los roles modernos de género, se cumpla lo que la ciencia viene anticipando, y en el 2030 no cojamos más.