A la ciudad y al mundo | Parte 29

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Capítulo cincuenta y siete

Millones de católicos en todo el mundo reciben la noticia: el Papa Rafael acaba de morir.

Siendo en Roma la una de la tarde doblan las campanas fúnebres, desde El Arco de las Campanas. No ha sucedido como en anteriores oportunidades, en donde los fieles conocen que la persona que posee las facultades de Cristo en la tierra agoniza y se vuelcan a la plaza para hacerle sentir su presencia. La mala nueva toma por sorpresa a todos, con excepción de los más allegados al Santo Padre, es por eso que la Plaza de San Pedro no muestra la clásica imagen de muchedumbre que los medios suelen esparcir por los cinco continentes.

Según lo relatan las últimas informaciones, el Obispo de Roma padecía un cáncer de estómago, detectado en el último año. Se decía además que Rafael había pedido a su médico personal, el español Pedro Navarro Vázquez, y a su equipo de colaboradores, que no trascendiera la noticia de su estado de salud, sobre todo para evitar que los ancianos padres del Papa, sufrieran tan duro golpe. De manera extraoficial se hablaba de la instalación de una sofisticada unidad de tratamiento dentro de la Ciudad Secreta, se creía que el sitio elegido para montar dicho emprendimiento había sido lo que se conoce como: La Torre de los Vientos.

Las exequias del Santo Padre se celebrarán durante nueve días consecutivos. Se oficiarán nueve misas y se le darán nueve absoluciones. Se espera la presencia de gran número de personalidades mundiales. Con posterioridad, entre el día onceavo y el vigésimo se reunirá un nuevo cónclave para elegir una vez más en menos de tres años a una nueva persona que tendrá la misión de regir los destinos de la Santa Madre Iglesia. Hasta que todos los cardenales aptos para escoger un sucesor llegarán para participar del cónclave y el encuentro con llave haya terminado, el gobierno de la Santa Sede quedaría en las manos del cardenal Camarlengo y de la Cámara Apostólica.

La Entidad había puesto en marcha una operación cerrojo para dar con el paradero de Rafael Ferrara.

Los sobrevivientes del servicio secreto del Vaticano, tenían una sola misión en la vida, encontrar a Iscariote, como se había bautizado intramuros la cacería del último Santo Padre.

Quien lograra ubicar al objetivo, debía manejarse con suma cautela. No perderlo de vista e informar de inmediato a Sebastián Rodríguez.

Benjamín Harris, un norteamericano de treinta años y escaso cabello rubio, muy afecto a levantar pesas, pasear en bicicleta y comer golosinas. Llevaba ya tres meses en la Argentina.

Recibía una asignación, que le hubiera permitido, de haberlo querido, vivir en la ciudad a todo lujo, pero prefirió alquilar un mono ambiente modesto, alejado del centro, que le aseguraba poder ahorrar la mitad del salario.

Había nacido pobre. Hijo de un policía de la vieja escuela, que le enseño todo lo que tenía que saber para convertirse en un ciudadano honesto.

A los veinte años, un año después de que su padre fuera abatido en un tiroteo en Brooklyn, se disponía a continuar con la tradición familiar. No había sido, y qué duda cabía, el mejor en la academia, pero como siempre le decía el sargento Patterson, un irlandés pelirrojo, que no se reía ni con el mejor los chistes:

—Hace más el que quiere, que el que puede.

Ben como lo llamaban, cargó sobre la espalda con la leyenda que su padre había edificado. Fue destinado al precinto quince y no se le trató de manera especial. Era uno más.

No supo cómo y se encontró en una cama de hospital con dos balas en la pierna derecha que ponían fin a cinco años de servicio. Sus días de proteger y servir, no habían sido del todo malos, pero buscaba algo más.

La temporada en el hospital le fue muy útil. Se podría decir que se trató de un rito de iniciación. En ese lugar de paredes pintadas de verde manzana y olor a hospital, porque no había ninguna otra manera de denominar el peculiar aroma que cualquiera que ha caminado los pasillos de sitios como ese conoce, adquirió el gusto por las pesas, la bicicleta y las golosinas.

El establecimiento se llamaba Centro Médico Alphonse Capriatti. Allí se cruzó con el que haría que su destino cambiara hasta límites impensados para el hijo de un policía de la ciudad de Nueva York. Era un muchacho alegre de un cabello negro casi azul como el que aparece en algunos personajes de las revistas de comics que devoraba por toneladas. Se llamaba Paul Cappriatti, había sido atropellado por un conductor que no se preocupó, por saber si estaba todavía vivo o había muerto ahí tirado en el asfalto.

Se rehabilitaba, con prisa y sin pausa. Desde hacía varias semanas unas muletas lo acompañaban en su andar.

Paul, era hijo de Robert Capriatti, el propietario de la clínica y uno de los más importantes jefes de la mafia de la costa este de Estados Unidos.

Robert Capriatti era amado por todos. En la última década dejó de preocuparse por incrementar su fortuna. Otros, los que lo amaban, lo hacían por él.

A Don Capriatti le interesaba un solo asunto, destruir a la familia Ferrara, en especial al Papa Ferrara.

Ben Harris vivía en Mendoza, cuando los católicos de todas partes comenzaron a llorar al Papa Tranquilo. Eso quería decir que las vacaciones habían terminado. Aunque parecía algo tan poco probable como razonable que Rafael hiciera contacto con los suyos, al menos por el momento; había tomado la precaución de pinchar el teléfono de la casa en El Challao. La escucha estaba bajo la supervisión de un experto que antes de ser reclutado para unirse a los Capriatti, cobraba un salario tan exiguo como sus deseos de seguir trabajando, en la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos. Además un grupo conformado por siete hombres y cinco mujeres permanecía cerca de cada uno de los ocupantes de la casa que la abandonaban a cualquier hora de día o de noche.

El neoyorquino necesitaba que la suerte lo acompañase, por lo menos en una dosis mínima, de lo contrario no creía posible poder cumplir con éxito la tarea que le habían encomendado.

Terminó de tomar la segunda cerveza, le sonrió a la chica que lo atendía, una verdadera escultura y luego de dejar una buena propina, se alejó caminando por la peatonal Sarmiento en dirección a la plaza Independencia, la plaza mayor de la capital provincial.

En la recorrida por la plaza visitó algunos puestos que le ofrecían artesanías. No compró nada, solo se ocupó de pasear. Fue con ese ánimo de andar sin apuro como suelen hacerlo los que nada tienen para hacer más importante que andar sin apuro, que llegó hasta el Museo Municipal de Arte Moderno. Bajó los escasos peldaños de piedra que lo distanciaban de la entrada y se detuvo a contemplar los varios afiches que anunciaban eventos. Hubo uno en particular que le atrajo por encima del resto. Se trataba de un afiche de dimensiones bastante pretenciosas, en blanco y negro. Prometía un concierto de jazz para todos los domingos a las veinte horas.

El Sosias, leyó. No pudo evitar sentir curiosidad. ¿Qué había en esa música que cautivaba a tanta gente? La había oído hasta el hartazgo en las calles de su ciudad natal, la que según decían era considerada la capital mundial del jazz. No le parecía nada extraordinario, aunque para ser honesto, debía reconocer que oír no era lo mismo que escuchar.

Por lo que había leído, sabía que Rafael Ferrara era loco por este estilo musical. Como no tenía nada que hacer más que estar atento por las dudas y ni siquiera estaba seguro que fuera a ocurrir algo. Se prometió volver el domingo para oír la propuesta y por primera vez escuchar jazz.

Capítulo cincuenta y ocho

—Volví a ganar —anunció eufórico Paul Capriatti quien había aprendido a jugar al básquet como un profesional sentado en una silla de ruedas.

—Si sigo haciéndote caso, me vas a dejar en la ruina. —Se lamentó Ben Harris, entregándole otro billete de veinte dólares.

—Eso no es problema. Estoy harto de decirte que con nosotros siempre vas a tener un empleo esperando.

—Es bueno saberlo…muy bueno —exclamó Ben como si pensara en voz alta.

Lanzó la pelota hacia el tablero, pero ésta no llegó a destino y fue a estrellarse en la pared del gimnasio.

El inepto jugador iba a tener una larga y dichosa vida. Se casaría con una mujer bella y alegre, que lo amaría con la misma voracidad hasta el fin. Que le daría tres hijos, Benjamín, Paul, al que siempre nombrarían Paulie y Robert. Sería un abuelo complaciente de sus siete nietos, cinco niñas y dos niños. Haría una carrera dentro de la familia Capriatti. Llegaría a ser, a pesar de no tener un centímetro cúbico de sangre italiana, el Consiglieri de la organización bajo el reinado de Paul Capriatti. Moriría en su casa, en su cama rodeado de familiares y amigos. En toda su existencia de más de ocho décadas se haría de una enorme bolsa de recuerdos, felices y no tanto, buenos y no tanto; pero los que en los días en que se sentaba en el jardín a ver jugar a los nietos o a leer alguna novela, lo visitaban más a menudo eran siempre los mismos. Esos mismos recuerdos que le poblaron la mente segundos antes de cerrar los ojos y aflojar la presión de la mano de Debby, su esposa, por última vez. El primero lo transportaba a las buenas épocas en las que se recuperaba en el hospital y conoció a Paul Capriatti, quien nunca logró hacerlo jugar un partido decente de básquet. El segundo tenía que ver con los días en los que visitó Argentina.

Continuará…