A la ciudad y al mundo | Parte 30

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Capítulo cincuenta y nueve

—Le ruego que me disculpe, señorita. Estoy muy ocupado — declaró Robert Capriatti.

—La propuesta que traigo le resultará interesante. Se lo aseguro, Don Capriatti.

—Señorita, déjeme decirle que siento sincero respeto y aprecio tanto por su padre como por su tío. He realizado negocios en el pasado con ellos y no tengo nada que decir en su contra…

Natalia escuchaba con la misma atención que antes lo había hecho con los profesores que la formaron.

Capriatti seguía argumentando:

—…Me han llegado algunos rumores de lo que el cardenal, su hermano, pretende hacer y déjeme decirle —ésta era su muletilla preferida—, lo considero un sacrilegio.

Don Capriatti, un católico cuya práctica fervorosa le había valido ser recibido en dos oportunidades por Juan Pablo II, quien lo llamaba Caro Amici; contribuía al óbolo de San Pedro con una suma millonaria años tras año.

El tono del mafioso, nacido en Palermo, Sicilia, se mantenía mesurado. Sus ojos en cambio escupían fuego.

—…Todos nosotros pretendemos poder. Estamos en esto por el poder. Pero en el mundo existen ciertas cosas que no se tocan, son sagradas. La Santa Madre Iglesia es una de ellas y Su Santidad es Dios en la tierra.

La menor de los Ferrara no malgastó un solo minuto más de su tiempo. Tras despedirse de Don Capriatti, tachó su nombre de la lista. Algunas horas después se reunía con la segunda de las familias de Nueva York, cuya figura central era Michael Conti.

—El maldito lo consiguió —gritaba fuera de sí, Robert Capriatti—. No voy a permitírselo, Señor. Te prometo que aunque esto me lleve el resto de mi vida, voy a impedir que logre su cometido.

Tan sentida profecía salía de la boca de una persona que se había vuelto más que millonario llevando adelante una versión mejorada de la recordada: asesinato S A.

El servicio que la familia Capriatti brindaba era costoso, pero un costo muy justo si se tenía en cuenta que la efectividad era en todos los casos del cien por cien y no quedaba ni un solo e insignificante rastro que la policía o alguno de esos detectives privados que creían saberlo todo pudieran seguir.

El asesinato era la principal fuente de ingresos, pero de ninguna manera la única. La organización Capriatti metía sus cubiertos en el plato de la piratería del asfalto: dedicada al saqueo de pieles, ropas finas, artículos para el hogar en toda su extensa gama y productos informáticos.

La prostitución, las apuestas y las drogas estaban bajo el halo de los Conti.

El mismo día que Don Capriatti se enteró que Rafael Ferrara era el nuevo Papa, su hijo, Paul, dejaba el hospital.

La primera impresión, la que contaba para él, que se formó del amigo que Paul trajo a casa fue buena. El cambio drástico se suscitó al enterarse que se trataba de un policía. Lo que terminó de modificar aquella sensación de simpatía que experimentara en un comienzo, fue saber que su hijo, a quien hasta hoy había considerado como alguien inteligente, había cometido el error de hablar de los asuntos de la familia con un extraño.

—Confió en Ben, como confió en mi propio padre —dijo Paul.

Benjamín Harris se atrevió a intervenir en defensa de su amigo.

—Con todo respeto, Don Capriatti —fueron sus primeras palabras. Sabía por Paul que no debía llamarlo señor —quisiera que supiera que los días en el hospital se hacen largos y aburridos y los temas de conversación se acaban. Por eso comenzamos a hablar del pasado y de nuestras familias. Si usted me acepta pronto sabrá que no ha tomado una decisión equivocada, se lo aseguro.

Robert Capriatti, tenía que reconocer que el muchacho conocía el respeto y además se expresaba con mucha corrección. Haciendo honor a la regla que lo llevara a ser quien era, se dejó guiar por la primera impresión. También tenía que ser justo con Paul, quien era sin dudas un hombre de respeto, que había obrado como se esperaba tanto en los tiempos de paz como cuando hubo guerra entre familias. Si los Capriatti habían sobrevivido; mucho tenía que ver Paul en eso.

Robert Capriatti tenía la seguridad de que su único hijo llegaría a ser mucho más amado y respetado de lo que lo había sido él. Se tragó con la ayuda de mucha saliva, sus temores sobre como un hijo de ingleses podría ser alguien cualificado y tres años más tarde, se felicitó por haberlo hecho y por haber accedido al pedido de Paul, para que Ben se hiciera cargo de comandar a la gente que viajaría a la Argentina.

Capítulo sesenta

Una vez que abandonara la ciudad en la que viviera dieciocho años, Rafael Ferrara, debía caminar cerca de mil cuatrocientos metros. Se movía sin ninguna prisa por la Vía Aurelia y el punto final lo encontraría en los alrededores de la Piazza Navona. Aunque todavía no se había tomado el tiempo para reflexionar, debido a la rapidez con que se desarrollaron los hechos que concluyeron con su fuga, sabía muy bien que extrañaría hasta el dolor corporal todo aquello que estaba, a cada paso, dejando más y más lejos. Como era lógico existía un plan por si las cosas se salían de carril, pero hubiera preferido no haber precisado servirse de él.

En el último contacto que había tenido con sus socios en todo el mundo, se decidió que, el Papa argentino, se comunicaría cada tres días; el propósito era mantener a todos los jefes al corriente de lo que Rafael estaba haciendo para solucionar los problemas que habían empañado la exitosa Urbi et Orbi.

En caso de que esto no ocurriera, las familias tenían instrucciones rigurosas de hacer que las farmacias corrieran la misma suerte que la Torre de los Vientos, el método debía ser distinto, no se utilizarían explosivos plásticos, se recurriría al poder curativo del fuego y las compañías de seguros harían el resto.

Después de todo no tenían de que quejarse. La peor parte le había tocado a él, reflexionó Rafael Ferrara.

Pisaba los últimos cien metros de adoquines y por primera vez apuró el paso. Un minuto y ahí estaba, un Fiat Europa azul que antes había ostentado la patente SCV 197 y ahora lucía una chapa romana. Introdujo la llave en la cerradura, la puerta se abrió. Se acomodó detrás del volante. Colocó la llave en el contacto y la hizo girar, el auto se sacudió un poco, tosió otro poco y por fin arrancó.

—Las ventajas de tener un buen plan de escape. —Se felicitó en voz alta.

Manejaba con cautela, respetando la velocidad permitida para transitar las calles estrechas y ondulantes, rodeadas de modernos edificios. Mientras contemplaba la enorme variedad de cafés, siempre llenos de gente; disfrutaba, gracias a un reproductor de discos compactos, de una versión de: My Romance, interpretada por Bill Evans y sus hábiles secuaces, al contrabajo y la batería.

En unos días más, ya sin tener que tomar ningún recaudo, estaría con Amelia. Tal vez y si la suerte los acompañaba, aún podrían disfrutar muchos años de buena vida juntos. A ella le hubiese encantado darle muchos hijos, pero resignó todo por seguirlo hasta el tercer piso del Palacio Apostólico. Había llegado el tiempo de saldar tan cuantiosa deuda. Confiaba en que Natalia y Carlo tuvieran también una oportunidad para ser felices.

Una fila de vehículos detenidos, lo obligó a hacer lo mismo. A escasos cincuenta metros de donde se encontraba; un carabinero revisaba la documentación de un Volvo de color gris. Intentó retroceder. Era demasiado tarde, varios autos aumentaban la línea metálica por detrás del Fiat. Pensó en abandonar el coche y continuar a pie, la mejor manera de moverse en la ciudad de las siete colinas; después de todo el destino final estaba a un tiro de piedra. Ya había tomado la decisión y abierto la puerta, cuando cuatro o cinco haces de luz que se escapaban de linternas, se desparramaron por doquier. No era sólo un policía o dos, eran muchos más y los acompañaban perros que ladraban a coro como si los animales, le estuvieran advirtiendo que corría peligro.

¿Sería posible que la explosión hubiera desencadenado tal despliegue?¿ Sería posible que, en contra de todas sus estimaciones la Ciudad Secreta no haya podido mantener lo acontecido puertas adentro?¿ Sería posible que Rodríguez, hubiera dado intervención a las autoridades? No, eso era tan factible como que el Fiat se saliera de la fila, elevándose cual un helicóptero. Desistió de huir a pie, prefirió esperar. Algo se le ocurría, siempre era así. No se había pasado la vida persiguiendo un sueño para terminar en manos de un policía estúpido.

Continuará…