Piter el Pez

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Estaba recostado en la cama mirando por la ventana como un par de palomas me miraban desde la antena  de enfrente. A un molesto e insistente costado de mi cuerpo estaba el celular apagado, al cual me forzaba por no agarrar. En frente de la cama la computadora con el procesador de texto abierto. Tenía un pendiente.

Hasta hace unos meses su pieza era escenario de escabrosas proezas sexuales. La vida era maravillosa, hasta que se le acabaron lo frasquitos. Ahora el presente transcurría lánguido y vacío.

De vez en cuando le llegaba algún mensaje de sus eventuales partenaires, pero no tenía como responder a los recuerdos y expectativas. Es decir, las minas se acordaban de lo bien que la pasaron, pero ahora no tenía como lograrlo.

Me levanté y abrí el ropero. Había una pequeña caja, al fondo, debajo del caos, donde guardaba los envases vacíos del elixir. Alguno tendría que tener algún resto. La abrió, revolvió. Nada. Luego decidió sacar todo. Quizás se habría traspapelado algún resto de la poción.

En media hora de vaciar y llenar la habitación de un universo de locuras, vio en el fondo del placard, medio metido en un hueco de la pared un cartón de cigarrillos Parisienne.

¡Que cosa extraña! Hacía casi una década que no fumaba. Y no era de la marca acostumbrada. Y menos un cartón.

Y me vino el flash de la memoria. Lo metí en el bolso y salí a la calle. Tuvieron un destinatario, y salí a entregárselo. Y podría encontrar la punta del ovillo para volver a encontrarse con el proveedor de las feromonas.

En su periplo llegó hasta el lago del parque. Setiembre. Avanzada la tarde. El calor daba una tibieza confortable. El paisaje de los árboles. El agua. Y Alguna corredora ocasional.

Me senté en una banca de cara al lago. De pronto:

— Por fin volviste ¿me lo trajiste?

Reconcí la voz. Venía del agua. Hice como si no hubiese escuchado nada.

— Dejá de hacerte el boludo. ¿Lo trajiste?

Miré hacia la superficie. Su mirada se encontró con la de un pez.

Hace unos años, cuando exploraba ciertas señales en los árboles que lo llevaron al Cerro Llorón, detrás del anfiteatro, esa criatura, de nombre Piter, lo había increpado al tratar de levantar unos papeles del borde del lago.

—Piter. Te recuerdo.

— ¿Lo trajiste?

— Me olvidé, Piter.

— Falluto. Voy a hacer correr la voz. Te van a buscar.

— Es raro, porque nunca olvido pagar un favor.— disimuló haciéndose el superado.

— Pero te olvidaste de traerlo.

A la vez que el casi metro y medio de escurridiza figura se sumergía en las oscuras aguas del lago, recordé aquellos días: recibí mediante un sobre por debajo de la puerta una carta escrita en papel aluminio con letras azules. Me pedían localizara una señal en la Plaza San Martín. De allí salté a la Plaza Independencia. Otra indicación en las palmeras de los Portones del Parque. Tratando de levantar un bollo arrugado de papel aluminio de unos de los árboles que tocaban el agua del lago, fue cuando Piter me abordó. Me ahorró un largo zigzagueo.

— Te quieren hacer llegar al Cerro El Llorón, previo llamar la atención de varios sicarios.

Los sicarios eran ciertas ratas sobre alimentadas que vigilaban que todo fuese normal. Así como cualquier ser humano curioso que investigara fenómenos que señalaran las otras razas de criaturas que sub habitaban Mendoza. El Status Qúo era sagrado para ellos.

Piter el Pez tenía el desagradable hábito de fumar. Toda vez que intentó pedirle a algún ocasional paseante, salían espantados o intentaban pescarlo.

La verdad es que no le sorprendía mucho el entretejido de especies animales en la ciudad. Había bandos, guerras, intrigas. Alguna que otra presencia extraterrestre en forma de alimañas que eran conjuradas por esa mala mezcla faunística urbana. Lo más extraño es que no todas constituían inteligencia. Dependía de la especie. En los peces, según me dijo Piter, el era el único del que tenía noticias. Las palomas, casi el cincuenta por ciento, pero de inteligencia limitada. Pero eran muy sociales, así que difícil de engañar. Las raras en las tortugas de agua. Hablaban casi en secreto, en algún idioma que nadie conocía, y poco. Porque de por sí eran violentas hasta entre sí. Los gatos apenas llegaban al uno por ciento, pero ese porcentaje permanecía camuflado. Por su principal enemigo.

— ¿Los perros?

— ¡¡Noooo!!, esos se pegaron mucho a ustedes. Son así. Tontos como ladrillos. Como los ven. Muy limitados. Estoy hablando de las ratas.

Tenían una sociedad estratificada. Muy pocos inteligentes, pero consientes en comunidad. Observaban y obtenían todo de la basura humana. De ellas supo de otras especies en otros lugares del mundo, como las ardillas. Pero peces. Nunca.

— Debo ser el primero… ¿me pregunto cómo debe ser coger con alguien inteligente? ¡Ni siquiera mis descendientes piensan!

Metido en sus recuerdos, notó que su interlocutor no se había movido del agua. Lo miraba con insistencia. Le dio pena.

Metió la mano en la mochila y sacó el cartón de cigarrillos. Se lo entregó junto con un encendedor. Piter salió casi hasta medio metro fuera del agua para tomar el pedido.

—¿Encontraste a la Reina?— me dijo mientras le prendía un cigarrillo. Ya se estaba haciendo de noche, y no se veía  a nadie circular por este lado del lago— Ahhhh, hace mucho que no sentía la sensación de lija en mis branquias. ¿la encontraste?.

— ¿Reina de qué?

Hizo una pitada profunda y largó el humo por las branquias.— la Reina de las ratas.

— Es cuando un montón de ratas quedan unidas por las colas y se mueven juntas… es el rey de la ratas.

— ¡¡Que asco!!, los humanos se fijan en cada cosa— tosió Piter mientras exhalaba otra pitada terminando el cigarrillo.— no, eso no. La Reina de las ratas apareció hace un tiempo, poco antes de que te viera por aquí. Albina, con una cabeza enorme, y el cuerpo que parece un gato. Una vez, se asomó al borde del lago. Se corrió la alarma en toda la comunidad del estanque. Hasta las tortugas se escondieron, y esas no le tienen miedo a nada. Cuando te apareciste por aquí, te guiaban hacia donde estaba ella…

— Te juro que es la primera vez que escucho hablar de ella. Mirá que conozco hasta el Elefante inteligente que está en el Pedemonte.

— Justamente. Según me llegó el comentario, lo quieren. No sé para qué.

— ¡Nunca se terminan las sorpresas!

— Uds. los humano no tienen ni idea lo que los rodea. Y últimamente la cosa se ha puesto más complicada. Parece como que algo está por pasar… lo último que sé es que anidó en un edificio a medio construir, cerca de una las plazas. Frente a una Iglesia. Le cagaron un poco la movida al ponerse a refaccionarlas, porque le taparon el acceso a las acequias, pero sigue preparándose. Juntan basura metálica. Además de seleccionar a los pericotes más fuertes y desarrollados. Como una guardia personal, o corte.

— ¿Para?

— No lo sé. Otro que me solía traer cigarrillos es un empleado de la municipalidad. Y también sabe de ella. Tiene un expediente en su casa, con los nidos, recorrido y donde se la avistó cada vez. Me dijo que no puede reproducirse como quisiera… ¡Le provoca asco a sus propias congéneres!.. casi como si vos te quisieras coger un mono. O yo una mojarrita.

— Aaah…— me acordé de la visita al Elefante en el pedemonte con los agentes.

— ¿Qué es lo que sabés? ¡Largá! ¡Desembuchá!— a un costado del pez se asomaron tres tortugas de agua de veinticinco centímetros de largo.

— El elefante es un comerciante de feromonas.

— ¿Qué es eso?

— Me dijiste que no puede reproducirse como ella quisiera, así que necesita de un estímulo. Y el elefante puede que lo tenga. A mí me dio unos frasquitos que me sirvieron unos meses. Te ponían como loco, y a la eventual pareja también. Pero se me acabaron.— Sentí un aleteo en el bajo junto con el de unas palomas alejarse. Espías, supongo.

— O sea, que si llegan a donde está el paquidermo estamos fritos. Se va a dejar trincar por cuanto roedor encuentre.

— Si. Pero me pregunto por qué no ha podido alcanzar el galpón. No tiene nada de seguridad.

— Te recomiendo que contactes al municipal. El sabe cómo acabar con la Reina. – Y me dijo el nombre.

Di la vuelta hacia mi departamento lo más rápido posible. Y encontré el revuelo de mi habitación, pero salpicado de plumas de paloma y materia fecal. Habían entrado. Busqué la tarjeta que me dejaron los agentes para llamarlos. La caja de lo frasquitos desgarrada a picotazos, y la mayoría partidos.

Cuando la encontré los llamé. Mientras sonaba el tono de espera un grupo de seis o siete palomas me miraban desde el edificio de enfrente. Hacía tiempo que le debía una visita al elefante, sobre todo desde que se me acabaron los frasquitos y el éxito con las mujeres. Pero había sido claro, no debía volver. La situación era ideal. Emergencia. Le cuento y le ayudo. Y me recompensa. Solo que ahora habían más involucrados. Piter era un bocón. Con tal de conseguir más cigarrillos esparciría la noticia de los frascos por todas partes. Se vendría el pandemónium.

— Agencia de Seguridad Moldes, Buenas Tardes.

— Hola. Soy Perez Grullo….

(Continuará)