La búsqueda | Parte 1

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Hacía un año y medio que se hablaban ininterrumpidamente, y todo estaba bien, pero aquella tarde Verónica recibió un mensaje extraño de Ramiro en su celular que decía “Vero, no voy a poder hablar con vos por unos días, me voy de viaje”

Ya se habían dicho de todo antes, que se amaban, se extrañaban y todos los días se daban los buenos días y las buenas noches.

¿A qué clase de lugar extraño él se iría? ¿Todavía existían en pleno 2019 lugares en donde no hubiese señal ni para mandar un mensaje de texto? Quizá debería tomárselo todo con más calma, y si bien las etiquetas en su relación no existían, ella se preocupaba por él, y quizá un poco demasiado.

Las cosas habían empezado por Instagram, hashtag va, mensaje viene, y de un momento para el otro se pasaron los números de teléfono para seguir vía WhatsApp, y de a poco entre ellos dos se fue creando un vínculo.

Ramiro vivía en Córdoba capital y Verónica en la ciudad de Mendoza, pero ambos ya habían ido a la provincia del otro y conocerse.

La primera vez él la fue a visitar, al mirarse por vez primera la atracción fue mutua, y aquella noche la pasaron juntos.

— Yo no pedí sentir esto que siento —le dijo ella cuando le confesó que lo amaba, hacían unos meses atrás. Pero ambos sabían que no podían arriesgarse a ponerse etiquetas, sino que decidieron que mejor era disfrutar del tiempo que pudiesen compartir juntos.

El viaje siguiente lo hizo ella, hasta Córdoba capital. Y aquel fin de semana él se le declaró, y ahora la cosa era mutua. Cuando se veían se sentían como novios, y con treinta años ambos, era lo que mejor podían lograr.

Hablaban todos los días pero, cuando ese mensaje llegó, a Verónica le dio un presentimiento raro. ¿No se llevaría el celular acaso? ¿Sería una especie de retiro espiritual? Pero si Ramiro era ateo… Era todo muy raro. Pero, como él le dijo que no debía preocuparse eso intentó hacer los primeros días.

Él estaba en los pequeños detalles, y estaba mucho en internet, y después de más de un año de hablar todos los días, esa comunicación se vio interrumpida por el silencio.

Los días empezaron a pasar y, con ellos, la angustia en Verónica iba creciendo. La primera semana rápidamente se transformó en un mes, y ya cada vez más desesperada revisaba todos los días las redes de Ramiro en busca de alguna señal de vida, y la respuesta era siempre la misma. La nada.

Los mensajes de WhatsApp que le mandaban aparecían solo con un tilde (o sea que ni siquiera le llegaban) y cuando llamaba a su número el teléfono le figuraba apagado. Y antes, de sucumbir en la desesperación, y ya llevando cuarenta días sin señales de vida, se le ocurrió buscar por facebook a uno de sus amigos para preguntarle si sabía algo.

— No, no sé nada suyo. Pero algo si te puedo decir, no es la primera vez que hace estas cosas. La última vez fue hacen unos tres años y estuvo seis meses sin dar señales de vida. Quédate tranquila piba, él es como los gatos callejeros, siempre vuelve —le dijo Pablo, un amigo de Ramiro que ella había conocido cuando fue a Córdoba.

Seis meses. ¡Seis malditos meses! ¿Porque se había permitido enamorarse de ese hombre que, de un día para el otro, cortaba toda comunicación? Algo debía hacer. Porque la angustia iba en aumento y su conciencia le decía que algo no estaba bien. Entonces se decidió a hacer lo mejor que se le ocurrió: Irse a Córdoba.

Una de las ventajas de trabajar independiente es la de poder gestionar su tiempo a su voluntad, entonces Verónica acomodó unos asuntos pendientes y se decidió a viajar, en busca de una señal que dijera que había sido de Ramiro, que ya llevaba dos meses y medio sin dar señales de vida. Al subirse al avión, se puso a revisar las fotos del último viaje en el que habían estado juntos, y al recordarlo le cayeron unas dos lágrimas. Algo le decía que las cosas no estaban bien.

Cuando aterrizó en Córdoba se tomó un Uber y fue hasta el departamento de Ramiro, y sin dudar demasiado llamó a un cerrajero para que le abriese la puerta.

— Sabe qué pasa, que mi novio dejó cerrado con llave el departamento, y yo me olvidé mis llaves adentro, necesito si me pueden abrir la puerta —le dijo por teléfono a la persona que le atendió. Una hora después, la puerta ya se encontraba abierta.

Cuando Verónica entró, vio el departamento bastante arreglado, como cuando lo había visto por primera vez hacía casi un año ya. Sobre la mesa, un manojo de llaves y una frutera sin frutas decoraban la escena. Fue hasta la habitación, y no encontró nada que le diese una idea. Y en ese momento, se tiró sobre la cama tendida, cual habitación del hotel, y se largó a llorar.

Jamás, después de su ex, se hubiese imaginado amando a otra persona, y ahora sentía que este también la había abandonado, sin darle más palabras que un “me voy de viaje”. Lo amaba, no había más dudas.

Se le ocurrió mirar hacia la mesa de luz y vio un portarretrato de ellos dos en el parque Sarmiento tomando mate y riendo. Abrió el cajón de la mesa de luz, y, vio una foto rara, que no había visto antes, una especie de reunión alrededor de una hoguera, y gente reunida sentada alrededor con trajes negros. En el reverso de la foto decía “Ramiro. Cerro Uritorco septiembre de 2016”.

La fecha coincidía con la que le había dicho el amigo, “la última vez se fue hacen tres años, y se fue por seis meses”. Pero, ¿El Cerro Uritorco? ¿Una especie de culto? Pero sí Ramiro le había dicho que era ateo. Nada tenía sentido.

Pensó en hablar con su hermano, pero, ¿Qué le diría? Si en teoría no eran nada. No tenía sentido que una “amiga” de otra provincia viajase solo porque “se preocupaba” por Ramiro, pero no le importó, porque quizá él estuviese en peligro.

Buscó el contacto de Carlos, el hermano menor de Ramiro, por facebook, en una foto que el mismo Ramiro había subido meses atrás con su hermano, y lo había etiquetado. No dudó demasiado, y le mandó un mensaje, y esperó. Acostada en la cama, sin demasiada idea de nada, se quedó dormida.

Una llamada por el Messenger de Facebook fue lo que la despertó unas pocas horas después. Cuando atendió, una voz masculina del otro lado le dijo:

— Hola Verónica, soy Carlos. ¿Porqué queres saber de Ramiro, si nos dijo a todos que volvía en un tiempo?

Verónica, sorprendida le respondió — Si lo sé, pero hay algo que no me termina de cerrar, estoy preocupada por él, ¿Vos no sabés donde ha ido, y porqué no es capaz de avisar ni por mensaje de texto nada?

— No es nada personal con vos, que ni siquiera sé quien sos o porqué te has interesado tanto, pero durante un tiempo Ramiro no te va a contestar ni a vos, ni a nadie. Aceptalo, seguí con tu vida y listo, tema solucionado.

— ¡Pero es que no entiendo nada! Yo amo a Ramiro, sé que no somos nada “oficialmente”, pero me preocupo por él y algo me dice que, para verdaderamente quedarme tranquila, tengo que saber que le pasó, o donde está. Ya hacen casi tres meses que no sé nada de él —le respondió Verónica.

— Querida, solo una cosa te puedo decir. Ramiro no es una buena persona de la cual enamorarse, porque él tiene un lado que ni vos ni yo ni sus amigos conocemos. Quedate en tu casa, disfruten de los momentos que puedan compartir juntos, y ya está. — Le respondió Carlos

— Pero por favor, dame una idea de su paradero. Si no voy a seguir buscando hasta encontrarlo (cosa que espero que pase pronto)

— Te voy a decir solo una cosa. Sé que está en las sierras de Córdoba. La vez anterior fue al Cerro Uritorco, pero no va dos veces al mismo lugar. Que tengas suerte. Y no te asustes cuando lo veas. Quizá el Ramiro que te encuentres no sea el mismo Ramiro que vos conocés.

Y acto seguido, Carlos cortó la comunicación.

Ahora Verónica tenía una idea más segura de donde buscarlo. Tenía que encontrarlo. Era ahora o nunca.

Continuará…