A la ciudad y al mundo | Parte 31

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Capítulo sesenta y uno

—Lo que me propone es ciencia ficción —dijo el secretario de Estado del Vaticano.

—Es la única manera en que lograremos atraparlo —respondió Sebastián Rodríguez.

El personaje más importante en la Santa Sede, después del Papa, estaba consternado. Había sido él, uno de los primeros amigos de Rafael Ferrara cuando llegó al Vaticano. Quería al argentino y no podía creer que todo lo que había escuchado fuera real. Sin duda las pruebas reunidas por la cabeza de La Entidad, no podían refutarse.

—Déjeme ver, si he comprendido bien lo que pretende, Sebastián.

El hombre abatido se puso de pie para dejar su lugar detrás del escritorio en el que trabajaba desde 1990. Caminó por la habitación, con las manos entrelazadas en la espalda, de la misma manera en que lo hacía su amigo, el Papa Rafael, cuando buscaba aclarar las ideas.

El lugar en donde transcurría muchas horas del día, era una sala amplia. Un exacto cubo de paredes que superaban los cinco metros de altura. En ellas podían verse mapas. A la derecha que quien ingresaba a la estancia, estaba el continente africano, a la izquierda aparecían las Américas. Rodeando la puerta de entrada, en un rincón, estaba Italia y pegado se veía Europa. Del otro lado Asia. Enfrentando la majestad de la puerta de doble hoja por donde se accedía a la sala, un mapa ocupaba toda la pared y representaba un planisferio desplegado

Monseñor Rodríguez y el Padre Fratelli, guardaban silencio y esperaban.

Después de dar varias vueltas, el cardenal secretario de Estado, volvió a acomodarse en el sillón que se ubicaba frente a los dos hombres que lo acompañaban. Apoyó los codos sobre la noble madera bien lustrada y tras mirar fijo a los sacerdotes, pareció estar regresando desde donde había ido.

—Si es así como usted cree que debe hacerse, tiene todo mi apoyo, Sebastián —declaró.

—Muchas gracias, Eminencia. Le aseguro que está haciendo lo correcto.

—Tengo dudas, que sea del todo correcto poner entre velas en la Capilla Sextina a un muñeco, pero confió en que Dios, Nuestro Señor, nos acompañe y todo vaya bien.

Capítulo sesenta y dos

Rafael Ferrara enfrentaba dos problemas. El primero no portaba ninguna documentación personal, aunque en la guantera encontró los papeles del auto. El segundo estaba desarmado.

Se inclinó por la hipótesis que parecía de todas la más razonable. Los perros buscaban drogas. Era muy poco probable que la presa fuera él.

Cinco minutos se habían ido desde que se detuvo, para unirse a ésta serpiente metálica que amenazaba infectarlo con su veneno y terminar con todo en poco tiempo.

Iba a asumir el riesgo. Se bajaría y despreocupado caminaría hasta perder de vista los dientes del reptil y ya no poder oír los ladridos de los perros. Esperaba que Amelia y Natalia hubieran llegado sin complicaciones hasta el punto de encuentro. Luego recordó a su primo, Carlo, ¿Lo habría capturado Rodríguez o habría conseguido escapar?

—Muy gentil, señor. En algunos instantes podrá reanudar la marcha. —informó cordial el policía, devolviendo la documentación del rodado al dueño de un Ford Escort blanco.

De pie al lado del Fiat, Rafael Ferrara sintió como la luz de la linterna le golpeaba la cara igual que un viento frío. Se bajó el ala del sombrero clerical y dio media vuelta dispuesto a caminar.

—Espere padre. —Lo detuvo una voz a su espalda.

El hijo de Vicente Ferrara no acusó recibo.

El carabinero apuró el paso y consiguió dar alcance a la negra figura.

—Espere padre —repitió.

No tenía sentido intentar correr. Se inmovilizó cuando la mano del policía se asentó en su hombro. Tenía el gesto de quien es sorprendido y alejado de sus pensamientos.

— ¿Qué desea? —pronunció estas palabras con la cabeza algo inclinada hacia abajo. El gran sombrero y la negra noche se aliaron para ocultarle el rostro.

—Disculpe, padre. Se trata de un control de rutina. Al verlo dejar el auto, intenté detenerlo para revisar sus documentos. —El joven agente, como siempre había sido amable y respetuoso.

De rutina, un carajo; pensó el Papa argentino.

Irguiendo apenas la cabeza, dijo en su más pulido italiano:

—No lo he escuchado hijo. Ya no soy el que era. Los oídos me tienen a maltraer.

El muchacho sonrió para darle a entender que no había ningún problema.

Ferrara prosiguió.

—Decidí comprar algo para comer, ya que me pareció que la espera podría prolongarse ¿Ha sucedido algo grave?

—No, padre, en absoluto. Vuelva a su auto que yo le llevare algo de comida y una Coca Cola o ¿Prefiere una cerveza?

La calle estaba en penumbras. El policía, encendió la linterna para guiar de regreso al sacerdote y fue ahí cuando la muerte lo besó en los labios.

—Pero, usted es…

Un golpe certero en el ojo derecho lo aturdió. Luego le tocó el turno al rodillazo entre las piernas. El impacto que recibió en la nuca, más el golpe cargado de mala suerte, en la frente al encontrar el empedrado, dieron por finalizado el asunto. Rafael Ferrara no sé molestó en ocultar el cuerpo.

La Ciudad-Estado del Vaticano no era ajena al sabor de las bombas. En 1943 pilotos de la Luftwaffe cometieron un error en los cálculos, dejando caer cuatro artefactos sobre la estación del ferrocarril. En aquella trágica noche nadie murió. Más de sesenta años en el tiempo las bombas detonaron otra vez. Diez personas resultaron muertas a causa de los escombros que La Torre de los Vientos se encargó de repartir a los cuatro vientos.

El Vaticano como ningún otro Estado en el mundo sabe que el misterio protege, aísla y separa. Ese misterio que empieza en los hábitos y las sotanas que apartan y segregan y termina en los ritos musitados con medias palabras. El catolicismo está asentado en el misterio y su cuartel general debe ser capaz de guardar hasta el más vano de los secretos.

Pasado el caos inicial. Se procedió a socorrer a los heridos y velar en absoluto hermetismo a los muertos.

El máximo miembro de la inteligencia vaticana, solicitó al cardenal Camarlengo, Eduardo Gutiérrez Solano, que se reunieran los integrantes de la Cámara Apostólica. Sebastián Rodríguez se presentó ante ellos luciendo el ropaje de los príncipes de la Iglesia. No pronunció un solo sonido hasta que el Camarlengo puso en conocimiento de los presentes que Su Santidad, Juan Pablo II, había nombrado hacía muchos años ya al jefe de sus espías, cardenal In Pectore.

El jesuita argentino inició el relato y se fue percatando como todos y cada uno de los rostros de aquellos hombres que le habían entregado la vida a un Dios en el que confiaban y al que amaban, se iban volviendo máscaras a causa de la incredulidad, primero y el enojo, después.

La reunión dejó como saldo la puesta en marcha de la operación Iscariote, cuyo primer paso estuvo a cargo del vocero de la Santa Sede, Joaquín Navarrete, quien dejó muy satisfecha a la prensa mundial acreditada en el Vaticano, con su explicación de que las explosiones habían sido el fruto de una perdida de gas en el edificio llamado la Torre de los Vientos. Por motivos que se estaban investigando, se produjo una chispa que había desencadenado la tragedia.

Continuará…