Un samurái en México, y otras pequeñas historias

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De pibe no existían las pelis del universo de Marvel. Había pelis de Spiderman, de los Cuatro Fantásticos o hasta varias pelis de Hulk. Pero cada una sucedía en su propio universo cerrado, sin conexión entre una y otra. Habló de muchísimos años atrás: River todavía no descendía, Macri  usaba bigote a lo Mercury o Videla y el dólar no se movía de los cuatro pesos. A diferencia de los comics, donde los superhéroes aparecían juntos hasta para armar un micro-emprendimiento, las películas era cada una su propio mundo, cerrado y autosuficiente. Si pagabas por ver una peli de Iron Man, te daban Iron Man, solito eso, y muchas gracias; algo que  si sucediera ahora incendiarían los cines desde Bombay hasta Berazategui.

¿Y eso que tiene que ver con un Samurái en México? Muy poco, pero me sirve para explicar lo que sentía cuando estudiaba en la secundaria  sobre historia antigua.

Todos esos imperios, enormes y poderosos,  y aun así, aislados cada uno en su rinconcito de su mundo, llenos de mármol y futuras ruinas, incapaces de alcanzarse.

Nací un doce de octubre, por lo que el contacto entre civilizaciones me apasiona casi desde la cuna. Pero los libros y docentes se limitaban a nombrar  que las calaveras de Colón fueron el primer paso hacia el mundo conectado y revuelto que tenemos, trayendo al bueno de  Marco Polo a modo de precuela, o a los mongoles como el villano de la semana. Después de todo, cada civilización era un peldaño en la larga caminata hacia el futuro que es nuestro presente, de música Trap y tweets de Donald Trump.Ojo, cada país quiere creerse la última coca del desierto, por lo que no era tan loca la idea de que imperios contemporáneos como el chino o el romano simplemente se ignoraran, como hacían los cesares con los otros pueblos europeos.

Con el tiempo crecí y aprendí  muchas cosas; entre ellas, a usar el internet. En un ejercicio mental parecido al de comprender física cuántica o sobre bitcoins, comencé a investigar y descubrir  un mundo más viejo y unido de lo que pensaba.

Así descubrí que pese al desafío de la distancia y la velocidad, los romanos sí lograron comunicarse con los imperios de India y China. De esta última, llegó a comprar tanta seda que el Senado tuvo que prohibirla por “motivos morales y económicos”. Hasta existe la hipótesis de una “legión perdida” de soldados romanos que vagaron por toda Asia como esclavos o mercenarios, y cuyos descendientes pudieron llegar hasta casi el siglo VII.

O la suerte de Alejandro Magno, que llevó a los griegos hasta las puertas de la India, donde conocieron elefantes, especias como la canela, e ideas tan revolucionarias como el budismo. Así nacía Gandhara, actual Pakistán,  una región sincrética repleta de budas estilizados como atletas olímpicos, de donde los estoicos aprendieron  la apatía para su filosofía, y hasta monjes budistas de ojos azules.

Solo unas gotas bastaron para convencerme que descubría un océano…

¿Pero, y el samurái? Paciencia, que ya llegamos…

No son pocos los que comparten mi asombro y emoción por estos temas. Por desgracia, otros llevan su pasión al camino de la ficción. Y habló de la peor de todas las ficciones, de la que desconoce de sutilezas y solo puede pretender que la confundan con la verdad.

Así, esta incipiente rama de la historia se llenó de malos prosistas y teorías falopa. Tomemos el ejemplo de nuestro continente, América.

Hay cientos de papers y documentos que afirman de un contacto precolombino (es decir, antes de la llegada de Colón). De todos ellos, solo hay dos confirmados: el de algunos pueblos de la Siberia como los yupik e iñupiat en Alaska, o la de los vikingos en Canadá. De ahí en adelante hay que tomar las cosas con pinzas. Muchos defienden  la hipótesis de los pueblos de la polinesia, no muy descabellada por la cercanía y la cultura navegante de sus pueblos, que coinciden con  las leyendas de Túpac Yupanqui, un monarca Inca que viajó hasta unas islas “muy lejanas” en el Pacífico. No menos importante es la pregunta sobre el destino de Abubakari II, emperador de Malí, que desapareció durante una en el océano en 1310 y muchos creen que terminó en nuestro continente. Y posiblemente, la teoría más loca de todas,  es la de los fenicios, que cansados de andar por el Mediterráneo, cruzaron por el Sinaí hasta África, y de ahí dieron toda una vueltita hasta terminar en Brasil; una cosa que se vuelve todavía más bizarra cuando tomamos en cuenta que esta idea formo parte de las creencias de los mormones.

¿Y México? Que falta poco, confíen…

En defensa de muchos, diré que el siglo XV era un momento de grandes cambios: la peste quedaba atrás, y con ella se restablecían el comercio y las instituciones. Con más dinero y estabilidad, los marineros alcanzaron un mejor manejo de la navegación en aguas profundas, alejadas de las costas, lo que permitió evitar piratas e impuestos y llegar más lejos gracias a las corrientes marítimas. Solo era cuestión de tiempo para que alguien uniera A con B, o hasta llegara a América antes de Colón.

Muy parecido a los logros del pequeño Genovés (y sin un genocidio de por medio, muy importante mencionar) fueron los de su contemporáneo al otro lado del charco. Habló del famosamente ignorado Zheng He, un militar chino, navegante, eunuco, asesor imperial y también, devoto musulmán. El “famosamente ignorado”, aclaro, es para nosotros los occidentales, al que tal vez conocemos por las leyendas que su figura inspiró, como las de Simbad.

A pedido del emperador Yongle, Zheng He comenzó su gira mundial desde Nanki hasta pueblos tan lejanos como Indonesia, Ceilán, la India, el golfo Pérsico, la península arábiga y hasta el cuerno de África. El viaje demando cientos de naves y hasta treinta mil marineros, encargados de movilizar algunos de los barcos más grandes de su momento. Eran tan grandes, que las carabelas parecen botes de remos en comparación.

¿Y si tan bien le fue, porque dejaron de hacerlos? Un viaje así es muy costoso, y más para una nación que atravesaba constantes golpes de estado, guerras civiles e invasiones. China comenzó un largo periodo de aislamiento, que los británicos rompieron con opio y pólvora casi cinco siglos después.

Y ahora sí podemos hablar del samurái.

Japón era una isla bastante conocida por los europeos en la edad media, antes de seguir el ejemplo de China, su “hermana mayor”, y cerrarse para mantener la casa en orden. Es más, el destino original del viaje de Colón era llegar a “Jipangu”, que era como los europeos conocían a las islas niponas. Algunos años después, no tardaron en llegar colonos y misioneros europeos, que establecieron relaciones comerciales y hasta una enorme comunidad religiosa. No pasó mucho tiempo para que un fraile franciscano convenciera al shōgun (que era el jefe militar de las islas, y administrador de facto también) para que realizara una misión por el Imperio español. Para ello, nombró a Hasekura Tsunenaga como cabeza de esa misión diplomática, que viajo al virreinato de Nueva España, el Caribe, Sevilla, Madrid, Barcelona, partes de Francia, y hasta realizó una visita al mismísimo Papa en Roma.

Durante su viaje, fue toda una sensación para la nobleza europea, que quedaron fascinados por sus katanas y sus costumbres, como la de no comer con las manos o usar “pañuelos” para limpiarse la nariz. Hasta lo bautizaron, poniéndole el bonito nombre de Francisco Felipe Faxicura.

Durante su estadía en Acapulco, nuestro Felipe protagonizó uno de los eventos históricos más increíbles de la historia, cuando con su katana dio muerte a un soldado español por “ofender su honor”. Toda esta escena quedó registrada por el historiador Chimalpahin, que era además miembro de la realeza indígena de la zona.

Muchos de estos relatos solo son pies de páginas de una ciencia mayor, con mayúsculas, y que nuestra lengua, por pereza o sabiduría, mantiene en llamar de forma similar: historia. Las costumbres y sus etiquetas son útiles hasta cierto punto, pero aún el rio más tranquilo necesita desbordar y enturbiar sus aguas con la tierra que lo cubre. Hay que tener cuidado de que nuestro mundo no se torne pequeño para tanta belleza.

Para JP en su cumpleaños.