Y…, ¿qué tal la pesca? | Séptima parte

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“No está muerto lo que puede yacer eternamente; y con el paso de los extraños eones, incluso la muerte puede morir.”
H.P.Lovecraft.

***

Las heridas en el cuerpo de Mateo eran profundas y sangrantes. El hombro, donde fue apuñalado por Julián, se encontraba inamovible. La pierna y el brazo, afectados por la bestia de las fauces enormes, le dolían a más no poder, sin embargo, se sentía extrañamente bien. Como si una dosis de adrenalina permanente se hubiese inyectado en su torrente sanguíneo.

Por otra parte, Juan Carlos, experimentaba la misma sensación, pero con un poco menos de intensidad. La pierna lastimada apenas le ardía.

Los tres muchachos descansaron en la arena, observando con alerta como las raíces y las ramas de la selva se movían con voluntad propia.

―Estamos jodidos, chicos ―dijo Julián con los ojos vidriados. Sentía muchas ganas de llorar; su pronta defunción, a esa altura, era evidente y no soportaba la idea del vacío que con total seguridad existía después de la muerte. Solo le quedaba decidir cómo partir: moría entrando por propia voluntad al agua, dejando que la bestia de las fauces se lo comiera o se quedaría bajo ese sol frio, esperando a que la inanición lo matara, como al hombre y al niño de bote que encontraron.

Mateo lo oyó sollozar, experimentado como su fuerza parecía ir en aumento mientras que Julián lloraba más y más.

―Jodidos o no, tenemos que tomar una decisión. ―Juan Carlos, que estaba sentado en el medio, observó que Julián solo tendía su cabeza entre las rodillas, sujetándolas con los brazos, lloriqueando como un niño pequeño que está perdido en un parque o un supermercado. En cambio, Mateo se veía tranquilo, con los ojos cerrados, enfocando su mirada ciega al sol frio que, en vez de calentar, enfriaba el ambiente.

―¿Cómo te sentís? ―Mateo respiró profundamente, demostrando así como su ira iba en aumento. Estaba harto de la situación, del lamento de Julián, de las ordenes de Juan Carlos, etc. Mateo sabía muy bien que lo que decía Julián era verdad, estaban jodidos e iban a morir.

―Bien ―respondió.

―Bueno, veo que los ánimos no son los mejores, si no tiene ninguna idea, les propongo sacar los cadáveres y subir a este bote, pero nos quedamos en la orilla, salir a la laguna nos mataría.

―Y qué diferencia hay, Juanca, ¿decime?

―¿Qué querés decir? ―inquirió sin darse cuenta que estaba sellando su muerte al responderle mal a su amigo.

―Sos medio pelotudo, no es cierto, ¿eh? ―Mateo se levantó de la arena sintiéndose más fuerte que nunca. Las heridas habían dejado de sangrar y su aspecto era abominable y temeroso―. Acá o allá, ¿qué diferencia hay?; o nos come el monstruo o nos morimos de hambre, como el viejo que está acá. ―Mateo sacó al hombre y al niño de un solo tirón. Estos cayeron sobre la arena, lo que ocasionó que Julián profiriera un grito ahogado que se quedó a mitad del camino. Ya había visto a los cadáveres, pero ver como se desarmaron al tocar el suelo blando de la playa, casi a punto de volverse polvo, lo lleno de pánico.

La botella con el mensaje rodó hasta los pies de Juan Carlos, lo sacó y luego de leer la desprolija e ilegible letra en el papel amarillento, levantó la mirada y exclamo:

―Está nota es de hace más de cien años. Eran un padre y un hijo. Acá dice que el niño murió envenenado después de que las raíces lo lastimaron y el escribió esto antes de quedarse dormido. Sobrevivió seis díashasta que escribió esto.

―¿Cómo sabía los días que habían pasado?, ¿si el sol no se mueve?

―Supongo que tenía algún reloj, Mateo, no lo sé.

―¿Cien años, decís? ―preguntó Mateo―. Qué raro, la balsa está en buen estado.

―Eso no quiere decir que flote.

―Yo opto porque entremos a la laguna.

―Yo quiero quedarme en la orilla.

Mateo se veía más enojado que nunca, podía sentir como el ambiente a su alrededor se calentaba. Bajo la mirada a Julián, que seguía lloriqueando.

―Y vos…¿quéquerés hacer? ―preguntó despectivamente.

Julián elevó la mirada y sintió como el odio de su amigo parecía atacarlo. Supuso que, si no lo obedecía, lo mataría en ese momento con sus propias manos, clavándole la navaja o asfixiándolo. De repente, la imagen de Mateo comiéndose sus tripas le vino a la mente. Trago saliva y dijo:

―Entremos a la laguna.

―¿En serio? ―preguntó Juan Carlos sin poder creer lo que oía.

―Sí, Mateo tiene razón ―dijo con la voz entrecortada―. Si nos subimos puede que despertemos en algún momento en la laguna.

Mateo sonrió satisfactoriamente, por primera vez se hacía lo que él quería y no lo que quería Jun Carlos. Entonces, volvieron a zapar: sin esperanza, con hambre, y con odio por lo demás y de sí mismos, vislumbrando un futuro donde lo único seguro era la muerte.

Continuará…

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