Piter el Pez | El Municipal

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Luego de una breve pero contundente charla con la detective Moldes, en donde establecimos una fecha en la cual la extraña pareja nos visitaría, decidí visitar al empleado municipal que me recomendó Piter. Deambulé por los pasillos tratando de encontrar la oficina de control que me sugerían los datos o algún cartel con el nombre.

Ya desanimado, me apoyé en una de las paredes en busca de alternativas a preguntar por su nombre en la oficina de informes, puesto que tendría que mentir sobre su procedencia. “Las paredes oyen” pensó. Alguien que quizás no deba sabrá que estoy por aquí.

Justo en frente de mi, un box estaba cerrado, pero con evidente presencia. Los vidrios superiores estaban amarillos en degradé hacia el marrón en los bordes. Desde dentro manaba un fuerte aroma a mate cocido y grasa quemada. Se escuchaba la música de alguna radio tropical, rancheras mas específicamente, con el volumen bastante fuerte.

Su mente siguió enumerando detalles atípicos y/o comunes pero exagerados, cuando la puerta del mismo se abrió. Salió arreglándose la ropa una empleada de altura mediana y formas interesantes. Mientras se ataba el pelo notó mi presencia.

—Te buscan —le dijo a alguien en el interior.

Se asomó un sujeto de baja estatura, rengo, con mucho pelo en los brazos y en la frente. Lo llamé por su nombre: ¿Jhonathan Alberto Retamales?

—Sí. Soy yo. ¿Quién te envía?

Esperé que la empleada se alejara —Piter me dijo tu nombre.

—Ahhh. Esperá. O acompañame.

Salió con una jabonera y una toalla hacia el baño de la planta. Allí se refregó la cara con abundante jabón y luego las manos. Se secó. Y luego me tendió el brazo…

—Ahora sí. Mucho gusto. ¿Qué es lo que andás buscando?

Le expliqué que la Reina de las ratas me andaba buscando. Y veladamente le mencioné al Elefante mientras caminábamos de vuelta al box.

—¿Entonces es cierto lo de los frasquitos? —se frenó en seco y me miró desde su metro cincuenta.

Me sorprendió. Él sabía ¿Pero cómo?

Piter era un bocón. Pero, ¿cómo le había llegado hasta el ese dato?

—Tranqui flaco. Estuve con Piter esta mañana. Fui a llevarle cigarrillos. No de los que les gusta —me miró de reojo — y allí me enteré de tu visita.

El box era una cosa indescriptible. De hecho, a los aromas anteriormente mencionados, se sumaba grasa rancia y pan tostado. El ácido de la transpiración y ciertos olores particulares producto del evidente encuentro reciente. Aquí habían garchado con furia hacía no más de quince minutos.

Mientras el acomodaba una silla en frente del escritorio y limpiaba con una rejilla con lavandina la superficie del mismo me miraba con una sonrisa cómplice. En ese lapso recorrí con mi mirada el resto de la estancia. Del techo descascarado colgaba un foco incandescente prendido de unos sesenta watts. Sobre las archiveras se apilaban expediente municipales desordenados, sobre los cuales habían utensilios de comer sucios, vasos, jarros, platos, fuentes de plástico, paquetes de comida, etc.

—No se moleste por mí. No hace falta que limpie —dije. Pero de alguna forma el necesitaba ese ritual. A su espalda, había un mapa sobre un panel de corcho que tenía alfileres de colores señalando puntos alrededor de algunas plazas y muchas zonas de la cuarta sección. También busqué y encontré localizaciones en el parque.

—¿Querés saber sobre la Reina? Te cuento. Yo antes trabajaba de inspector. Recorriendo las obras y entre lo que me decían los empleados de servicios empecé a recopilar leyendas. Luego me enteré de algunas denuncias. Empezamos a poner trampas. Los roedores que encontrábamos eran pericotes súper desarrollados, y los matábamos ahí nomás por consejo de sanidad animal. —se quedó mirando en silencio —y una noche, yo salía tarde del edificio, y la ví, de pié sobre la Renola. Mi corazón latía a mil. No me atreví a moverme. Pestañeé… y desapareció. —se dio vuelta y señaló un punto cerca de la Plaza San Martín —Me subí rápido y fui derechito hasta esta obra en construcción. Yo sabía cómo entrar. Así que entré.

Jhonatan, luego de inspeccionar, la obra en construcción fue a hasta un punto que con una chapa tapaban un hueco en el piso. Había descendido, y constatado que un túnel se había ensanchado y llegaba hasta una caverna de unos cinco metros de diámetro debajo de la calle Necochea. Había olor a rata, a comida vieja y a algo descomponiéndose. En el medio de aquella sala había una masa informe de grasa endurecida. Restos de cuerpos de animales disecados, papeles brillantes, y objetos metálicos incrustados en el amasijo. Pero su vista se fijó en un revuelto de pericotes unidos por las colas que reposaba sobre eso.

—Un Rey de las ratas –dije.

—Sí. Investigando supe de tal cosa. Tuve quizás una idea que jodió todo. Con una lona que encontré en la construcción lo envolví. Era dócil. Apenas reaccionaba. Eso es raro, porque esos animales te atacan y muerden. —se quedó mirándome.

—¿Y?

Tomó una foto de un cajón del escritorio. Era la imagen de una persona muy parecido a él. Supuse un hijo.

—Lo tengo en una caja de metal, en una habitación a la que diariamente impregno en lavandina. Lo alimento de eso que lo rodeaba. Es fatberg: grasa, principalmente, y materia orgánica congelada. Como solidificada. Una margarina pero con grasa animal. —emitió un suspiro –Así era yo cuando lo encontré. Me ha ido transformando de a poco en esto. —Se señaló la ceja única que iba de costado a costado sobre los ojos. –Ahora, no me quejo. Porque atraigo a las minas que da calambre. Pero mis compañeros de trabajo se alejan como la peste. Salvo algunos. —se rió en forma irónica y exagerada.

—Esa grasa —prosiguió — abunda por debajo de la ciudad desde que ella llegó. Como si la cultivara. Se de un par de obras en construcción y tapas de cloacas en donde se accede al gran amasijo que está abajo del centro. —de pronto me miró —¿Quiere ver al Rey?

Cuando hacíamos el amague de pararnos apareció una rubia altísima y despampanante. Miró Jhonatan lascivamente. Entró y cerró la puerta. Se sacó la camisa, estaba sin corpiño y se le abalanzó por arriba del escritorio al municipal. Las cosas que habían en el escritorio cayeron. A mí me ignoró total y violentamente. Y en el medio de aquel revoltijo de carne, brazos y ropa que desaparecía apareció la cara del empleado y me dijo:

— Vaya a la playa aquí al costado. Va a ver una renoleta roja. En media hora estoy por allá. —dicho esto una mano hizo desaparecer el rostro por debajo del abdomen de la mujer. Salí con cierto desasosiego ante el ninguneo. Al cerrar la puerta  se sintió como subía la música de alguna radio latina, un golpe en la pared de aglomerado, ruido de papeles que caían al piso…

Renoleta Roja. Bue. Hubo un tiempo que fue de ese color. La mitad estaba tapizada con pintura de varios colores y manchas de óxido.

Pasados casi cuarenta y cinco minutos apareció el dueño del auto de la mano con un compañero. Se abrazaron y el otro le preguntó con muchísima nostalgia: ¿vas a volver antes de la una?

– Si, mi amor. —y le apretó una nalga.

Cuando salíamos de la playa el playero lo despidió con un guiño. Y empezó a contarme:

— Lo único incómodo de todo esto son lo putos. Y por encima de estos, los que no han salido del closet. No se te abalanzan como las minas, pero se apersonan en el despacho y comienzan con la histeriqueada hasta que los atendés. — levantó el puño cerrado y movió dos o tres veces adelante y atrás la mano—Estoy pensando en aprovechar esta movida para lograr un traslado a algún sitio lejos del edificio. — Al parar en un semáforo me miró levantando las cejas — para tener acción, pero poder investigar más sobre estas cosas. Aquí, prácticamente no me dejan siquiera ordenar los papeles.

Llegamos a su casa. En una de las secciones de la ciudad. Del tipo antiguo. El frente y la vereda de aspecto abandonado. La puerta no tenía cerradura, pero si una cadena y un candado. Entramos.

La habitación en cuestión se encontraba en el patio. Al fondo, pegada a la medianera. Las ventanas tapiadas y la puerta con la cerradura en condiciones. A unos metros ya se sentía el olor a cloro.

— Todo este terreno está impregnado de lavandina y kaotrina. Para espantar con el olor a los animales. El techo y las paredes están pintadas con cal y rociadas con productos plaguicidas. Ya se me han quejado los vecinos.

Adentro las paredes eran blancas. Del techo colgaba un plafón de luces fluorescentes. El piso era de cerámico blanco. La puerta era de unos cinco centímetros de ancho y cerraba como una heladera.

En el centro, sobre una mesa de metal con el extremo de las patas de goma, había una caja de aluminio. Lo abrió. Sobre un fondo de grasa solidificada había un enjambre de casi una decena de pericotes únicos por la cola que apenas se movían. Uno o dos miraron en nuestra dirección.

—Se alimentan de esa grasa. —señaló a unos contenedores de plástico apilados contra una de las paredes —Cada vez que puedo voy a recolectar.

—La reina debe estar buscándolo, o pretende reemplazarlo. —dije conteniendo la nausea. Esa cosa emanaba un olor apenas perceptible, pero los efectos en mi interior se empezaron a notar a los segundos. Relajo de estómago. Me aumentó el pulso. Me picaba la piel y me ardían los ojos.

—Eso pensé. Pero no le está resultando. Por eso es que va tras lo del elefante. —me miró rascarme la cabeza —Te empieza a hacer efecto su presencia. Imaginate como yo dentro de unos meses, si venís todos los días… jajaja.

—Prefiero los frasquitos.

—Ven. Vamos a tomarnos unos mates y charlemos de eso.

En una cocina limpia y simple, con muy pocas cosas charlamos un buen rato sobre los pasos a seguir. Yo le hice un resumen de mi visita al Galpón en el pedemonte y de la misión de los Agentes Sculli y Moldes. Que estaban por venir y eso.

—Quizás el elefante tenga alguna herramienta para frenarla. —medité en voz alta mientras le daba le pasaba el mate al Jhonatan. —Pensaba recién, una nave de un comerciante de ferormonas se estrelló y desató una movida mundial. Ya te conté de eso. Y esta rata …

—que hace mas o menos diez años llegó, no sé de dónde, porque nunca supe de la nave. Apareció de pronto. —subrayo Jhonathan.

— Fauna urbana. Animales conocidos. ¿Qué más se esconderá? Y en el resto el mundo.

—Hay que esperar que vengan los agentes. Allí mataremos dos pájaros de un tiro: eliminamos la rata y conseguimos mas frasquitos. Y así no tengo que aguantar —guiño un ojo —más que a las minas que yo quiero.

—Sí, el tema de los frasquitos es crucial.

(continuará)