A la ciudad y al mundo | Parte 32

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Capítulo sesenta y tres

Rafael Ferrara se alejó de Roma, oculto en un féretro que viajaba con destino a la provincia de San Juan, en la República Argentina.

La cantidad de dinero que desembolsó el recién fallecido Papa, fue apabullante; pero el servicio que incluía anestesia total era toda una garantía.

La amante de Rafael, llegó a la ciudad cuyana, por las vías normales. Dos días después de haber atravesado la tierra de nadie.

El espía argentino permaneció en el despacho que ocupaba para dirigir el espionaje pontificio en todo momento desde que se habían calmado las aguas luego de la explosión. Competía con un oponente que le llevaba años de cuidada ventaja. Por un lado se había puesto en acción la operación: exequias, pero por el otro, no tenía por dónde empezar. Estaba perturbado como no recordaba haberlo estado jamás en el pasado.

La primera idea que tuvo la descartó en plena gestación. Consistía en atacar a los cómplices. Algo poco manejable que le llevaría mucho tiempo y lo más seguro era que Ferrara hubiese ideado un mecanismo para mantener a su gente al tanto de todo, en caso de que surgiese cualquier problema.

Como siempre hacía cuando delineaba una operación, tal vez por haberlo aprendido de su mentor, el padre Pasquale Macchi, garabateó sobre un anotador algunas estrategias posibles. Una hora más tarde y después de haber consumido medio centenar de mates, el cesto destinado a los papeles inútiles no tenía capacidad para más.

Al igual que Benjamín Harris, Sebastián Rodríguez necesitaba una importante dosis de buena fortuna.

Se oyeron tres golpes en la puerta.

—Pase —dijo el argentino, mientras agitaba la calabaza cubriendo la abertura con la mano para así poder iniciar una nueva sesión de sus amargos.

Las dos hojas de la puerta se desplegaron para permitir pasar a dos miembros de la Guardia Suiza, entre ellos se ubicaba, Su Eminencia Carlo, cardenal Sabatini.

—Lo encontramos, en La Florería —anunció el más alto de los soldados pertenecientes a la fuerza creada por el cardenal Juliano Della Rovere.

—Buen trabajo, Cabo. Yo me haré cargo.

—Lo que ordene, monseñor.

Los hombres giraron sobre los talones, dispuestos a retirarse.

— ¡Ah! Cabo…De esto ni una palabra.

—Pierda cuidado, monseñor.

Sebastián Rodríguez dejó la silla que ocupaba para ir hasta donde Carlo permanecía parado, quieto y esposado. Sin mediar palabra le asestó un golpe en el centro de la cara, que hizo que el siciliano se tambaleara.

—Ahora, estamos parejos —dijo y le retiró las esposas.

—Si…, estamos parejos —repitió Carlo cual eco.

—Le esperan tiempos difíciles, Eminencia. Muy difíciles. Quien le dice y con suerte muera en el proceso.

—No si puedo evitarlo. —La voz del secretario privado y pariente del último Obispo De Roma era firme y del todo segura.

Sebastián Rodríguez regresó a su sitio e invitó a tomar asiento al prisionero. Carlo aceptó con mucho gusto, le dolía todo el cuerpo, dos días en La Florería producían ese efecto.

—He pensado mucho en todo esto —declaró el jesuita— y mientras más lo pienso, más me enfurezco.

—Lo hecho, hecho está.

—En eso estamos de acuerdo. El asunto es qué hacemos de aquí en más.

Sebastián Rodríguez hizo una pausa para volver a llenar el mate con agua caliente.

—Gusta uno de mis amargos, Su Eminencia —ofreció el espía.

La espumante infusión no era lo que más le gustaba. Carlo, como buen italiano prefería el café, pero tenía tanto hambre y sed que aceptó en el acto. Se llevó la bombilla a la boca y sorbió.

—No sé si le dije que lo tomo amargo y muy, muy caliente.

Carlo ya se había enterado tanto de una cosa como de la otra.

A pesar de todo Rodríguez no reprimió una carcajada al contemplar los efectos producidos por el mate en la cara del siciliano.

—Confió, en que su estancia en La Florería, espacio interesante si los hay en ésta ciudad, le haya venido bien para reflexionar —comentó todavía con algo de risa en lo boca, que se negaba a abandonarlo.

La Florería es el lugar dentro del Vaticano en donde se almacenan, aquellos objetos que no se utilizan. Allí se encuentra la cama en la que falleció el Papa Pablo VI, rodeado de una variedad infinita de cosas obsoletas.

—No tengo nada para reflexionar, lo único que me queda por hacer es esperar. Conozco como nadie a mi primo. No crea que un hombre como él se rendirá sin pelear. Le aseguro que no piensa dejar de lado su idea.

—Hábleme, de las ideas del Santo…, de Ferrara.

— ¿A cambio de qué? —Carlo se seguía mostrando arrogante y seguro.

—Le parece…, su vida y la de todos los suyos Eminencia —ofreció Sebastián Rodríguez.

Capítulo sesenta y cuatro

La leyenda de Cosme Ferrara había formado parte de la vida de Carlo Sabatini desde que podía recordar. Cada año, el gran hombre les hacía el favor de visitar a los parientes sicilianos. La tradición fue respetada por los hijos y más tarde por los nietos.

Aquella gente no significaba nada para él. Le repetían que esa gente eran sus tíos, sus primos que debía quererlos y honrarlos. Nada de eso ocurrió, Carlo no esperaba con ansias y mucho menos aún disfrutaba de las visitas anuales. Tampoco lograba explicarse por qué razón, todos los trataban como a dioses que se hubieran dignado descender desde el Olimpo.

Lo mismo que una película que hubiese visto hasta poder repetir los diálogos, antes de que sean pronunciados por los actores; el niño, primero, el muchacho, después; debía soportar una y otra y otra vez las historias de un personaje valiente que había luchado en la Gran Guerra. Un hombre decidido que no dudó en dejar todo atrás para cruzar el océano y así ofrecer a su familia una vida mejor. Un ser que había comenzado con nada y que no se había detenido hasta tenerlo todo.

En esos interminables almuerzos, muchas fueron las veces en que Carlo deseo que Alí Ben Kadar, quien era presentado siempre como la personificación misma del príncipe de las tinieblas, hubiese resultado vencedor en la contienda que le costó la vida.

Odiaba a esas personas, más de lo que odiaba usar anteojos o visitar al dentista.

Cuando cumplió diecisiete años, los poderosos parientes de la Argentina que habían integrado a todos al negocio familiar, viajaron para no perderse la celebración de una fecha tan importante para Carlito, como lo llamaban. El joven aborrecía tanto o más que a sus anteojos o al dentista, el diminutivo.

Los obsequios fueron muchos y a pesar de todo el empeño puesto para conseguir que le desagradaran, estaba fascinado. Había libros de todas clases, sin duda comprados en las fabulosas librerías de Roma; ropa que podía pesarse por toneladas; un tocadiscos acompañado por lo último de lo último en música, según le había comentado con su poco interesante y forzada risa, la tía Constanza y el broche de oro lo constituía una cámara fotográfica Kodak y varios rollos de película. Todos estos presentes le harían pasar horas largas placenteras y de mucho aprendizaje. Pero el regalo más espléndido fue descubrir a Natalia. En el tiempo en que no se vieron, la muchacha se había despedido de las trenzas y ahora se mostraba como una jovencita que sin ser bella, era muy atractiva, con su vestido azul que prometía deliciosas formas por descubrir.

Fue entonces cuando Carlo, cuya sangre hervía cual caldera que es exigida a su máxima potencia, se prometió que pronto disfrutaría de tales delicias. Hasta es posible que me enamore, se atrevió a fantasear el siciliano que llegaría a ser parte del Sacro Colegio Cardenalicio.

Para Natalia el descubrimiento de su primo de tez morena, tenía ya varios años. El día del cumpleaños lo sorprendió más de una vez estudiándola con ojos famélicos y un calor que nunca la había visitado, no le dejó un espacio del cuerpo sin recorrer.

La familia que había viajado por pocos días se fue quedando y así el verano pasó.

La relación: tímida y lenta al principio, pronto fue apasionada y como era de esperarse entre primos, siempre furtiva. Una tarde Carlo talló en el tronco de un olivo, las iniciales de los amantes, con un cuchillo que robara de la cocina.

—Te amo, cara mía. Y es para siempre, lo prometo. —En la voz de Carlo había convicción, a pesar de estar diciendo una mentira.

Natalia estaba tan feliz, que creyó no poder soportarlo.

—Yo también te amo…, te amo…, te amo —repetía la muchacha como si se tratara de una letanía.

El tiempo se encargó de sumarle cumpleaños, hasta que una tarde; Rafael Ferrara; quien era ahora un Obispo de muy grave semblante, lo mandó a llamar para convertirlo en su ayudante personal. Sin que Carlo tuviera ninguna noticia y valiéndose de las funciones que le eran propias, lo había ordenado sacerdote, construyéndole una carrera eclesiástica de cartón. Para cuando pudo ver a su primo vistiendo el hábito morado característico de los de su rango, todo estaba dispuesto para que fuera nombrado Vicario Episcopal.

Se desempeñó como auxiliar de monseñor Ferrara durante lo que se denominó: sínodo sobre la formación de sacerdotes. Las intervenciones del argentino, fueron de una elocuencia tal, que Su Santidad le solicitó que se hiciera cargo de redactar las conclusiones del informe que debía entregársele.

Finalizada la asamblea de obispos, Rafael Ferrara, no regresó a dirigir la diócesis en la cual se había desempeñado con mucha eficacia los últimos cinco años. Permaneció en la ciudad, formando parte de la Oficina para las Celebraciones Litúrgicas, cuya función es organizar las celebraciones religiosas impartidas por el Sumo Pontífice.

Carlo llevaba un año trabajando con monseñor Ferrara, cuando Robert Capriatti, el poderoso padrino de Nueva York, visitó la Ciudad Secreta y lo reclutó; convirtiéndolo así en su caballo de Troya.

No fue otro más que Carlo Sabatini, quien hizo posible que Ben Harris, llegara a la provincia de Mendoza, en busca de un rastro que le permitiera cazar al sucesor de Juan Pablo II.

Continuará…