Y…, ¿qué tal la pesca? | Fin

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“La esperanza es la cosa con plumas que se posa en el alma y canta una melodía sin palabras y nunca se detiene.”
Emily Dickinson.

***

La situación sobre la balsa era más desalentadora que nunca, ya que la misma se encontraba averiada y, por más que agua fuese tan espesa como la sangre, está se filtraba lentamente, como una pared que es invadida por la humedad.

Tanto Julián como Juan Carlos evitaban mirar a Mateo que, aparentemente, estaba fuera de sus cabales. El sol todavía seguía inmóvil, neutro y sin emanar calor, como consecuencia obvia de esto, los chicos sentían como sus huesos se calaban con en el ambiente gélido y como era cada vez más difícil respirar. En cada aspiración el aire frió se metía en su organismo y comenzaba a congelarlos desde adentro hacia afuera.

Como si fuera poco, el hambre aumentaba a cada minuto este se volvía insoportable, sobre todo para Mateo que cada vez sentía que su conciencia se desvanecía y que era cuestión de tiempo para que perdiera el control.

Siguieron flotando sin hablarse, buscando una salida o una idea que los devolviera a su mundo. Después varias horas los chicos se durmieron acurrucándose mutuamente, buscando un poco de calor para no morir congelados.

Todo parecía estar tranquilo, hasta que pronto la balsa comenzó a sacudirse. Julián fue el último en despertar, horrorizado con la idea de que la bestia de los ojos y las fauces había vuelto para terminar de comérselos. Sin embargo, lo que vio al abrir los ojos fue mucho peor que la criatura o cualquier otra cosa que pudiese imaginar.

Vio como Mateo, sediento de sangre y envuelto en una furia asesina e iracunda, se proponía como objetivo saciar su hambre comiéndose a su amigo Juan Carlos. Julián cayó de espalda contra la popa de la balsa. Sin pensarlo se levantó bruscamente y corrió para ayudar a su amigo. Su intención fue buena, aunque inútil. Mateo, sin soltarle el cuello a Juan Carlos, golpeo en cara a Julián. Este volvió a irse de espaldas, sin embargo, no se dejó caer e intentó arremeter nuevamente con mismo funesto resultado.

Julián comprendió que ya no había esperanza y la depresión se galopó en su corazón.

―Ayúdame, Juli, ¡por favor! ―gimió desesperado Juan Carlos, expulsando el poco aire que le quedaba y desvaneciéndose en el intento de liberarse.

―Perdóname, Juanca ―dijo Mateo bramando de ira por el sol frio y la locura―; pero tengo hambre y no hay comida.

―Por favor, Mateo, somos amigos, no me muerdas, me vas matar, por favor… ¡no!, ¡no!, ¡no! ¡AHHHHH!

Entonces, Mateo, haciendo uso de su fuerza bruta sostuvo los brazos de Juan Carlos y lo sodomizó dejando su cuello expuesto para ser devorado.

―No te preocupes, Juanca, voy a hacerlo rápido para que no sufras. ―Juan Carlos se percató de que Julián ya no iba a ayudarlo y que salvarse dependía de sí mismo. Cerró sus ojos y tomó todo el aire que la situación le permitió. Pudo sentir como el aire frió cristalizaba sus alvéolos y sus pulmones se desgarraban, un suave gusto a sangre trepó por su garganta y su boca se tornó roja por la linfa que se instaló entre sus labios. Golpeó Mateo en el pecho elevando la rodilla, logró liberarse y se tomó un momento para estudiar la situación. Juan Carlos debía decidir: si ser devorado por las criaturas que circulaban debajo del agua o por su amigo Mateo. El muchacho ya estaba en el extremo de la balsa, sin escapatoria e imaginando como su amigo lo mordía en la yugular. Sin embargo, no tuvo la valentía para arrogarse al lóbrego abismo que se crecía bajo sus pies.

Mientras tanto, Julián no podía concebir con raciocinio la escena que sus ojos presenciaban: Mateo intentaba alcanzar nuevamente el cuello de Juan Carlos y este último extendía su vida unos segundos más colocando su antebrazo para defenderse.

Julián sabía que ya no había más opción, tarde o temprano el sufría ese mimo destino. Fue cuando pensó: ― “para qué esperar”. ―Solo le quedaba lanzarse y aventurarse al abismo, después de todo, sabía que de cualquier forma moriría. Observó cómo sus dos amigos se debatían en un duelo a muerte y grito:

―¡EEEEY! ―Mateo y Juan Carlos se quedaron quietos, viendo como Julián se encontraba parado en el borde de la balsa―. Lamento que esto haya terminado así. ―Concluida la frase, sus ojos se llenaron de lágrimas y un segundo después desaparecía de la vista de sus amigos.

Mateo y Juan Carlos corrieron a la al borde de la balsa sin encontrar un mínimo de rastro, era como si esa masa de agua lo hubiese engullido para siempre. Ambos se miraron sin decirse nada y decidieron imitar a Julián arrojándose al agua.

Julián seguía nadando, internándose más en el abismo, sintiendo como criaturas deformes, comenzaron a rodearlo apenas tocó el agua y como estos amenazaban con comerlo.

Ya no había esperanza, solo la desesperación se cernía en la mente de Julián cuando el agua, tan pesada como grandes escombros de un terremoto, apretaban su pecho al punto de dejarlo sin aire; desvaneciéndose en lo más oscuro del abismo.

Entonces, sumido en la desesperación, sin esperanzas y sabiendo que iba a morir; liberó la presión que se oponía a la entrada de agua a sus pulmones y se rindió. Julián dejó que su cuerpo se hundiera aún más, sintiendo así un poco paz después de semejante tempestad.

Siguió hundiéndose, hasta que de pronto, vio una débil luz amarilla que era el sol. Sintió entonces la necesidad de nadar hasta ella y siguió moviéndose con las pocas fuerzas que le quedaban.

Sin entender qué es lo que pasaba, comenzó a toser y escupir el agua que se había tragado. La luz amarilla ya era la estrella madre que calentaba su cabeza. Una vez que su vista se ajustó,pudo ver al viejo; quien les advirtió que no entrasen a la laguna de noche; sonreír cínicamente, enseñando su único canino.

Julián se estremeció al verlo, entonces el viejo le preguntó:

―Y…¿qué tal la pesca?

Fin.

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