Constelaciones familiares: desenterrando secretos

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El lugar era amplio. Estaba con Virginia, la consteladora. Después de un té y hablar un poco de mi estructura familiar —madre, padre, abuela, crianza— resolvió darme tres pares de plantillas como de zapatillas.

—Las vas a colocar en el piso del salón, como vos lo sientas. Podes usar todo el espacio si lo crees necesario. Cada par representa a una persona, en este caso están tu abuela, tu mamá y vos.

—¿Cómo yo quiera? —Pregunté todavía escéptica, para mí eso seguía siendo un juego, cosas en las que cree mi abuela.

Coloqué un par junto a mis pies, otros enfrente y el tercer par en diagonal.

—Muy bien, ahora parate en las plantillas verdes. Esa sos vos. —Dijo Virginia.

Yo, en medias y situada sobre las primeras plantillas que coloqué y Virginia parada sobre otras que representaban a mi abuela, o a mi madre.

—Si yo me paro acá ¿qué sentís?

—Nada… osea, ¿qué debería sentir?

—Cerrá los ojos, todo es válido. Te sentís bien, o feliz, o sentís angustia o tristeza, no sé. Cerrá los ojos y decime ¿qué sentís?

—Nada…

—¿Y si me paro acá? —Dijo cambiando de plantillas hacia las que tenía a su izquierda.

Sentí como todo mi cuerpo se relajaba después de una sensación de rigidez que no había notado. Me sentí aliviada, tan despojada de pesos que las lágrimas brotaron solas. Tan pero tan bien, que con Virginia nos dimos la mano. Yo sonreía entre lágrimas, me daba ternura.

—Tu alma sí reconoce a tu mamá— dijo ella.

No podía ser cierto. Mi mamá, que a mis tres meses me dejó al cuidado de la abuela, la mujer con la que no teníamos ni relación ni diálogo, ¿con ella me sentía así?

Me recuperé de la emoción de manera inmediata después de escuchar eso. Me sentía igual, pero mi cabeza decía “no, con ella no”.

La consteladora, con la que ya me sentía en confianza, se paró nuevamente en las primeras plantillas. Eran las de mi abuela. La sensación de rigidez volvió a mis piernas. Virginia me explicó que esa era la lealtad que yo sentía hacia mi abuela. No avanzaba porque para mí, aceptar a mi madre como tal era traicionar a mi abuela.

—Vamos a hacer una cosa —dijo ella—, yo voy a decir unas palabras que vos vas a repetir, no a mí sino a tu abuela.

Decidida a colaborar porque lo que sentía era real, me dispuse a escuchar con atención.

—Abuela…

—Abuela…

—Gracias por lo que me diste…

—Gracias por lo que me diste…

—Pero mi mamá es la mejor mamá.

—Ni en pedo.

—No, así no funciona. Va de vuelta…

Tres veces me llevó hasta balbucear algo, cuatro hasta decirlo completo. Como lloré. Que feo decirle eso a mi abuela cuando para mí había sido la mejor mamá hasta la fecha.

Una vez logrado el primer paso, pudimos continuar. Virginia se paró sobre las plantillas de mi mamá, y esta vez tenía que decir “mamá, gracias por lo que me diste, fue más que suficiente”. Otra vez, con un nudo en la garganta

Algo no le cerraba a Vir, no sé si era algo que ella percibía, o que mis reacciones no eran lo esperado, la verdad no lo sé. Pero resolvió sumar un par de plantillas más, y las puso detrás de mi abuela, en diagonal a mí.

Se paró sobre ellas y volvió a hacer la pregunta mágica: si me paro acá ¿qué sentís?

No la podía mirar, esquivaba su presencia. Notaba su silueta, pero miraba concentrada un nudo en la madera de la ventana. Sentía mis muelas apretarse entre ellas, mis fosas nasales en apertura. Era bronca lo que sentía.

—Siento… no me gusta. Me da… uff…me da bronca, como si te odiara. No te puteo porque a la vez me inspiras respeto. Prefiero no dirigirte la mirada.

—Estas plantillas representan a tu bisabuela. La mamá de tu abuela, abuela de tu madre. ¿Cómo era la relación entre ustedes?

—No puede ser… era perfecta. Yo era la mañera suya, dormíamos juntas, me llevaba el apunte en todo, éramos una sola hasta el día en que falleció. No puede ser…

—¿Tu bisabuela perdió algún hijo?

—Hasta donde sé, no.

—Vas a tener que averiguar, preguntale a tu abuela. Acá hay una deuda, una culpa y un excluido. Esto es lo que vos ves como abandono.

—¿Y eso cómo sería?

—A veces hacemos cosas que nos pasan repetidas veces y decimos ¿cómo llegué hasta acá? ¿Por qué me siguen pasando estas cosas? ¿Por qué siento esto? Porque repetimos patrones familiares. En algunos casos se repite el alcoholismo, el suicidio, el abandono, sea de padre o de madre, entre otros. Se repiten patrones de siete generaciones antes de nosotros. Con las constelaciones, se busca cortar con ese patrón para que no lo tengan que vivir las generaciones venideras. Y que cada uno pueda ser uno mismo y no una conducta arrastrada por generaciones. Acá, parada en tu bisabuela, entiendo que hay un excluido, que tu bisabuela se siente en deuda con tu abuela y le trasladó a tu mamá el hecho de hacerse cargo de tal deuda. De ahí viene tu enojo.

—Pero ¿cómo un excluido?

—Un embarazo que no llegó a término, una muerte de la que nadie habla. Vas a tener que preguntar. Por ahora vamos a seguir como si tuviéramos la certeza de esto. Tu bisabuela le traslada la deuda a tu mamá, deuda que ella sentía que tenía con tu abuela. Ahora bien, ¿cómo se hace cargo tu mamá de esta deuda? Entregando a su mamá, su primera hija.

Silencio. Parecía todo sacado de un libro viejo, enredado de parentescos y muertes, mezclado con espiritismo y secretos de sarcófagos.

La consteladora me hizo repetir algunas cosas más. Recuerdo hasta esta instancia, como si lo realmente importante entrara en una nebulosa. Como si sucediera en otro plano, en un inconsciente que permite la comunicación con los no vivos.

Terminamos la consulta, nos abrazamos y me fui. Pensativa. ¿Y si era cierto todo lo que acababa de pasar? Real era, lo sentí. Lo viví, yo estaba ahí. Pero ¿y si era verdad lo de mi bisabuela? ¿Cómo fue que ella sabía más de mi familia que mi misma familia?

Mientras caminaba, hacía malabares con el celular y el encendedor para lograr lo que parecí una odisea: prenderme un cigarrillo. Mi abuela me esperaba afuera de la casa. Le pregunté inmediatamente si su mamá había perdido un hijo y me respondió que no, que al menos en lo que ella sabía, no. Pero que le iba a preguntar a la tía Blanca.

La tía Blanca, cuñada de la bisabuela y hoy difunta, sorprendida respondió que sí. Se llamaba Silvia y falleció a los ocho meses de muerte súbita. Era la mayor de las hijas, pero nunca nadie supo de ella. Falleció cuando vivían en San Juan, luego de eso, se establecieron en Mendoza y mi abuela y su hermana nacieron en la nueva y prometedora provincia. Lo que tampoco entendió la tía —como le decíamos todos— fue cómo nos enteramos de tal secreto familiar.

Después de eso entendí el abandono de otra manera, y se abrieron nuevos portales del pensamiento, naciendo una duda peor: ¿Yo era yo, o era solo un cuerpo nuevo para la difunta tía abuela?