A la ciudad y al mundo | Parte 33

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Capítulo sesenta y cinco

El mundo saluda con alegría a un nuevo Papa: Joseph Graer, un alemán de setenta y tres años. Rafael y Amelia contemplan la escena por televisión.

—Es un buen hombre. Le ira muy bien —comentó Rafael como hablando consigo mismo.

—A vos no te fue del todo mal —declaró la mujer a su lado.

—No me puedo quejar. En eso tenés razón.

—Creo que ya es tiempo de que nos pongamos en movimiento ¿No te parece?

—Sí, de nuevo tenés la razón. Seguro que ya no debe quedarles mucha más paciencia —reflexionó mientras en el balcón que tantas veces pisó, aparecía un hombre que lucía la sotana blanca y saludaba a la ciudad y al mundo levantando ambos brazos y riendo con evidente felicidad, a pesar de la dura tarea que tenía por delante.

En San Juan la pareja había alquilado una sencilla vivienda ubicada en el Barrio 25 de Mayo, en la calle Holanda al seiscientos setenta y siete. A pocas cuadras del auditorio Juan Victoria, uno de los edificios que gracias a su acústica y belleza, es sitio obligado para los turistas a los que les interesa la música.

El matrimonio Sampietro, como se hacían llamar, tuvo noticias de las veladas que se ofrecían viernes por medio y en la primera oportunidad se encontraron subiendo los diez escalones que comunicaban con el salón en donde se desarrollaban tales eventos.

—A falta de jazz. —Se lamentaba Rafael, que se había dejado crecer la barba entrecana y tupida. Llevaba, además, unos gruesos lentes que no tenían más aumento que un trozo de plástico.

En los años en que Rafael ocupara el trono de Pedro, se preocupó de extraer cantidades mensuales de dinero. Las cuales depositó a nombre de Simón Sampietro, en una cuenta bancaria secreta, tan secreta que tan sólo Amelia y él mismo tenían conocimiento de ella; en la sucursal que posee en las islas caribeñas, la Banca Nazionale del Laboro. Con el capital acumulado más los intereses les sería posible tener un pasar de cinco estrellas por el resto de sus vidas. Pero para poder disfrutarlo era indispensable estar vivos. Cosa que no sucedería si Rafael no cumplía con la palabra empeñada.

— ¿Cómo les habrá ido a Carlo y a Natalia? Estoy, terriblemente preocupada —dijo con mucha sinceridad, Amelia.

—Habrá que tener paciencia y seguir esperando. Ya aparecerán.

La pareja siguió disfrutando del café y mirando lo que mostraba la televisión.

Capítulo sesenta y seis

Natalia, según lo planeado, una vez que se separó de Amelia, se registró en el hotel Fawlty Towers: un sitio limpió y barato, que ofrecía salón comedor, televisión y hasta un balcón con muchas plantas por diez euros la noche. Ofertó el doble por una habitación privada con teléfono y pagó una semana por adelantado. El hábito había desaparecido y una larga peluca hecha con cabello rubio natural, disimulaba su cobrizo y difícil de olvidar tono. Los dos primeros días no abandonó la habitación. Se distrajo mirando algunas películas viejas y habló mucho por teléfono. En la tercera mañana entró en una farmacia, una óptica y por último en un comercio que vendía artículos fotográficos e informáticos. Todas las compras las hizo en efectivo.

Gracias a la farmacia, el cabello se le volvió tan oscuro como el de su abuela. Gracias a la óptica tenía unos bonitos ojos verdes. Gracias a la moderna cámara digital, una SONY, de aspecto profesional que sacaba fotos tipo carnet, consiguió una nueva cara para los dos pasaportes que la acompañaban. Uno la identificaba como Soledad Escurra, madrileña. El otro le pertenecía a Angelina Fonseca, nacida en el oeste de la República Argentina. La computadora personal era una Hewlett-Packard de última generación, del tamaño de un libro grande y bastante delgado.

 

Era una de esas mañanas en las que el calor se soporta ayudado por la ropa liviana y algo fresco a mano para tomar. Rafael Ferrara contaba con todo, llevaba una camisa blanca muy fina y unos bermudas color caqui. El atuendo se completaba con sandalias del estilo de los franciscanos. La cerveza estaba inmejorable y el maní, pasaba la prueba con holgura.

Había elegido para sentarse a leer, el del medio de los tres cafés que se ubican en fila india frente a la plaza 25 de mayo. Intentaba despejar la mente de lo que lo estaba apretando como prensa de carpintero: cumplir con el compromiso que había adquirido. Debía presentar una excelente propuesta o de lo contrario toda su vida no habría tenido sentido.

Cuando sobrevino la catástrofe disuadió a los jefes para que aceptaran una compensación de cuatro millones de euros por los perjuicios ocasionados y se comprometió a encontrar una manera de continuar con la asociación que había dado comienzo en Castel Gandolfo.

La nueva novela de Ian McEwan que acababa de comprar lo atrapó de inmediato, haciendo que al menos por algunas horas dejara de preocuparse.

Cerca de las dos de la tarde, seis vasos de cerveza se amontonaban sobre la mesa. El lugar estaba repleto y los mozos a pesar de moverse como si fueran pulpos, no daban abasto.

Cerró el libro, agradeciendo el buen momento que el autor de: amor perdurable, le había hecho pasar, otra vez. Sin proponérselo el novelista británico le estaba señalando el camino que le permitiría salir de la trampa. Ahora, podía ver mucho más claro. La solución no estaba en seguir los pasos que habían caminado su padre y su tío.

Todavía no alcanzaba a comprender qué había salido mal. Natalia era una profesional de primera línea, que había dedicado mucho tiempo y esfuerzo para fabricar una droga que no pudiera ser olfateada por los perros y que mostrara el semblante de una noble aspirina.

Lo que la historia dejaba claro era que hasta los planes mejor elaborados pueden fracasar. Sentando en ese café, a miles de kilómetros de donde estuvo tan cerca de tenerlo todo decidió dejar de lado el mundo de los narcóticos; la familia Ferrara tenía gente ocupada en el tema y no les iba para nada mal. Él, que se propuso y lo había logrado, sentarse en el trono de Pedro, trazaría un rumbo nuevo.

Los clanes del mundo, por un precio justo, le habían renovado el voto de confianza.

En los días en que vivían, y así lo planteaba McEwan con mucha eficacia, la amenaza tenía la cara del terrorismo y de la inseguridad urbana. De uno y otro lado se hacía necesario tener poder de fuego. Unos para atacar, los otros para defenderse.

Pagó la cuenta, adosando una propina decente. No podía darse el lujo de estar cien por ciento seguro, pero sí, de creer que tal vez había dado con la punta del ovillo, le restaba tan sólo desenrollarlo despacio, para que no se enredara.

Le hizo señas a un taxi. Se subió al lado del conductor.

—Holanda 677, por favor —indicó Rafael Ferrara.

El hombre tras el volante puso la primera y aceleró.

El teléfono celular de Rafael, dejó oír la música de la serie de televisión, Misión imposible.

Continuará…