La penumbra de la mente | Primera parte: De vuelta al ruedo

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“La novela criminal no es un rompe cabezas nada más, sino una reflexión y una explicación de lo que ocurre en el mundo”.
Michael Cornnelly.

La emoción por volver a la fuerza del detective Cornejo se vio opacada cuando, al ingresar a la casa de la calle del Altillo, se encontró con la cabeza cercenada de Clarisa Olivera sobre la mesa del comedor.

***

Escena uno.

Era una mañana atípica, de esas en las que descubres que algo va a pasar. Alejandro Cornejo se encontraba sentado en el costado de la cabecera de su cama, despeinando los pocos cabellos que aún formaban parte de su ser, cuando de pronto, el teléfono sonó.

Debido a que, la curda aún era muy potente y a que el aparato era nuevo en la casa, pegó un salto sobre la cama y sintió como su frágil corazón, ya sexagenario, latía con misma fuerza y vigor que cuando hacia el amor en su adolescencia. Se tomó el pecho e intentó controlar su ritmo cardíaco.

Luego de unos treinta segundos, el maldito armatoste (como él le decía), seguía sonando―. “¿Quién podrá ser?” ―pensó el viejo. Por un segundo meditó sobre la idea de desconectarlo, ir a la cocina, abrirse otra botella de licor barato, tomarla lo más rápido posible; y, ver si de una vez y por todas, podía encontrar la dulce muerte en las manos del sueño y del alcohol, (método el cual venía intentando realizar desde hacía cinco años y que no podía lograr).

Se levantó de la cama y pateó una botella vacía. El efecto del envase vacío provocó que mirara en derredor y notó que el lugar donde vivía era una pocilga―. “¿Quizás por esto fue que Ernesto (su hijo) y María (su esposa) me abandonaron?”

Caminó hasta el espejo y el maldito teléfono seguía sonando. Entonces tomó una decisión que cambiaría su vida radicalmente, se volvió a su habitación, descolgó el auricular y la voz de un joven se hizo presente en su oído interno.

―Buenos días, ¿habló con el inspector Cornejo?

―Ex inspector ―respondió mientras se sentaba de nuevo en la cama. Su cabeza aún le daba vueltas y las náuseas matutinas, a pesar de que tardaron en llegar, lo avasallaron apenas comenzó la charla.

―Señor, ¿cree que pueda venir a la estación?

―¿A la estación? ―preguntó simpático―. ¿Soy sospechoso de algún crimen?

―No, pero hay un caso en el que lo vamos a necesitar, se asemeja mucho al que resolvió en el noventa y dos, y el comisario cree que lo vamos a necesitar en esta ocasión. ―La voz del joven se oía aturdida, como si de fondo hubiese un incendio o alguna inclemencia, sin embargo, detrás de la voz del oficial no se oía absolutamente nada.

Está sensación provocó que los bellos de la nuca de Cornejo se erizaran. El anciano suspiró muy hondo al recordar que resolvió en esa misma calle hacia casi una década. Entonces, se dio cuenta que había dejado de hablar hacia como diez segundos y un monótono y desesperado “hola” se escuchaba en el auricular:

―Hola, hola ―repetía el oficial.

―Sí, discúlpame, me estaba vistiendo. Decime los detalles de la escena del crimen y veo si te puedo ayudar.

―Ese es el problema, señor. El comisario dice que si acepta el caso tiene que venir personalmente a la calle del Altillo. Los forenses lo están esperando a usted, si me da el okey retraso un rato más el procedimiento de levantar indicios.

Cornejo frotó su barbilla y sintió como la jaqueca matutina llegaba justo a tiempo para decirle sin palabras que no fuera, que se quedara en la cama para seguir bebiendo. Cerró sus ojos y se sostuvo la frente con la mano desocupada y mientras pensaba le respondió.

―Está bien, hijo. ― “Hace dos semanas que no salgo a la calle” ―. En quince minutos estoy allá. ― “Esto por lo menos me va a distraer un poco.”

Escena dos.

Se duchó lo más rápido posible, se alistó y se hizo presente en la escena del crimen. Al llegar, un joven, de no más de veintisiete años lo abordó en la entrada.

―¿Es usted Cornejo?

―Si ―respondió el ex inspector. Intentando no hablar de frente con el oficial para que este no pudiese percibir el olor a alcohol.

―Mucho gusto, yo soy Claudio Estrada, habló conmigo hace unos veinte minutos.

―Sí ―afirmó Cornejo―, lo supuse por tu voz.  Y ahora decime, qué pasó acá.

―Es mejor que entre y lo vea por su cuenta, señor.

Nada de lo que había visto antes en su vida como policía podía compararse con lo que estaba presenciando en el momento en el que abrió la puerta del departamento. La escena le recordó a su más lúgubre infancia, cuando su padre lo obligaba a participar de los carneos.

El living se encontraba impregnado con huellas de calzados ensangrentadas ya agrumadas. El color marrón opaco hizo que las náuseas volviesen de golpe; había perdido la facultad para soportar ese tipo de situaciones. Siguió avanzando por un pasillo estrecho y llegó a la cocina, donde tuvo el infortunio de ver en primera persona como una mueca grotesca se dibujaba en la cabeza cercenada de Clarisa Olivera. Un hilo de sangre seguía cayendo de la misma, formando un leve charco de linfa en un desnivel de las cerámicas del piso. En primera instancia pudo notar, además, que los ojos habían sido arrancados y que el reguero de sangre se extendía al baño, donde aparentemente el asesino se había lavado las manos antes de irse y que, como un macabro detalle, dejó los globos oculares en el vaso donde descansaba el cepillo de dientes. Desde allí se desplazó a la habitación, donde se encontraron el resto de las extremidades de Clarisa.

Los brazos y las piernas se habían colocados imitando el símbolo similar a la triple eucaristía; y, la parte superior del torso, estaba ubicada sobre una mesa de luz, cual adorno que se consigue en una tienda de baratijas.

Cornejo, pudo deducir que el asesino se tomó al menos tres horas para llevar a cabo su macabra obra de arte y que, además, el asesino debía de ser un allegado de la víctima, ya que la puerta no había sido forzada.

Esos datos eran muy obvios, Cornejo estaba seguro que ellos ya sabían eso y más. Claudio Estrada siguió a Cornejo durante todo el recorrido y le preguntó si ya podían proceder a levantar los indicios, este asintió y salió afuera de la casa, intentando evitar el contacto visual directo con la cabeza de la víctima.

Se paró debajo de un olmo y se puso a pensar qué clase de ser humano sería capaz de tal atrocidad; más allá de lo horrendo de la escena, era un homicidio común, tal vez por un ajuste de cuentas o por un motivo pasional. No comprendía la razón por la cual el comisario lo había llamado específicamente a él. Mientras meditaba en la sombra y pelaba con la jaqueca, Claudio se aproximó de nuevo hacia él, era obvio que el muchacho lo admiraba.

Entonces, nubes grandes, blancas, esponjosas, pero amenazadoras; comenzaron a cernirse sobre los oficiales, y pequeñas gotas empezaron a caer de las mismas, dando paso a lo que sería una de las precipitaciones más prolongadas y recordadas en la historia del suelo mendocino.

―Es increíble lo mala que puede ser la gente, ¿no? ―dijo Claudio insertándose bajo el olmo, buscando refugio de la lluvia helada.

―Yo pensé que ya había visto todo, pibe; y mira lo que me encuentro. Ahora, no entiendo. ¿Por qué el comisario me llamó a mi específicamente? Si esto parece un homicidio común. Deben de resolver casos de ajuste de cuentas o pasionales al menos tres o cuatro veces por año, ¿o me equivoco?

―No se equivoca, señor. Y ahora va a entender porque lo llamaron a usted. Justo una semana antes, su prometido vino y nos dio esto. ―El oficial le extendió tres papeles impresos con un extraño lenguaje.

―¿Qué es esto? ―Cornejo solo vio un montón de letras que no parecían tener ni razón ni sentido.

―Supuestamente, es una amenaza. El prometido nos dijo que sospechaba de una infidelidad, entonces se metió al correo de ella e imprimió estos tres correos electrónicos. Cuando fue a la comisaria dijo que ahí había una amenaza y que si pasaba algo después no lo culparan a él.

Cornejo estudió las cartas, intentado hallar un significado. Al no poder lograrlo miró a Claudio directamente y murmuró un poco dubitativo:

―Bueno, creo que tenemos a nuestro primer sospechoso.

Continuará…