A la ciudad y al mundo | Parte 34

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Capítulo sesenta y siete

Carlo llenó todos los espacios que Anatoly Sergeyevich Krunoslav había dejado libres. Rodríguez supo toda la historia desde el comienzo. Supo de Natalia y del hijo que ambos tenían y también se enteró de la desgracia en la que había caído Rafael Ferrara.

Para cuando Amelia y su esposo se aprestaban a firmar el contrato de alquiler de una vivienda en la capital sanjuanina, Carlo Sabatini había dejado de ser uno de los Príncipes de la Iglesia, no obstante permanecía en el Vaticano a la espera de que Natalia lo contactara. Esa espera se prolongaría por dos meses, pero Carlo no dudaba en que se comunicaría. No podía dejar de hacerlo, después de todo tenían una vida y además estaba Rocco, su hijo de dieciocho años.

Rocco Sabatini, había heredado los ojos y la nariz de Carlo y el cabello, la boca, así como la mirada y el temperamento eran los de su madre, a la que amaba como a nadie en todo el mundo.

El muchacho había tenido una existencia que se podía catalogar sin temor a equivocarse como interesante. Los días se le habían ido acumulando un poco en Erice, en Sicilia, otro poco, en la Argentina, con sus abuelos en Mendoza y el resto en el Vaticano. Como todo miembro del clan Ferrara conocía la verdad.

Ahora, solo en una de las tantas habitaciones del Palacio Apostólico, con la Guardia Suiza, rígida frente a la puerta, que se abría en el momento en que le traían los alimentos y nada más, Carlo, recordó a su hijo, recordó a Natalia y lloró.

Lloró para dejar escapar un dolor que lo acompañaba desde que era un niño. Lloró por no haber sido capaz de darse cuenta que la suerte lo había empujado para formar parte de una familia que lo quería ofreciéndole un lugar de privilegio en su seno, pero por sobre todas las cosas lloró por no haber conseguido enamorarse de Natalia.

Con la tranquilidad que le proporcionó el llanto, pudo pensar con más calma y no le quedó otra salida que reconocer que había sido un idiota. Lo había tenido todo y lo había dejado escapar como agua entre los dedos. De no haber sido tan ambicioso habría podido huir siguiendo a Rafael y hoy no sería un miserable traidor, pero de nada le valía lamentarse, el daño estaba hecho. No podía volver el tiempo atrás.

Tarde o temprano su primo llegaría a la verdad y todo habría terminado para él. La única esperanza que le quedaba era Rocco, quizás en honor al profundo amor que se tenían tío y sobrino, el gestor de la operación Urbi et Orbi, mostrara una pizca de piedad.

Carlo esperaba como el que espera cada semana para ganar la lotería aunque en el fondo sabe que no tiene posibilidad. En el fondo, Carlo Sabatini, sabe de sobra que Rafael Ferrara no conoce la piedad.

No pensó en intentar huir, puesto que era algo irreal, tanto como caminar sobre el agua. La opción más razonable, era permanecer cerca del jefe de los espías. Colaborar para que pudiera alcanzar el triunfo y después rogar su misericordia. Aunque en el fondo, Carlo Sabatini, sabe de sobra que Sebastián Rodríguez no conoce la misericordia.

El sargento de guardia, abrió la puerta.

—Pase, Hermana —dijo.

La monja entró llevando una bandeja que contenía ravioles con salsa portuguesa y un suculento trozo de estofado. Había además un recipiente de vidrio con queso parmesano.

—Espero que le agrade, Su Eminencia.

La mujer desconocía los últimos acontecimientos y para ella, seguía siendo un cardenal, un miembro de la Curia romana.

—Seguro que así será, hermana. Muchas gracias.

—Enseguida regresaré con el vino. No me atreví a traerlo sobre la bandeja. —Se disculpó la religiosa.

—No sé preocupe, no tengo apuro.

No se había ausentado ni cinco minutos, cuando la monja volvió a cruzar la puerta de la habitación en donde, según sabía descansaba Carlo cardenal Sabatini, quién había recibido un terrible golpe durante la explosión, que le había fracturado ambas piernas. Dejó la jarra con vino tinto, deseo que la salud de Su Eminencia se restableciera pronto, como lo hacía en cada una de las ocasiones en que traía o retiraba la comida y salió.

El teléfono celular sonó sobre la mesa de luz. Antes de responder, Carlo llamó al centinela.

—Busque a monseñor Rodríguez —dijo con voz de mando,

El guardia dudó en dejar su puesto.

—Ahora. —Lo conminó Carlo— No voy a ir a ninguna parte —dijo señalándose las piernas enyesadas.

El guardia obedeció. El celular seguía sonando.

Capítulo sesenta y ocho

Dos meses habían pasado desde que las campanas fúnebres por el Papa Rafael se dejaran oír desde el Vaticano hacía todo la ciudad y al mundo entero.

Con el primer sonido que se escapó desde el Arco de las Campanas, la operación Exequias, dio inicio.

El cardenal Chambelán, ciñéndose a lo que le ordenaron, entró en las habitaciones del Sumo Pontífice, comprobó en compañía de un médico que había muerto y procedió a quitar del cuarto dedo de una mano derecha que no encontró, un anillo que no estaba. Los cardenales presentaron sus respetos a una cama vacía y en seguida las habitaciones fueron cerradas y selladas. Los príncipes acompañaron a un muñeco de los que se muestran en las vidrieras de los comercios de ropa, que vestía todo el atuendo pontificio, hasta la Capilla Sextina. La Guardia Suiza trasladó un ataúd repleto de piedras hasta la Basílica de San Pedro. La capilla ardiente se llevó a cabo con el féretro cerrado, según lo difundieron todos los medios, esa era la última voluntad del Santo Padre. Los fieles desfilaron durante tres días para despedir al Papa Tranquilo. A los pies del féretro se colocó un cilindro metálico, el que debía contener el certificado de defunción, vacío. Las tres bolsas de terciopelo rojo que se suponía tenían que guardar monedas de oro, plata y cobre; una por cada año de su pontificado, se encontraban tan huecas como el cilindro. El Chambelán selló el ataúd, bajo la vigilancia de la Guardia Suiza. El féretro fue bajado a la cripta de San Pedro y depositado en el nicho construido para el Papa fallecido.

Dos semanas más tarde el cónclave se reunió y al anochecer del primer día, Roma contaba con un nuevo obispo

Natalia apagó el televisor del quinto hotel en el que se alojara desde que había empezado a escapar. Al fin todo estaba listo para partir. En dos días, estaría otra vez besando y abrazando a Rocco.

El timbre del teléfono quebró la calma de la habitación.

—Pronto —dijo

—El taxi la espera —anunció el conserje.

—Voy en un minuto. Gracias.

Revisó el cuarto para comprobar que no olvidaba nada. Se sentó por última vez en la cama, con el celular en mano y con el pulgar derecho oprimió rápido los botones.

El tono de llamada apareció más de diez veces.

—Por fin, amor. —Fueron las primeras palabras de Carlo.

—¿En dónde estás? ¿Cómo estás?

—No te preocupes, todo salió muy bien —mintió—. Estoy en Erice.

—Me alegro, te extraño y espero que podamos vernos muy pronto.

—¿Todavía estás en Roma?

—Sí, pero no por mucho. Estoy a punto de salir para el aeropuerto. Me voy a Mendoza. —No había terminado de decirlo y ya estaba arrepentida.

—Por favor, mantenme al tanto de todo y da un gran abrazo a Rocco, por mí.

—Seguro que lo hago, hasta pronto. Cuidate mucho.

—Te amo, Natalia.

La mujer ya no estaba para escucharlo.

En el trayecto hasta el Aeropuerto Internacional Leonardo Da Vinci, no se sintió lo tranquila y feliz que debería estar. Algo no andaba bien. Carlo jamás se refería a su pueblo como Erice. Si todo estuviese en orden tendría que haberle dicho: estoy en casa.

Una vez en el aeropuerto, buscó el mostrador de LAN, presentó el pasaje y el pasaporte español. Entonces fue cuando los vio. Se habían movido más rápido que la luz, pero no eran todo lo profesionales que pretendían ser. No hay que olvidar, pensó la hija de Vicente Ferrara, que los mejores han muerto.

—Su vuelo tiene diez minutos de retraso. —Le informó el empleado en un pasable español.

—De todos modos no tengo ningún apuro —respondió Natalia acompañando el acento castizo con una sonrisa.

Dejó el mostrador y se dirigió a un quiosco de diarios y revistas. Los cuatro miembros del S.P., no la perdieron de vista. Compró un número de Cosmopolitan y una novela de bolsillo de Ítalo Calvino. Se ubicó en la sala de espera, desde donde podía observar todo el lugar.

Mirando la espalda de una mujer gorda, cargada de bolsos y paquetes, estaba uno de los agentes del contra espionaje vaticano.

— ¿Qué vuelos están a punto de partir? —preguntó cuando estuvo frente al empleado de la aerolínea chilena.

—Tenemos dos, caballero. Uno sale en escasos cinco minutos, con destino al Distrito Federal de la ciudad de México y otro parte en una hora con rumbo a Lisboa.

Utilizando documentación falsa, obtuvo dos lugares en primera clase con destino al principal destino turístico de América Latina.

La fila había crecido, mientras el sacerdote realizaba los trámites para conseguir pasaje. A dos personas del final, aguardaba otro agente.

—Lisboa —dijo el primero al pasar al lado de su compañero.

En el aeropuerto había muchos policías, aunque ninguno parecía estar interesado en Natalia. La pantalla le indicó que podía dirigirse a la zona de embarque.

—Todo está en orden, que tenga buen viaje —informó con una mecánica sonrisa la empleada de la aerolínea que recibía a los pasajeros.

Natalia caminaba por el túnel de embarque con el alivio del que ha completado un examen y sabe que estudiar valió la pena. El final del pasillo estaba cerca.

—Espere, señora. Por Favor, espere.

La voz a su espalda la paralizó. Los S.P., debían haber dado aviso a la policía del aeropuerto, inventando alguna historia. En ese campo, sí eran profesionales.

Giró despacio, esperando lo peor. Pensó en su hijo y en las ganas que tenía de abrazarlo. La empleada corría en su dirección. Dos hombres con trajes negros y maletines la secundaban. No podían ser otros que la INTERPOL. Estoy perdida, pensó.

—Se le ha caído esto —dijo la muchacha, aún sin aliento, entregándole la revista que había comprado.

Los personajes de riguroso negro, pasaron junto a ellas, sin mirarlas si quiera. Pidieron permiso y continuaron el camino hacia la aeronave.

—Un millón de gracias, querida. No sé en dónde tengo la cabeza — comentó la hermana de Rafael Ferrara.

—No se preocupe y feliz vuelo.

Continuará…