La penumbra de la mente | Segunda Parte: Las cartas

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Escena tres.

Después de observar la escena del crimen, el inspector Cornejo notó ya era casi medio día y recordó que su hijo estaba a punto de salir de la escuela. Hacia aproximadamente un año que no lo veía, no recordaba muy bien la razón de la discusión que los distanció; pero, creía en su interior que, después de tanto tiempo, el joven al fin lo habría perdonado.

Llegó alrededor de la una al establecimiento educativo y sentó fuera de un gabinete de gas, a la espera de que sonara el timbre que indicaba el fin de cursado. Al oírlo, su corazón se estremeció y un nerviosismo abrupto lo invadió. Se levantó y comenzó a dar vueltas alrededor del gabinete, implorándole por favor a un Dios, en el cual ya no creía, que le otorgase de algún lado un poco de licor para poder sobrellevar ese momento. La emoción por ver a Ernesto y las estremecedoras imágenes de la sangre volviéndose yodo en el suelo lo avasallaban.

Entonces, escuchó:

―¿Qué haces acá?

La expresión de su hijo se le hizo extraña y cansina, era más que obvio que el joven aún sentía enojo por el comportamiento de su padre.

―Me llamaron por un caso acá cerca y decidí venir a verte.

―Está bien, Alejandro. ―Que lo llamara así y no papá le rompió el corazón al anciano. Un dolor agudo se formó en torno a su brazo izquierdo y la respiración se volvió aún más dificultosa―. ¿Es por el decapitamiento de una piba? ―concluyó el joven.

“Si, es por el decapitamiento” pensó, mientras que la imagen desmembrada lo aturdió de nuevo. Intentó borrar la proyección de su mente, sin embargo, no lo logró. Entonces tomó aire y preguntó ―Sí… ¿Cómo sabes?

―Los vecinos la encontraron y ya sabe casi todo el pueblo. ―Ernesto frunció el ceño y le preguntó  ―Ahora, ¿por qué te llaman a vos si ya estas jubilado hace mucho?

―Por mi experiencia en el caso del noventa y dos.

―Sí, sí, me acuerdo, cuando prometiste dejar de tomar. ¿Cuánto duraste esa vez, dos meses?

―Hijo, por favor, no seas tan duro conmigo.

―Lo soy porque destruiste la vida de mamá y cagaste la mía. Hace un año que no te veo y caes de una a la salida de la escuela; como si no hubiese pasado nada. ¿Qué pensaste? Qué porqué volviste a trabajar me iba a impresionar. Hace rato que dejaste de ser un modelo a seguir, Alejandro. ―Las palabras, combinadas con la memoria visual de Cornejo, lo estaban devastando, necesitaba más que nunca sucumbir al alcohol, para poder calmar su delicada psiquis―. Hace mucho ya ―dijo el joven, disfrutando de las expresiones de pena en el rostro de su deteriorado padre.

El sexagenario percibió que de uno de sus ojos una lagrima comenzaba a formarse con ímpetu inmensurable, entonces, como un auto reflejo, se limpió el ojo antes de que su hijo lo notase.

―Me voy, y haceme un favor, no me busques más a mi o a mamá, estamos mejor sin vos. Es más, ella conoció a otro tipo que si la aprecia y la cuida como debe ser.

El muchacho viró en dirección a la calle y apresuró el paso para alcanzar a sus compañeros de escuela. Mientras que Alejandro se quedó sentado sobre el gabinete del gas pensando en las palabras hirientes de su hijo y en como la cabeza sin ojos de Clarisa parecía observarlo desde la mesa.

Segunda parte: Las Cartas

“Su larga carrera como policía le había enseñado que no había asesinos, sino personas que cometían asesinatos.
Henniig Mankell.”

***

Escena uno.

El día posterior al asesinato de Clarisa, Cornejo tuvo uno de las peores resacas de su vida, a pesar de que hacían casi veinticuatro horas de que no tomaba alcohol; pues, lo que el ignoraba es que el síndrome de abstinencia podía llegar a ser peor que despertar de una borrachera aguda.

La jaqueca había durado mucho más de lo normal y las palabras de su hijo lo seguían lastimando y, como si todo esto fuera poco, no podía quitarse de la mente la imagen de las extremidades de la joven colocadas en forma en cruz sobre la cama.

Esa mañana, salió caminando hacia la estación de policía y no había bebido desde la discusión con su hijo, no porque no lo deseara, sino porque le daba vergüenza. El tiempo aún seguía inclemente y la fría lluvia le ayudó a dirigir el mal momento.

Al llegar, notó que el oficial Estrada lo estaba esperando en la puerta con un café, este se acercó y después de saludarlo le dijo:

―Acá tiene, señor. Me hubiese llamado y lo hubiese ido a buscar. Mire está empapado. Acá tiene un café para que se caliente. Le eche poca azúcar porque no sé cómo lo toma.

―No te preocupes, pibe, está bien así― respondió Cornejo pensando en lo bueno que sería que su hijo lo tratara así―. ¿Llegó el sospechoso?

―Sí, señor, hace quince minutos que está acá, es él más puntual que he visto.

Cornejo reflexionó un poco sobre lo que dijo Estrada y, mientras que caminaban por el pasillo, le pidió que lo acompañase en el interrogatorio y que no formara parte del mismo a no ser que él se lo ordenara.

―Si fue un crimen pasional, como yo lo creo, se va a quebrar muy fácil y muy rápido. ¿Conseguiste lo que te pedí?

―Sí, señor, está en un sobre en el escritorio en el que va a interrogar a Fernández.

―Bien ―respondió emocionado, hacía mucho que no realizaba un interrogatorio y la emoción por volver al ruedo volvió tan efímeramente feliz que olvidó por completo a su hijo y al dolor de cabeza.

Al ingresar a la sala de interrogatorios, hubo dos cosas que le llamaron la atención a Cornejo; lo primero fue que el hombre que yacía sentado en el extremo derecho de la pequeña sala, era un alfeñique, un tipo de no más de sesenta kilos y un metro sesenta de altura. Esto lo hizo preguntarse: “¿Un hombre tan pequeño puede violentar de esa manera una mujer? Si bien, el peso y la altura de la víctima eran muy similares; ¿qué probabilidad había que le ganara una pelea mano a mano?”

Y lo segundo, fue que el sospechoso se encontraba rezando las cuentas del rosario. Este detalle lo dejó aún más perplejo, ya que esto le daba entender, según su intuición, que el hombre que estaba sentado frente a él podía ser el autor material del hecho y al mismo tiempo no. Las extremidades colocadas en cruz podían ser una clase de simbolismo, sin embargo, el aspecto del sospechoso era el de un tipo que no sería capaz de lastimar a alguien. Si bien el inspector sabía que no hay que juzgar a un libro por su portada, intuía que este caso era la excepción, es decir, la personalidad del hombre a simple vista no daba con el perfil de un asesino.

Cornejo se sentó frente a él, cuidando de que el movimiento de la silla, no lo distrajera. Mientras tanto, el oficial Estrada se paró con las manos cruzadas en la espalda al lado de la puerta, como si estuviese esperando que el sospechoso se parara y huyera o que, en cualquier caso, intentase atacar a Cornejo; ya que, según creía Fernández, por las deducciones de Cornejo, lo más probable era que este sospechoso fuese el autor material de hecho.

Una vez que Matías Fernández terminó de rezar, observó de frente al ex inspector y le dijo ―Yo sé porque estoy acá.

―¿Ah sí? ―respondió el inspector demostrándose divertido―. Dígame, ¿por qué?

Continuará…