Pequeño manifiesto sobre la nada

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No quiero ir nada más que hasta el fondo.
Alejandra Pizarnik.

La nada es inservible, no sirve para nada.

La inexistencia también puede ser la victoria de la verdad.

Escribo queriendo decir nada; estas palabras tienen una carencia, son huérfanas de padre, de madre y de significado.

En la nada podemos encontrar una belleza impredecible, como un suspiro ajeno en la noche oscura. Hay una intrincada diversidad en ella, a pesar de no tener pluralidades.

La Tierra está flotando sobre la nada, suspendida sobre el vacío; el norte magnético es sólo una ilusión, la Estrella Polar está apagada, se le quemó el foco.

Las cosas pueden ser el reflejo de lo que no son, pueden ser el absoluto de ninguna cosa.

Dicen que a la nada no se la puede ni imaginar ni pensar, pero sólo basta mirar por el cristal de la ventana hacia el afuera y nos damos cuenta de que eso no es cierto.

La nada nada en el medio del océano, en el ojo ciego y con lagañas de un huracán.

Para medir a la nada no sirven ni el astrolabio ni el sextante ni la Rosa de los Vientos ni la brújula, sólo basta con cerrar los ojos y sentir alguna ausencia que nos muerda la panza.

La nada da dos pasos para adelante y uno para atrás.

Es nudosa, nerviosa y se come las uñas; mira su figura en el espejo y se asombra al descubrir que es un todo sólo por ser nada.

Está compuesta de pequeñas frases que no se pueden leer ni escuchar, solamente suponer, es como saber que amanece a pesar de que uno está durmiendo a pierna suelta con la boca destilando baba.

Después de todo, es sólo una ligera crisis de locura. No quedarán rastros.

Hoy, los extraños sentimientos de la otra semana me resultan risibles, no me convencen, son la nada, pero, al mismo tiempo, los recuerdos son algo. Son bits en el microprocesador de carne, están ahí, pero no están, flotan en la memoria, en el lugar habitual de la basura que va dejando lo vivido, lo vívido, lo lívido.

La nada no puede tener nada, pero tampoco puede tener todo. Si tiene nada ya tiene algo. No sé, mucho lío, mejor me tomo un mate, calentito y amargo.

¿Ser o no ser? ¿Es o no es?

¿Soy o me hago? Me hago, me hago.

Este manifiesto  sobre la nada llega a su final, tan incompleto como en la primera idea. No brindó ninguna solución, ningún concepto claro. No hizo nada, nadita de nada.